Su poder es tan grande entre la opinión pública que transmiten la impresión de una foto definitiva e inamovible. Quien gana en las encuestas, gana en las elecciones-
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Miércoles, 28 de octubre 2026

Su poder es tan grande entre la opinión pública que transmiten la impresión de una foto definitiva e inamovible. Quien gana en las encuestas, gana en las elecciones-
Santi Lucas
En periodo electoral, las encuestas sobre la intención de voto adquieren un protagonismo casi telúrico e implacable. Parecen entes autónomos, déspotas nigromantes, augures irrefutables del destino político de los pueblos, veredictos inmunizados a las influencias de los actores. Su poder es tan grande entre la opinión pública que transmiten la impresión de una foto definitiva e inamovible. Quien gana en las encuestas, gana en las elecciones. Los electores se reservan así un papel pasivo, subordinado a corroborar en las urnas el desenlace anterior. Sin embargo, la prepotencia de las encuestas precisa siempre apuntar algunos matices.
En primer lugar, las encuestas electorales marcan tendencias, pero su importancia es sólo relativa porque no sustituyen nunca de una forma mágica y vicaria la soberana, individual y ejecutiva palabra de los ciudadanos. Treinta años de democracia en España acumulan clamorosos errores de predicción y también anticipados aciertos. En todo caso, las encuestas retratan un ánimo coyuntural y colectivo pero no suplen de ninguna forma la esencial y libre participación democrática.
En segundo lugar, las encuestas electorales aparejan riesgos evidentes de condicionar las conductas de los candidatos y el voto de los indecisos. Los partidos políticos piden a sus fieles ganar a las encuestas adversas y asumen con una inmodesta naturalidad los pronósticos más favorables. Algunas personas se inclinan por apoyar al presunto vencedor en un ejercicio de nadar a favor de la corriente; otras pueden movilizarse para corregir los peores augurios o inhibirse de votar ante las anunciadas certezas. Todo vale, pero es mucho más saludable para la solidez de la democracia rebajar la categoría de las encuestas y asumir el papel reflexivo y no contaminado, desde las convicciones de cada cual, que el sistema espera de nosotros.
En tercer lugar, las encuestas electorales fingen culminar precozmente un proceso de consulta popular, ofreciendo masticados unos resultados fiables. Muy poca gente repara en el origen de las encuestas, en sus fichas técnicas y metodológicas, en la decantación del análisis, en sus entrañas o en el eventual maquillaje con que se publican.
Demos al César lo que es del César y a las encuestas electorales el valor restringido y accidental que verdaderamente tienen.
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