“Jean-Claude Juncker, el “presidente” de “Europa”, parece más cerca del récord en su desprecio a la voluntad del pueblo: “Si es un Sí, diremos ´En marcha´, y si es No, diremos “´continuamos´”. Y si no es nada de lo de arriba, diremos “adelante”. Se pilla la idea. Enfrentado a la voz del pueblo, el “presidente” Juncker se tapa los oídos y dice: “¡Na, na-na, na-na-na, no puedo oíros!”.
Relaciones Internacionales
Los eurofetichistas no parecen poder ponerse deacuerdo en su línea en este tema del referéndum. Por una parte, el redactor del titular del Guardian estaba haciendo las maletas para salir corriendo – “Europa se hunde en la crisis” – y los líderes de la UE advirtieron de que “Europa” podría dejar de funcionar.
Oh, vamos. No caerá esa breva.
En el otro extremo, Jean-Claude Juncker, el “presidente” de “Europa”, parece más cerca del récord en su desprecio a la voluntad del pueblo: “Si es un Sí, diremos ´En marcha´, y si es No, diremos “´continuamos´”.
Y si no es nada de lo de arriba, diremos “adelante”. Se pilla la idea. Enfrentado a la voz del pueblo, el “presidente” Juncker se tapa los oídos y dice: “¡Na, na-na, na-na-na, no puedo oíros!”. Hay varias lecciones dignas de aprender de la votación francesa. La primera es que los Junckers son una gran parte del problema.
Sólo en las dictaduras totalitarias, las urnas producen una respuesta correcta pre-ordenada. Aún así, el presidente Juncker destiló el gran defecto del corazón de la constitución de la UE en una oración clara que ataja los matorrales de la verborrea ilegible de Giscard. La constitución americana comienza con las palabras “nosotros, el pueblo”. El punto de partida de la constitución de la UE es: “Sabemos más que el pueblo”.
Después de eso, lo demás no importa: no sabes construir naciones equilibradamente. Los británicos, de han escrito más constituciones para naciones reales que nadie de la historia y que por lo tanto no pueden alegar la misma ignorancia que el presidente Juncker, deben estar especialmente avergonzados de ir de la mano con esta mezcla de un travestido de charada.
Ah, dicen los eurofetichistas, pero vosotros los negadores estáis presumiendo sin motivo: los franceses no vieron repentinamente la luz y decidieron que los euroescépticos británicos estaban en lo cierto todo el rato; rechazaron la constitución de la UE porque pensaron que era un jaleo anglosajón para imponer el capitalismo a su utopía proteccionista sobreprotegida.
¿Pero y qué?. Los negadores de Gran Bretaña no tienen por qué rechazar la constitución por el mismo motivo que los comunistas, los fascistas, los racistas, los sindicalistas anacrónicos, ecologistas chiflados, granjeros subvencionados, “estudiantes” de mediana edad, profesores trotskistas y reinas del bienestar social de Francia, benditos sean todos. Si quieren irse por el Eurinario de la historia aferrándose a su estado del bienestar insostenible, sus semanas de 30 horas laborables, sus años de 10 meses laborables y sus décadas de 7 años laborables, es asunto suyo. Si Gran Bretaña no, eso debería depender de Gran Bretaña.
Durante décadas, algunos de nosotros hemos argumentado que “Europa” es demasiado diversa como para formar una entidad política única, que los británicos y los franceses son en la práctica extranjeros mutuos. Sir Edward Heath y su especie de mofa en lenguaje tan crudo: porqué, los jóvenes británicos cosmopolitas de hoy se sienten perfectamente cómodos bebiendo Beaujolais y comiendo croissants y haciendo alarde de su ajuar de boda en la Côte d´Azur. Cierto, e irrelevante. Lo que subrayó la votación del domingo son las profundas diferencias en cultura política. Los anti-europeos de Gran Bretaña y los radicales de Francia sólo están unidos por su rechazo a ser niguneados por un régimen regulador que insiste en que puede aplicarse un libro de reglas único desde Balimena al Báltico. No puede. La presunta incompatibilidad de nuestros descontentos lo demuestra: toda la política es local; a pesar de la promoción asidua del término, electoralmente hablando no existe algo “europeo”.
A la sazón, esos “radicales” de Francia alcanzan hoy cerca del 60 por ciento del electorado. Eso es otra lección para la decadente Euro-élite. Una de las características menos atractivas de la política europea es el modo en que insiste en que ciertos temas están fuera de los límites, y más allá de la política. Ese es el defecto más obvio del flácido tratado de Giscard: no es una constitución, es una plataforma partidista perfectamente buena para un soso partido democrático social semi-anticuado. Sus derechos “constitucionales” – el derecho a la asistencia inmobiliaria, el derecho a la acción preventiva en el medio ambiente – no son constitucionales en absoluto, sino la clase de cosas que probablemente debatirán los partidos en tiempo de elecciones.
En su lugar, la política “de consenso” de Europa ha juzgado cada vez más temas inapropiados para el debate, dejando a los votantes la elección entre Eurodí o Eurodam, un partido de izquierda de la derecha de la izquierda del centro, o un partido de derecha de la izquierda de la derecha del centro. Ninguno de estos partidos tecnócratas parece impaciente por tratar cualquiera de los temas abrumadoramente poco correctos [políticamente] en la mente de los votantes – la inmigración musulmana, el incremento del crimen, Turquía, la movilidad laboral en la UE. Así que los votantes, naturalmente, recurren a cualquier otra cosa, y en el plazo de cinco años, el continente entero podría terminar en la misma huída del centro que hemos visto en el Ulster.
En lo que respecta a si Turquía es europea, fue evidentemente hace un siglo y medio cuando el zar Nicolás I la describió como “el enfermo de Europa”. El enfermo de Europa hoy es el europeo, el principillo chapado en oro como Chirac o Juncker, haciendo equilibrios entre una sesión de planificación Euro-utópica y la siguiente, olvidadizo con las aburridas preocupaciones parroquianas del pueblo. En el Sunday Telegraph, Douglas Hurd, típicamente, falla el tiro en su análisis de la votación francesa, argumentando que Europa necesita “nuevos líderes”. Nuestros colegas lo titularon, “dos hombres y una mujer que pueden salvar Europa”. No, no y no. Europa no tiene una ausencia de líderes, tiene una ausencia de seguidores.
Mencioné a un íntimo del teatro el otro día que la UE me recordaba a la compañía Livent de Garth Drabinsky. Fueron los grandes productores teatrales de los años noventa: revivieron [el musical] Show Boat y produjeron El beso de la mujer araña y [el musical] Ragtime y [la película] Sweet smell of success en Toronto y Broadway y trajeron la mayoría al West End. Y eran admirados por la crítica, y aún así no parecían sacar beneficios. Pero Livent consideraba que si de alguna manera coleccionabas un abanico de fracasos lo bastante amplio, sumarías un gran éxito.
Ahora han desaparecido. Pero su espíritu continúa vivo en la UE, admirada por la crítica (al menos por el Guardian y Le Monde) pero sin hacer dinero, y aferrándose a la teoría de que si juntas las suficientes economías débiles, sumarán una gran superpotencia global. La gran moraleja de las tres últimas décadas es que cuanto más se ha atascado en la creación de un pseudo-estado centralizado, más atrás se ha quedado “Europa” con respecto a América en cada indicador relevante, desde desarrollo económico a demografía. “Europa” es una indulgencia que la Europa real no puede permitirse. Los seguidores lo reconocen, aunque los líderes no.
© copyright Mark Steyn, 2005