América, Política

El triunfo de Assad

El encuentro apenas veló la resignación de la primera potencia y la orfandad de quienes, se suponía, representaban allí la “primavera árabe”.


 Hubo algo levemente patético en la visita a la Casa Blanca del líder de la resistencia siria, Ahmad Jarba, y el jefe militar, Abdul-lla al-Bashir, para pedir armas la semana pasada. Obama se vio obligado a recibir a dos símbolos de la derrota del esfuerzo más razonable por derrocar al dictador de ese país, Bashar al Assad. Pedían armas que saben que no les van a dar y Obama les dio una validación internacional que sabe que no servirá para revertir lo que pasa en el campo de batalla. El encuentro apenas veló la resignación de la primera potencia y la orfandad de quienes, se suponía, representaban allí la “primavera árabe”.

Assad ha logrado mucho desde que, hace nueve meses, Estados Unidos estuvo a punto de atacar Siria. Ha ganado varias batallas y recuperado Homs, el bastión opositor del oeste del país. Ha conseguido, con el acuerdo de enero sobre armas químicas, desmovilizar a la comunidad internacional y obtener el oxígeno que necesitaba para pasar a la ofensiva. Su posición interna y externa se ha robustecido gracias a que los yihadistas, especialmente al Nusra, han desplazado a los hombres que visitaron a Obama -y por extensión a la oposición civilizada- como referentes de la lucha contra el régimen. Ha incumplido su compromiso de sacar de Siria todas las armas químicas (queda un 10 por ciento dentro del país, según la ONU) y es improbable que destruya todos los equipos y plantas de fabricación antes del 30 de junio.

Todo esto se resume en un hecho demoledor: la renuncia del enviado especial de la ONU, el experimentadísimo Lakdar Brahimi, veterano de conflictos en medio mundo, incluido Medio Oriente. Se repite la historia de Kofi Annan, que tiró la toalla al darse cuenta de que el conflicto era indetenible. Pero ahora la dimisión no es porque ambas partes se nieguen a negociar, sino porque Assad ha ganado. Tan confiado está, que hace campaña para su “reelección” el 3 de junio. Debe haber sonreído al ver a sus enemigos mendigando baterías antiaéreas y antitanques a Obama. Sabe que no se las van a dar o que les seguirán dando la ayuda encubierta de la CIA y la ayuda oficial no letal (unos 280 millones hasta ahora) que llevan tiempo otorgándoles y no han servido. Allí están los 150 mil muertos.

Ha fracasado la causa de democracia liberal en esa zona. También el principio de “responsabilidad de proteger” que Naciones Unidas consagró en 2005, en una cumbre, y ratificó en 2009, en un informe del secretario general para justificar intervenciones humanitarias (principio que ya había servido para intervenir en Kosovo y que nació de la conmoción del genocidio de Bosnia).

Esta es quizá la mayor consecuencia en el plano de las relaciones y el derecho internacionales de las guerras de Irak y Afganistán. Sin esas guerras, Estados Unidos hubiera intervenido en Siria, como lo hizo en Kosovo para detener a los serbios. Pero la opinión pública, los actores políticos e institucionales y la comunidad internacional en general sufren una fatiga bélica que es también una resignación moral: se admiten a sí mismos que hay límites a lo que se puede hacer para frenar la barbarie política en el mundo.

Quien mejor ha entendido esto es Putin, uno de los artífices de la victoria de Assad. Lo ha protegido en el exterior y abastecido en el interior; le dio una perfecta cobertura cuando lo comprometió a sacar del país las armas químicas, sabiendo bien que no era indispensable para que recuperase terreno. Ahora se frota las manos.


Publicado en La Tercera



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