Lo que va de la campaña del balotaje ha sido dominado por la pugna de Fujimori contra Fujimori.
// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR
Martes, 21 de julio 2026

Lo que va de la campaña del balotaje ha sido dominado por la pugna de Fujimori contra Fujimori.
El título de esta reflexión se hace eco de ´Vidaurre contra Vidaurre´, un libro muy citado y poco leído que publicó una de las figuras más polémicas e interesantes de la primera parte del siglo XIX peruano para retractarse de su secularismo y anticlericalismo. El texto de Manuel Lorenzo de Vidaurre y Encalada, personaje que tuvo continuos problemas con el Santo Oficio, no logró su propósito porque en muchos sentidos la retractación contenía, a pesar de todo, posturas liberales frente a los asuntos eclesiásticos y el papel que jugaba entonces la Iglesia en los asuntos del Estado y las instituciones jurídicas.
Ese texto ha pasado a la historia como un monumento a la contradicción por el título que lleva, pero una lectura más cuidadosa tanto del contenido como de las circunstancias de su escritura sugiere algo distinto: se trata de un esfuerzo fallido por liberarse de antiguas convicciones, sacudirse la sombra del pasado. Por eso lo traigo a colación en relación con la segunda vuelta electoral que se dirimirá el 5 de junio en el Perú, en la que rivalizan Keiko Fujimori y Pedro Pablo Kuczynski.
Lo que va de la campaña del balotaje ha sido dominado por un asunto que seguramente seguirá siendo central: la pugna de Fujimori contra Fujimori. La candidata -que por ahora va cuatro puntos por detrás de PPK, como se conoce a su contrincante, aunque este domingo verán la luz nuevos sondeos- lucha a brazo partido por quitarse de encima el pasado. Y el pasado lucha a brazo partido por evitar que ella se lo quite de encima. En parte esto último se ve facilitado por el hecho de que Keiko Fujimori no puede renunciar a ese pasado sin renunciar a sí misma; ello se refleja tanto en la existencia de varios personajes cercanos al padre que forman parte de su proyecto como en el esfuerzo que hacen por recordar, directa o sutilmente, que Alberto es el verdadero numen del fujimorismo.
Algunos intelectuales y políticos que parecen gravitar hacia el fujimorismo se han preguntado en estos días por qué los críticos de esta corriente social y política no pueden aceptar, como la sociedad española o la chilena lo hicieron respecto de los herederos del franquismo o el pinochetismo, que la hija del dictador forma parte de una generación nueva, reconciliada con la democracia y el estado de derecho.
No es el propósito de este texto responder a esa pregunta. Basta mencionar que tanto en España como en Chile hubo una espera de décadas para que los votantes le permitieran a la derecha llegar al poder y que los líderes a quienes tocó tomar las riendas de sus países cuando ello se dio no tenían vínculos con los dictadores, que ya estaban muertos y de cuyos gobiernos o entornos no habían formado nunca parte. La excepción, en el caso de España, por supuesto, es Adolfo Suárez, que ganó las elecciones de 1977; pero las ganó una vez que había desmontado la dictadura e inaugurado la democracia -incluyendo la legalización del Partido Comunista-, ya convertido en un traidor para todo el “establishment” franquista (esto está magníficamente desmenuzado por Javier Cercas en su libro sobre la intentona golpista de 1981, ´Anatomía de un instante´).
Retomo la idea central. El rival de Keiko Fujimori no es Kuczynski y tampoco el pasado, sino el presente convertido en supervivencia del pasado mediante personas, símbolos y prácticas que la desmienten cada vez que ella, con buen criterio, intenta alejar esa sombra. Si lo único que sobreviviera del fujimorismo fuera el recuerdo de un régimen que robó seis mil millones de dólares, organizó escuadrones de la muerte, capturó las instituciones tras un golpe de Estado y persiguió a sus adversarios, probablemente Keiko estaría hoy por delante de PPK en los sondeos. Pero lo que hay es mucho más que un recuerdo: es una corriente muy poderosa, ligada al padre, que está preso pero en permanente contacto con su familia y colaboradores, de la que la candidata no se puede terminar de desprender. ¿Por qué no? Porque debe al padre todavía la parte del león de sus credenciales políticas y su arrastre popular en ciertos sectores, y porque la familia, representada por su hermano, el joven y agresivo Kenji, es la esencia del fujimorismo en tanto que símbolo y aglutinante de esa corriente social. Que Kenji sea el candidato más votado al Congreso así lo confirma.
Un factor que impide a Keiko acabar de romper con el pasado es que su padre está preso. Lo está en condiciones bastante cómodas, pero lo está. Ello convierte su excarcelación en la aspiración de gran parte del fujimorismo, por más esfuerzos que hace Keiko, y los hace de verdad, para separar el programa político del judicial. ¿Serían distintas las cosas si estuviese libre? Probablemente serían peores para su proyecto político, pues el padre tendría aun mayor poder al interior del fujimorismo. Poder, en este caso, significa, capacidad para ejercer influencia por encima de su hija.
