Política

Cuando el Lobo se empeña en tener Razón…

“…quien ha jurado la defensa de un Estado de Derecho no puede cobijarse en el poder para hacer de su capa un sayo, ni puede pretender sostenerse en él a costa de unos planteamientos que, al demostrarse erróneos, lo único que consiguen es debilitar el valor de los Derechos y Libertades constitucionales…”

José Miguel Alvarado

La lectura del último comunicado de la organización terrorista ETA causa escalofrío; provoca miedo; acrecienta la inseguridad frente al terror y conduce a una única conclusión respecto a ese eufemístico proceso de paz  emprendido por el actual Gobierno de España: ETA volverá a actuar cuando le convenga. Eso es todo.


 


En consecuencia, la única traducción realista que cabe hacer es que o el Estado Democrático y de Derecho cede ante las pretensiones y exigencias de una banda terrorista criminal crecida o ese Estado de Derecho ya sabe lo que puede esperar de ella.  Ese es el mensaje de ETA.


 


La organización terrorista coloca una tonelada de Amonal en la T-4 del Aeropuerto de Barajas (Madrid) el 30 de Diciembre de 2006 y diez días después causa la hilaridad del sentido común cuando dice que “el alto el fuego permanente” sigue vigente.


 


Esa inmensa y potente bomba mortal se lleva por delante dos vidas humanas de dos ciudadanos ecuatorianos residentes en España, hiere a otros, y provoca unos descomunales daños materiales, y la banda terrorista asegura que su objetivo no era matar.


 


El año 2006 se cierra con un atentado que pudo acabar en una nueva masacre y la organización terrorista no se arrepiente, no pide perdón, no anuncia la entrega incondicional de las armas. Muy al contrario, hace alarde de su fuerza, y culpa y amenaza a los representantes del gobierno por el incumplimiento de sus compromisos.


    


En conclusión, lo único claro en ese “duro” camino a recorrer para el cese definitivo de la lucha armada terrorista es el siguiente: la única voz de ETA es la voz de la violencia; la voluntad negociadora de ETA es la voluntad de la violencia; la acción de ETA es la acción de la violencia, de la crueldad y el odio.


 


Para cualquier observador común y corriente sobra cualquier otro análisis, como sobra  cualquier programada declaración política, hueca, esquiva o equívoca, carente de principios y compromisos fiables frente a la envergadura de un problema cuya solución no pasa por la claudicación del Estado de Derecho o la fe ciega. Ante la última acción terrorista, sobran palabras y faltan hechos.


 


El tema es tan serio que frente a él nadie puede jugar a ser Dios, especialmente cuando la única verdad ante dichos hechos no reside en unos o en otros, en pocos o en muchos, sino en el bien común que, no por azar, suele estar del lado de la defensa activa de los derechos inalienables de la persona, entre ellos el derecho a la Dignidad, a la Vida, y a la Libertad que los terroristas, como está demostrado, desprecian.


 


El bien común vale lo mismo en España, que en Europa, que en cualquier país al otro lado del Atlántico dónde el terrorismo socava los valores y principios democráticos fundamentales.

La convivencia pacífica de la comunidad española, de la internacional o de la latina  -viene al caso recordar que en ésta última algunos países son observadores pasivos del fenómeno del terrorismo o refugio de terroristas reclamados por la justicia- depende en extremo de la correcta y unánime defensa de la legitimidad democrática y de la revitalización de la cooperación para combatir cualquier acto de terrorismo como un acto criminal.


 


Sólo por ese camino las sociedades libres podrán atisbar el principio del fin. Y la paz, frente a la violencia y el terror injustificables.


 


El problema es demasiado grave para perderse en retóricas, porque de la misma manera que quien no quiere matar no coloca una tonelada de Amonal en un estacionamiento público aeroportuario coincidiendo con una salida masiva de vacaciones, quien ha jurado la defensa de un Estado de Derecho no puede cobijarse en el poder para hacer de su capa un sayo, ni puede pretender sostenerse en él  a costa de unos planteamientos que, al demostrarse erróneos, lo único que consiguen es debilitar el valor de los Derechos y Libertades constitucionales, empañar el Estado de Justicia y acabar por llevarse por delante todo el esfuerzo, el sacrificio y el coste en vidas humanas, que ha supuesto la lucha legítima contra la criminalidad terrorista.


  


Esto es tan básico que, por elemental, espanta constatar una vez más como, mientras familiares y amigos lloran la irreparable pérdida de Alonso Palate y Armando Estacio  -cuyos nombres se suman a la larga lista de asesinados por ETA en los últimos treinta años- la banda vuelve a mostrar su maldad bajo las bombas y la letra impresa, intentando dividir aún más, si cabe a la clase política.


 


Repugna conocer como desde su entorno se tiene la osadía de dirigirse a la inmigración latina, falseando y manipulando la historia, para justificar el crimen, por lo que conviene recordar y activar las conclusiones de algunos de los acuerdos que, al respecto, fueron adoptados por los países iberoamericanos en Cumbres como las celebradas en La Habana (1999), Lima (2001) y Montevideo (2006).


 


Pero aún más. Cuando el bien común peligra por el terror y el chantaje, los mandatarios democráticos han de saber situarse frente a él, digna, valiente, coherente y generosamente como hombres de Estado, sea cual sea el coste.


    


Sí no sucede así, cabe esperar que funcione la legitimidad de los mecanismos constitucionales y parlamentarios para exigirles responsabilidades.


 


La  responsabilidad política asumida por el presidente Zapatero en el llamado proceso por la paz es tan evidente que tras el atentado de la T-4 debería plantear una Cuestión de Confianza al Parlamento de forma que sean conocidas y despejadas las dudas razonables que existen entorno a la actual política antiterrorista desplegada por el ejecutivo español, antes de que sea tarde y el lobo se coma al cordero.


 


Ojala que en la lucha contra el terrorismo ningún pueblo tenga que lamentar haber ignorado la moraleja de una de las fábulas más conocidas de Esopo en la que con una cordura clarividente expone que “cuando los lobos se empeñan en tener razón, los corderos nunca la tienen”.   

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