La política es así. Sarkozy puede llamar ¡pobre idiota! a un elector y González, ¡imbécil! a Rajoy. Agudo o zafio, el insulto es descarado. Populachero y progreguay. Y, cuando el talento o el argumento escasean, resulta un desahogo muy nuestro para imponerse o denostar al adversario.
José Miguel Alvarado
La política es así. Sarkozy puede llamar ¡pobre idiota! a un elector y González, ¡imbécil! a Rajoy. Agudo o zafio, el insulto es descarado. Populachero y progreguay. Y, cuando el talento o el argumento escasean, resulta un desahogo muy nuestro para imponerse o denostar al adversario.
Al fin y al cabo, nada nuevo. La narrativa, la poesía, el ensayo y hasta las actas de sesiones de las Cortes, las republicanas especialmente, hablan bastante de la riqueza de este tipo de vocabulario y de su efectividad. No tanto, de su eficacia como fertilizante de la violencia emocional.
Ahora bien, si el insulto perspicaz e inteligente es celebrado por el pueblo y repiqueteado por la sabiduría ilustrada como un hallazgo, un tesoro, o un recurso útil para la retórica y la dialéctica; el vulgar o tópico, dura lo que dura un pedo (con perdón). Siempre y cuando, obviously, no salga de la boca de algún político de reconocido prestigio y reputación.
Aún así, considerese un signo de aerofagia verbal fétida ese “imbécil” que el ex presidente de la Nación por sufragio universal, y abogado laboralista, ha llamado al aspirante a la presidencia del PP, a su vez, varias veces ministro y registrador de la propiedad; al parecer, por sorteo de la beneficencia, según el señor González.
Porque imbécil es aquel que está alelado. Un alelado es en todos los casos, es decir de forma permanente, subyacente, o transitoria, una persona lela o tonta. Dícese lela o lelo de aquella o aquel al que se considera fatuo, simple o pasmado. Y tonta o tonto, de quien no tiene razón, padece deficiencia mental o es muy pesado. Podría seguir así hasta el infinito a fuerza de derivadas del diccionario. Pero corto y cierro, asombrado de la elección del ex presidente: ¡imbécil!.
Con intención, o sin ella, seguro que dicho exabrupto concita la visceralidad y la risotada de parte del voto que el socialismo del siglo XXI reclama para sí, ya que resulta difícil creer que el uso del improperio divierta a ese espacio de centro politicamente correcto.
Para señalar la discrepancia, o decir que alguien es un pesado, cuestiones que, por otra parte, entran dentro de la opinión subjetiva salvo que sean demostrables con datos incontestables, existe una amplia y rica retahíla de epítetos que, sin llegar al insulto, podían haber tenido el honor de ser elegidos con mayor acierto pedagógico. Cosa distinta, es la deficiencia mental. Esa hay que certificarla clínicamente.
Pero “consejos vendo, que para mi no tengo”, decía mi madre, que en paz descanse. Y razón tenía: porque el hasta ahora insulto más sonado de la mercadotecnia fácil, mediática y molona dónde hay pocas, de la campaña electoral en la que estamos, emerge de un partido que ha impuesto la “Educación para la Ciudadanía” o, mejor dicho, la educación a la ciudadanía, pero solo a ella.
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