España tras las elecciones del 9-M se convierte en un país baluarte del socialismo dentro de la Unión Europea. Todo indica que no habrá grandes cambios en la política española, más de lo mismo no es muy buen comienzo.
Santi Lucas
No hay todavía ninguna señal que indique o nos haga presumir una variación sustancial de la política exterior española tras el triunfo de Zapatero en las elecciones generales del pasado domingo. Bien es cierto que las relaciones internacionales y los proyectos de España en el Mundo no han ocupado un lugar central en el debate político durante la pasada campaña, como lo es también que la más que previsible alianza del PSOE con las formaciones de la izquierda y del nacionalismo radical, que condicionaron decisivamente la última legislatura en esta materia, abundan en la misma y pesimista impresión de que no habrá cambios. Desde el 9 de marzo, España se ha convertido en el seno de la Unión Europea en el último baluarte del socialismo al frente del gobierno, descontando la cohabitación portuguesa, la moderación laborista británica o el minúsculo caso chipriota. Una rareza, sin duda, que nadie parece querer emular en el vecindario europeo.
Ha sido el Alto Representante de Política Exterior y Seguridad Común de la UE, Javier Solana, socialista también, quién se ha adelantado, sin precisar mucho más, a pedir a España “un papel importante en Europa” a partir de ahora. Por su parte, el Secretario de Estado para la Unión Europea, Alberto Navarro, también ha hecho un tímido guiño a la recuperación de algún consenso perdido entre el PSOE y el PP, eso sí “en el ámbito comunitario”. Poco más por el momento. Ninguna declaración oficial destinada a restañar viejas heridas de incomunicación con Estados Unidos (por otro lado, enfrascados en su propio proceso electoral), ni tampoco algún enunciado nuevo en el ámbito iberoamericano, cuando tantos retos y vicisitudes están planteados en este mismo momento.
Más de lo mismo en política exterior es un mal comienzo de curso para una asignatura que Zapatero ha llevado a rastras durante los últimos cuatro años, aunque su influencia en las urnas haya sido imperceptible y los españoles, tristemente, se desentiendan en buena medida de las consecuencias.
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