Política

Fenómeno ficticio

A pesar que la guerra que hoy mantiene Estados Unidos es de las que menos bajas ocasionó a lo largo de la historia, la prensa del país insiste en demonizar a las tropas que vuelven del frente.

Mark Steyn

¿Se ha encontrado en un aeropuerto recientemente y tal vez ha visto un pelotón de héroes de América volviendo de Irak? Y probablemente haya pensado, “¡Ah, qué vista tan maravillosa! Tengo que recordar enderezar el viejo imán de ´Apoyo a nuestras tropas´ de la nevera, que parece haber resbalado por debajo del recordatorio de mi cita con mi acupuntor. Tal vez debería acercarme y agradecerles su servicio“.


 


No, no, no, bajo ninguna circunstancia se aproxime a ellos. Intente evitar establecer contacto visual en su lugar, y retroceda lentamente hacia el cartel camino del parking. Está usted en presencia de violentos asesinos mentalmente desequilibrados que podrían saltar en cualquier momento.


 


¿No ha tenido noticia de eso? Bien, está en el New York Times: “una serie de artículos” – correcto, toda una serie – “sobre veteranos de las guerras de Irak y Afganistán que han cometido asesinatos, o han sido acusados de ello, tras volver a casa“. Es una epidemia, amigos. En palabras del Times:


 


Ciudad tras ciudad por todo el país, los titulares han venido relatando noticias similares. Lakewood, Washington: ´Familia culpa a Irak después de que hijo mate a esposa´. Pierre, S.D.: ´Soldado acusado de asesinato presta testimonio por estrés de posguerra´. Colorado Springs: ´Veteranos de la guerra de Irak sospechosos en dos casos de asesinato y banda criminal´“.


 


Obviamente, en calidad de “el periódico de referencia” de América, el Times se indignaría ante cualquier insinuación de que es anti-militar. Estoy seguro de que si usted fuera uno de estos enloquecidos militares dementes acosadores que acompañan a casa a los reporteros, encontraría que sus coches muestran la pegatina patriótica “Apoyamos a nuestras tropas, incluso después de haber sido procesadas“. Como de costumbre, las noticias del Times están redactadas en el tono antes compungido que furioso, que es una apuesta segura llegado el momento de los Pulitzer:


 


Individualmente, éstas son noticias de sucesos locales, notas sobrecogedoras al pie de la guerra para los efectivos del ejército, sus víctimas y sus comunidades. Reunidas, constituyen la imagen fragmentada de un fenómeno discreto, dibujando un rastro de muerte y angustia que recorre todo el país“.


 


Imagen fragmentada“, “fenómeno discreto“… Vale, vale, pero exactamente ¿hasta qué punto es discreto el fenómeno? ¿Cómo es de fragmentada la imagen? El New York Times descubría 121 casos en los que veteranos de Irak y Afganistán o bien “cometieron un asesinato en este país, o fueron acusados de uno“. La formulación “cometieron un asesinato” incluye los accidentes de tráfico.


 


En resumen, con cifras de bajas en declive sobre el campo de batalla, la narrativa de los medios de comunicación cambia. Noticias antigua: “Los soldados de América están cayendo como moscas víctimas de irracionales insurgentes violentos a los que nunca podremos esperar comprender“. Noticia nueva: “Los americanos están cayendo como moscas víctimas de irracionales soldados violentos a los que nunca podremos esperar comprender“. En la vorágine de las mentes de estos veteranos, cada frondosa manzana de Connecticut es Faluyah, y cada cajera de Dunkin Donuts es un Abú Musab al-Zarqawi de modales inoportunamente superiores.


 


Fue cuestión de unos minutos que la página web de John Hinderaker, Powerline, descubriera que “el discreto fenómeno” es completamente corriente: al Times no se le ocurrió al parecer comprobar si los índices de criminalidad entre los veteranos recientes son más elevados que los de la población general de varones jóvenes. No lo son. Au contraire, el columnista Ralph Peters calculaba que los veteranos de Irak y Afganistán tienen una probabilidad de alrededor de la quinta parte de asesinarle en comparación con el varón americano medio de entre 18 y 34 años de edad. Mejor aún, el blogger Iowahawk trazaba meticulosamente su propia “imagen fragmentada” de otro “fenómeno discreto“: el redactor de informativos de Denver detenido por acoso, el reportero del canal de Cincinnati que se enfrenta a acusaciones de pedofilia, la presentadora de Filadelfia que perdió los estribos violentamente con un arma estando borracha. Como se preguntaba la unidad de investigación de Iowahawk compuesta de un solo hombre:


 


¿Sucesos sin relación entre sí, o pruebas crecientes de que las salas de prensa de América se han convertido en campo abonado para criminales pedófilos poseedores de armas que empinan el codo?


