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En las mejores familias

Al abstenerse de una guerra real, al reunir un poder tecnológico tan aplastante con fines tan atenuados, Washington pensaba que estaba proyectando una especie de autosuficiencia ONU elevada, cuando en la práctica estaba transmitiendo debilidad. La realidad fue peor que la “hiper-realidad” de Baudrillard. Si usted escenifica un devastador videojuego bombas fuera en la CNN y al final el tipo malo aún se tiene en pie, no es simplemente que “nada ha cambiado”.

Mark Steyn
El otro día murió Jean Baudrillard, el principal teórico social posmoderno francés — si es que la muerte es un concepto que se digna a reconocer. Y sí, me sonroja utilizar las palabras “principal teórico posmoderno francés” en el National Review. Pero extrañamente le había cogido cariño al viejo farsante. Baudrillard era elogiado por la teoría de que el hombre de hoy ya no sabe distinguir la realidad. Existe en su lugar en una hiper-realidad de “imágenes” creadas por los medios.

Esta idea resultó ser para él una mina de oro, y sacó de ella bastante dinero. Dinero real, se supone. Baudrillard publicó un libro titulado La guerra del Golfo no tuvo lugar, que argumentaba exactamente eso. En su lugar, escribía, lo sucedido en 1991 era que se había representado un simulacro de guerra en la CNN. Era fácil de ridiculizar en aquella época, y un montón de colegas lo hicieron. Solamente porque un intelectual francés enfermo de fin-de-civilisation ennui sea un objetivo fácil no es motivo para cargar las tintas. Aún así, en la práctica, la tesis de Baudrillard se mantiene en pie mucho mejor una década y media después que la mayoría.

Baudrillard empezaba con impresiones seguras — la preferencia hasta de los participantes sobre el terreno por ver la guerra en la televisión por cable — y hechos trasnochados: un efectivo norteamericano corría estadísticamente más peligro de morir de vuelta a casa que en combate en Oriente Medio. De esto, deducía una gran teoría: los “aliados” no estaban emprendiendo la guerra, sino simplemente dejando caer 10.000 toneladas de material militar al día como simulacro de guerra. Saddam Hussein también estaba implicado en el simulacro: invirtiendo el modelo americano, ofrecía grandes cantidades de su propia ciudadanía eminentemente prescindible en sacrificio a la no-guerra, pero se quedaba con todo lo que habría utilizado en una guerra real – sus fuerzas aéreas por ejemplo – fuera de la vista, seguro y escondido. Los dos bandos raramente se enfrentaban y, tal como lo vio Baudrillard, al final el bando derrotado no había sido derrotado y los ganadores realmente no habían ganado. Por tanto, no tuvo lugar ninguna guerra.

El autor no está negando las pruebas científicas per se tanto como lo que significan las pruebas. El momento vergonzoso con diferencia fue cuando el primer Presidente Bush olvidó que estaba librando una guerra en la CNN y la confundió con una real al llamar al pueblo de Saddam a levantarse contra el tirano. Ellos lo hicieron, solamente para descubrir que Bush había vuelto a jugar al belicismo de CNN y no estaba allí por ellos. Fueron masacrados en masa por el dictador presuntamente derrotado.

De haber sido un historiador militar en lugar de un farsante galo, Baudrillard lo habría formulado de manera ligeramente distinta. La cuenta atrás para la guerra comenzó con la invasión de Kuwait por parte de Saddam y el consejo de la Thatcher al Presidente: “no es momento para vacilar, George”. Pero, para cuando las tropas entraron, la Thatcher había sido defenestrada de Downing Street y la Administración Bush había elegido maquillar la vacilación como virtud moral. Tradicionalmente, una nación que entra en guerra tiene objetivos de guerra. Pero los Estados Unidos renunciaron oficialmente a cualquier objetivo de guerra aparte de la restauración del status quo ante (el retorno de Kuwait a sus principitos con pinzas), prefiriendo dar prioridad al coalition-building como fin en sí mismo: contra más naciones se apuntaban, a menos se apuntaban.

Al abstenerse de una guerra real, al reunir un poder tecnológico tan aplastante con fines tan atenuados, Washington pensaba que estaba proyectando una especie de autosuficiencia ONU elevada, cuando en la práctica estaba transmitiendo debilidad. La realidad fue peor que la “hiper-realidad” de Baudrillard. Si usted escenifica un devastador videojuego bombas fuera en la CNN y al final el tipo malo aún se tiene en pie, no es simplemente que “nada ha cambiado”. Si el equipo USA logra un empate contra parte de las Malvinas, por definición es un resultado mucho mejor para las segundas que para el primero. En otras palabras, La Guerra que No Tuvo Lugar fue percibida en la calle árabe y más allá como ganada por Saddam. Cierto, un caro y elaborado programa de gestión dictatorial fue implementado por la ONU – Petróleo por Alimentos, zonas de exclusión aérea — pero demostró ser la gallina de los huevos de oro para él y garantizó que americanos y británicos pasasen los años anteriores a la guerra del 2003 siendo atacados por la Euro-izquierda y las ONGs por reducir a escombros la devastación humanitaria de Irak.

Cuando quiera que lamento el final inconcluso a la Guerra del Golfo, recibo cartas de veteranos agraviados que señalan que se abrieron paso a través de la tan vapuleada Guardia Republicana de Saddam en nada. Es correcto. Pero la realidad — que Baudrillard pareció captar y los realistas del realpolitik no captaron — es que la guerra no es una demostración técnica de poder superior, sino de la disposición a utilizar ese poder para lograr fines estratégicos. En ese sentido, la Guerra del Golfo no tuvo lugar.

En este cuarto aniversario de la caída de Sadam podrá tener lugar el inevitable lamento por todos los errores cometidos en la primavera del 2003 y los años posteriores, pero si los medios, los Demócratas del sangrado lento y los Republicanos de la bandera blanca están decididos a transformar Irak en una tragedia, es importante recordar que es una tragedia en dos actos — y que el mayor error de todos se cometió en 1991. El libro de Baudrillard tomaba su título de la obra de Giraudoux de 1935 — La guerra de Troya no tuvo lugar — y así coloca el tecnológico conflicto ilusorio propiciatorio sin compromisos en la misma categoría de espejismo que el pacifismo idealizado.

Hasta el teórico social posmoderno francés acierta con la realidad de vez en cuando. Lo que es una cifra de aciertos mucho mejor que la de muchos de los realistas.

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