Política

Celebraciones y euforia en el Líbano mientras los israelíes lloran y entierran a sus muertos

Israel recibió dos cadáveres a cambio de cinco terroristas de Hezbolá. Mientras los judíos lloran a sus muertos para enterrarlos en paz, el grupo Hezbolá festeja la llegada de sus hombres e incluso reaparece en escena su líder, Nasralá, uno de los objetivos prioritarios del ejército judío

Canje de vivos por muertos
Miles de personas asisten hoy en Israel a los funerales de Ehud Goldwasser y Eldad Regev, los dos soldados que fueron secuestrados por Hezbolá en julio de 2006 y cuyos cuerpos fueron entregados ayer a las autoridades israelíes a cambio de la liberación de cinco presos libaneses y los restos de 199 milicianos libaneses.

En Nahariya, al norte de Israel, el féretro de Goldwasser, portado por sus compañeros de unidad, ha sido acompañado por miles de personas que han querido acompañar a la familia. Una multitud llegada de distintos puntos del país se ha dado cita en la parte militar del cementerio de Nahariya, donde ha sido enterrado el soldado, que fue capturado junto a Regev el 12 de julio de 2006 por un comando de Hezbolá cerca de la frontera israelí-libanesa.

Un nutrido grupo de altos mandos militares, encabezados por el ministro israelí de Defensa, Ehud Barak, y el líder del partido Likud, Benjamin Netanyahu, han acudido al funeral por Goldwasser.

También estaba presente la familia de Gilad Shalit, otro soldado que lleva dos años secuestrado, en este caso en manos del grupo radical palestino Hamás. El féretro, envuelto en una bandera israelí, ha sido llevado a hombros en silencio hasta su último destino por soldados de la unidad a la que pertenecía Goldwasser, los Golani. Un rabino abría el cortejo fúnebre leyendo salmos, seguido por karnit, la viuda del soldado fallecido.

Hezbolá se ve como triunfador

Orden militar en el pueblo libanés de Naqura, a tres kilómetros de la fronteriza Rosh Hanikra, para recibir a Samir Kuntar y a cuatro terroristas de Hezbolá, que nada más ser entregados por el Ejército israelí se enfundaron los uniformes de la milicia chií. Fueron saludados como héroes tras desfilar por una alfombra roja.

Samir Kuntar, que ha purgado 29 años en cárceles israelíes por el asesinato de dos adultos y dos niñas israelíes, se caló la gorra de Hezbolá y, junto a los cuatro milicianos apresados durante la guerra de 2006, se auparon a un helicóptero.

El presidente, Michel Suleiman; el primer ministro, Fuad Siniora, y el líder de los suníes, Saad Hariri, feroces rivales de Hezbolá, besaron a los recién llegados. En los suburbios sureños de la capital, feudo del partido islamista, se desató el júbilo. Incluso se presentó el jefe de Hezbolá, Hasan Nasralá: aparición en público nada habitual para un líder al que Israel tiene colocado en el disparadero.

Es la tercera vez que Nasralá se muestra de esa manera. La primera, el 22 de septiembre de 2006, para celebrar lo que denominó la “divina victoria” contra Israel. Por segunda vez, durante una celebración religiosa meses después y ayer, durante unos minutos ante decenas de miles de fieles, para declarar: “Estamos en una época de victorias”.

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