 


¿Por qué iba el Times a publicar una serie así? Mi camarada de columna Clifford May lo relacionaba con un aniversario célebre: hace 75 años, en febrero de 1933, Osford Union aprobada la famosa resolución, por un margen aplastante, de que “bajo ninguna circunstancia esta Cámara luchará por su Rey o su país“. Union era la sociedad de debate más famosa del mundo, en una gran universidad de la potencia global dominante; sus presidentes han pasado a ostentar cargos de Primer Ministro en el país y a ultramar, desde Gladstone en el siglo XIX hasta Benazir Bhutto en los años 90.


 


Así que el debate y sus resolución llevan un mensaje a los enemigos de Gran Bretaña: tal como lo vio Churchill, la votación fue “un síntoma repugnante” de la enervación de la élite en el poder. Clifford May ve ese mismo síndrome hoy por todo el mundo occidental, pero en realidad es peor que eso.


 


El debate de Oxford tenía lugar una década y media después de la peor carnicería de la historia de la humanidad. La Primera Guerra Mundial costó las vidas de alrededor de 20 millones de personas. ¿Recuerda allá por el 2004 cuando Ted Koppel dedicó un programa de “Nightline” a leer los nombres de cada uno de los caídos en combate en Irak? Si intentase llevar a cabo una tarea parecida con los muertos de la guerra del Imperio Británico en 1919, el programa de media hora de “Nightline” habría tenido que prolongarse 10 meses – o más, si Ted hiciera descansos para ir al baño, o en la práctica descansos para respirar. La guerra alcanzó de lleno a la población inglesa más pequeño y se llevó una generación de jóvenes. También barrió los brillantes palacios: el hermano de la Reina Isabel (la madre de la reina actual) era abatido en el frente occidental en 1915. Habría sido una improbabilidad estadística haber estado presente en un debate de Oxford Union y haber vuelto a una casa en la que sobre algún tapete o aparador no hubiera una fotografía de un hijo o un tío o un prometido joven ya para siempre. Sería como si millones y millones hubieran sido masacrados en la primera guerra del Golfo, y 15 años más tarde Harvard o Yale estuvieran debatiendo si deberíamos o no hacerlo de nuevo.


 


En otras palabras, nosotros no tenemos su excusa. Nuestra guerra tiene una de las cifras de caídos en combate más reducidas de cualquier guerra vista nunca, y cuando se reducen tanto que hasta Nancy Pelosi y Harry Reid se ven obligados a prescindir temporalmente del runrún de la vorágine, el Times se inventa noticias falsas con el fin de sugerir que los pocos veteranos lo bastante afortunados para salir de Irak vivos son bombas de tiempo andantes a punto de explotar en cualquier momento y lugar del país.


 


Unos cuantos días antes de que comenzara la serie del Times, el National Journal publicaba la refutación más reciente de un trabajo estadístico famoso: en el 2006, la revista médica The Lancet denunciaba que la guerra de Irak había matado a más de 650.000 civiles, más del 90% víctima del ejército norteamericano. Eso son 500 civiles al día. Lo cual es toda una prueba de veracidad. La cifra fue más de 10 veces la estimación hasta de los colectivos pacifistas más fanáticos de la extrema izquierda. ¿Quiénes son estas 500 víctimas diarias? ¿Por qué no hay disturbios masivos de civiles iraquíes protestando por el baño de sangre diario?


 


Porque es falso. Nunca sucedió.


 


Pero es indestructible. Yo cogí el otro día un periódico local de New Hampshire y una psicoterapeuta se explayaba acerca de nuestras tropas “mentalmente perjudicadas” que vuelven a casa después de matar a tropecientos millones de civiles iraquíes. En 1933, los que debatían en Oxford estaban aterrorizados ante el coste real de la guerra. En el 2008, los editores del Times, los profesores universitarios y las celebridades de Hollywood, están aterrorizados ante una ficción. Frente a un coste de la guerra históricamente reducido, se retiran al terreno de la fantasía. ¿Quién es el que de verdad sufre un trauma mental? ¿Quién es el que necesita psicoterapia aquí?

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