Política

Simon Wiesenthal muere en el olvido

“En la noche del entierro localmente olvidado le escuché en una entrevista emitida para la ocasión por la 3SAT alemana (de entre todos los canales). Wiesenthal recordaba su pavor pre-Guerra de los Seis Días a que Israel fuera derrotado: “Pensé que si ocurría eso, no podría seguir viviendo. Israel es el corazón latiente del pueblo judío, y sin corazón no hay vida”.

Educación


Un café de tarde ocasional con dos viejas amigas de la universidad ilustra con precisión lo distanciada que estoy de lo que cuenta realmente en nuestra existencia aquí, y cómo. 

Tras las sutilezas preliminares previstas, el parloteo entró rápidamente en materia acerca de la boda de la estrella de los concursos Yael Bar-Zohar, más específicamente acerca del revelador atuendo que vistió para la solemne ceremonia, y si debería haber llevado otro peinado. La cuestión del corte provocó un debate particularmente acalorado.

 


Imprudentemente, admití la total indiferencia con respecto a la novia, su atuendo de sujetador y corsé, su corte de pelo, y hasta su derecho a la fama. Casi se derraman dos tazas de café. Alcanzaron los platos adecuados con sordo ruido de asombro hasta el aturdimiento.


 


“¿Cómo puedes decir eso?”, exclamó una voz horrorizada.


 


“Es una celebridad”, resonó la otra, explicando y señalando al unísono.


 


No hubo inflexión de la conversación. Mi mención al despreocupado funeral que Israel rindió al cazador de Nazis Simon Wiesenthal apenas horas después del glamoroso festival, simplemente levantó dos pares de cejas. ¿Por qué malgastar el aire en él? ¿Quién puede comparar a un marchito nonagenario con la flor de refinamiento de sabra – la reluciente Yael, con la mitad de la vestimenta elegantemente expuesta?


 


Ella es la encarnación de la escala de valores y el hedonista políticamente correcto del renaciente estado judío. Él vivió con austeridad hasta la friolera de los 96 años – mucho más allá de la edad de relevancia según los estándares posmodernos – y estaba obsesionado por la retribución y otros impulsos ególatras, aburridos y nada ilustrados.


 


No es que mis amigas evitasen las asociaciones del Holocausto. Muy al contrario. Una, la profesora, es miembro activo de algún equipo de “segunda generación” o similar y recibe un montón de atención social y cobertura fruto del pasatiempo. Ha estado en más de media docena de visitas a Polonia, acompañando a grupos de instituto a visitar los campos de concentración, aspirar el olorcillo de la ambivalencia europea y apreciar el chocolate sobre las almohadas del hotel.


 


Cuando mi hija rehusó, hace unos cuantos años, unirse a su clase de undécimo curso en una de tales excursiones, mi amiga le dio una lección didáctica de memoria. “Si no vas”, entonó ella, “no vas a recordar”. Mi hija insistió en que no podía ir precisamente porque sí que recordaba, y se negaba a poner un pie en suelo polaco o a contribuir con un shekel a la economía polaca.


 


Mi amiga me advirtió de que estaba creando a “un hijo que se sale de la mayoría”. Existe al parecer un punto de inflexión invisible entre la aceptación de moda de los discursos de conmemoración del Holocausto y lo que trasciende de rituales en boga y posturas sacrosantas.


 


WIESENTHAL evidentemente se aventuró demasiado lejos de la corriente de moda. Cuando las democracias occidentales, consumidas por el celo de la Guerra Fría, colaboraron en la huida de los criminales de guerra Nazis e Israel luchaba desesperadamente por sobrevivir, Wiesenthal se levantó de sus cenizas literalmente y emprendió una búsqueda quijotesca de justicia por parte de un hombre en representación de las víctimas torturadas y brutalmente aniquiladas del mayor crimen premeditado de la historia de la humanidad – la masacre industrializada sin paralelo en el mundo, en la que hasta el último bebé judío oculto fue objetivo y fue buscado sistemáticamente.


 


Wiesenthal no disminuyó ni trivializó la enormidad del derramamiento de sangre judía comparándolo con cada brutalidad del campo de batalla. No recitó mantras universalistas de moda. Fue una espina en la carne del estamento atrincherado aquí y en el extranjero (aunque al final de su vida los gobiernos extranjeros le honraron mientras el estado judío continuaba en gran medida ignorando al defensor autoproclamado de los 6 millones).


 


En el estado fundado para y por los supervivientes judíos, Wiesenthal no fue un impulsor de audiencias, no vendía periódicos ni disfrutaba de popularidad política. Ése es el motivo por el que no valía la asistencia a su funeral la semana pasada en Herzliya ni de un redactor (donde reside la hija de Wiesenthal).


 


Ninguno de los jueces de nuestro Tribunal Supremo, generales del ejército o ministros – por no mencionar al premier o al presidente – pudieron ser molestados para prestar sus condolencias. Los dignatarios extranjeros abundaron. Los israelíes tenían urgencias más acuciantes. El canciller austriaco, no obstante, logró participar en la despedida vienesa a Wiesenthal antes de que su ataúd aterrizara en Israel.


 


Muchas lumbreras-que-no-pueden-ser-molestadas culparon a la oficina del primer ministro de no informarles del dónde y el cuándo del entierro de Wiesenthal. Sólo necesitarían haber consultado la prensa, pero estaban probablemente demasiado absortos en buscar artículos acerca de sí mismos. En cualquier caso, Ariel Sharon no vio apropiado informarse, tampoco.


 


Habría asistido, sin duda, de haberse tratado del difunto de un hampón local. Pero Wiesenthal no tenía voz en el comité central del Likud o en el politburó laborista.


 


Él no era apreciado por los publicistas de Paz Ahora o sus portavoces mediáticos. Tampoco importa lo bastante para que Moshe Katsav interrumpiese su itinerario de viaje internacional que, irónicamente, incluía visitas a los enclaves de masacres del Holocausto en el Báltico.


 


LA MAYOR IRONÍA, por supuesto, es que Wiesenthal no era solamente otro mortal vencido por el paso inexorable del tiempo. El único judío que se decantó en contra de los molinos de la apatía y logró lo que nadie podía esperar concebiblemente de un único particular, simbolizaba la tragedia judía y la invencibilidad judía. Era la esencia del espíritu judío en el que el estado judío estuvo inmerso una vez. Él fue el alma judía.


 


En la noche del entierro localmente olvidado le escuché en una entrevista emitida para la ocasión por la 3SAT alemana (de entre todos los canales). Wiesenthal recordaba su pavor pre-Guerra de los Seis Días a que Israel fuera derrotado: “Pensé que si ocurría eso, no podría seguir viviendo. Israel es el corazón latiente del pueblo judío, y sin corazón no hay vida”.


 


Me pregunté en voz alta si Israel había perdido su alma judía. ¿Había triunfado la apatía después de todo? ¿Dijo la última palabra? Mis amigas denostaron solícitamente mis preocupaciones.


 


“No exageres”, me aconsejaron. “Wiesenthal simplemente pertenece al pasado. Asuntos más relevantes encabezan la agenda de hoy”.


 


Como las nupcias de Bar-Zohar.

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