Dicen los analistas de la mercadotécnia electoral que la niña de Rajoy no vende un comino, ni un pimiento. Al fin y al cabo, quizá lo de la feliz criatura no sea vender cominos, ni pimientos, ni cosas parecidas. Quizá le vaya más el latín y el griego que los culebrones de la tele. Y llegue a Presidenta.
José Miguel Alvarado
Dicen los analistas de la mercadotécnia electoral que la niña de Rajoy no vende un comino, ni un pimiento. Dicen, al más puro estilo Delibes, que es un gorigori retórico. O una copia de allende los mares, para ser más precisos. Y que eso aquí no prende ni con alfileres. Y puede que sea así. O puede que no. Pero a Rajoy le importa un bledo y en el tramo de campaña electoral que queda habla de ella, si cabe, con más orgullo paterno.
Al fin y al cabo, quizá lo de la feliz criatura no sea vender cominos, ni pimientos, ni cosas parecidas. Quizá le vaya más el latín y el griego que los culebrones de la tele. Y llegue a Presidenta. O quizá sea registradora como su papá. Tal como están las cosas puede, incluso, que le salga traviesa o difícil al líder de la oposición. Y hasta quiera colgarse un piercing en el ombligo o en la lengua.
Pero los analistas son -somos- así de papistas. Más o menos como Rouco, el nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Española. Que también es gallego. A Dios lo que es de Dios. Al Cesar lo que es del Cesar. Y a Rajoy, duro y dale con esa niña que, de resultar elegido, no tendrá que cursar Educación para la Ciudadanía; ni recurrir a los juzgados para hacer valer sus derechos.
Ha de tenerse en cuenta que un analista humilde, no es un analista al uso. De tal forma que lo que no sabe, lo intuye. Y la intuición es una forma de conocimiento, como otra cualquiera. Es verdad que no se apoya en la Estadística, como las encuestas con margen de error. Y que a veces vale, y otras veces hierra, lo mismo que las mediciones sociológicas.
No obstante, rara vez los analistas -salvo los muy avezados- nos distinguimos por sacar a pasear a la loca de la casa, desnuda y provocativa, para que se desfogue y se expanda libre de prejuicios por los comentarios de los titulares del día siguiente. Y sueñe.
Esa es también la razón por la cual nuestra inspiración está encorsetada y padece el mismo mal que los debates electorales cebrados por los aspirantes al Palacio de la Moncloa.
A Zapatero y Rajoy, los debates, todo hay que decirlo, les sirven para lo que sirven estas cosas: para que sus seguidores depositen su papeleta en la urna, con la cabeza alta y con orgullo o con un mosqueo de mil pares de narices.
La inspiración, rara vez analítica, quiere despendolarse en multitud de ocasiones. Pero no se atreve. Por miedo al que dirán o al que no dirán. El caso es que no se aventura ni a dar un nombre a la famosa niña de Rajoy. Más famosa ya que, Valentina, la hija de Salma Hayek. Y qué se le va a hacer… Es la niña que ocupa su corazón, es su inspiración y espera su nacimiento para el nueve de marzo. Por lo tanto, da lo mismo que se llame Teresa, Cecilia o, simplemente, María.
La niña, por ahora, es una tonta cursi y repipi, con coletas; y a quien más, quien menos, se nos presenta con un vestido repolludo, calcetín corto, zapato de charol y dos inmensos lazos de color rojo y gualda, tal y como desfiló el equipo olímpico que abanderó el Príncipe de Asturias; allí donde ahora ponen multas de 400 euros por rotular las empresas en castellano.
Tal indumentaria choca, sin más, con lo que se lleva. Modelos de usar y tirar, a lo deshabillé para todo su desarrollo. Así que, vaya pepla anacrónica tiene el dirigente popular con esa niñita mariana vestida de uniforme. Aún no ha nacido y ya nos trae de cabeza. Rubia, morena o pelirroja, la niña es eje, además, de la burla política.
Porque la del Presidente del Gobierno Rodríguez Zapatero está crecidita. Tiene cuatro años y, visto lo visto, parece que no ha resultado un fiasco de tomo y lomo y amárrate que hay curva. Eso sí, no fuma.
La resistencia al cambio también se da en política, aunque de cuando en cuando sea aconsejable apostar por una debutante nueva. Más tierna y más fresca. Por lo tanto, y concluyo de manera deductiva, si el aspirante del PP quiere hablar de su niña: ¡pues que hable! Eso es, precisamente, lo que ha dicho que va a hacer. A nadie le amarga un dulce.
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