Esto lo intuye la propia Keiko. Ella ha hecho, en los últimos cinco años, esfuerzos por reconstruir la organización política de modo que sea algo distinto de lo que fue hasta hace poco, es decir una corriente nostálgica del autoritarismo y una mera excrecencia del clan familiar. Ha recorrido el país mientras los otros políticos cruzaban espadas en Lima, ha tomado contacto con dirigentes locales, ha nombrado en puestos de mando a personas que responden a ella más que al padre. Cuando le tocó elaborar la lista parlamentaria, apartó de ella a algunos de los fujimoristas más impresentables a pesar de que su padre había pedido públicamente que los incluyese.
Por último, ha reconocido en distintas oportunidades que se cometieron “abusos” e incluso “delitos”, y se ha comprometido de manera formal a respetar la democracia, tomando distancia, recientemente, con el golpe del 5 de abril de 1992 que hasta ahora justificaba con lenguaje algo vergonzante pero bastante claro.
Sin embargo, el pasado se resiste a ser derrotado. Desde que se inició la campaña por la segunda vuelta, numerosos incidentes ocurridos en las filas del fujimorismo han actuado como síntomas de ese mal medular. Una congresista que tiene líos con la justicia anunció que “Fujimori saldrá por la puerta grande”; otro congresista de precipitado hablar explicó que la mayoría absoluta del fujimorismo en el Congreso exonera a dicha agrupación de cualquier necesidad de tomar en cuenta a la minoría; finalmente, el hermano de la candidata respondió a unas declaraciones en las que ella aseveraba que ningún Fujimori será candidato a la Presidencia en 2021 con un par de tuits que eran un disparo a su linea de flotación. Primero: “La decisión es mía: sólo en el supuesto negado que Keiko no gane la presidencia yo postularé el 2021”. Después: “Keiko y yo creemos en la alternancia democrática que tiene que darse también por casa. Sin dirigencias enquistadas”. La candidata no tuvo más remedio que darse por aludida: “Aquí no hay espacio para posiciones personalistas y así lo deberán entender los que pretendan permanecer en el partido”.
Allí están, perfectamente ejemplificadas, las dos caras, las dos almas, del fujimorismo de hoy: una quiere liberarse del pasado, la otra es el pasado hecho presente, por tanto el factor que hace que lo anterior resulte imposible. Si fuera sólo pasado, esta campaña sería mucho menos difícil de lo que es para una candidata que obtuvo el 40% de los votos en la primera vuelta, casi el doble que su rival. Aunque sus críticos harían en ese caso lo posible por recordarle al elector incauto los tiempos de la dictadura, el argumento de ella podría hacerse eco de las famosas primeras líneas de The Go-Between, la obra de L.P. Hertley: “El pasado es un país extranjero; allí las cosas se hacen de otra manera”. Pero lo que hay no es una nostalgia, sino una lucha de poder aquí y ahora.
El comentarista Mirko Lauer escribió esta semana en La República que todo esto es el posible anuncio de una disidencia o revuelta en la bancada parlamentaria tanto si Keiko gana como si pierde. Es eso, y también esto otro: una oportunidad para que Keiko alcance la mayoría de edad democrática, la carta de ciudadanía moral que el país le ha negado con buenas razones hasta ahora. Una oportunidad, me apresuro a afirmar, con pocas posibilidades de éxito porque supondría una ruptura familiar además de política y por tanto, inevitablemente, el surgimiento de una organización fujimorista “auténtica” en enfrentamiento directo con la actual candidata.
En ese escenario, ¿tendría ella los muchos votos que ahora tiene o serían los “auténticos” los que se llevarían la torta electoral fujimorista? ¿Cuán atractiva sería una Keiko acusada de traidora por el fujimorismo y nunca del todo creíble para el antifujimorismo, que tendría opciones distintas a la mano?
Este es el precio que paga Keiko por ser una Fujimori (en lugar de una heredera política desvinculada, familiar y personalmente, de la placenta dictatorial) y por deber muchos de sus votos, por ahora, a una corriente social y política que lleva no sólo su apellido sino también el del padre. No son infrecuentes en la América Latina del último siglo los casos de hijos que prolongaron la memoria de los padres a través de la acción política. Sí lo son los de hijos que, para existir, hayan necesitado matar, políticamente hablando, al padre. Ni siquiera lo fue Martín Torrijos, el ex Presidente panameño que es hijo de Omar Torrijos, un dictador al que la historia recuerda con más benevolencia que a otros porque fue “progresista” y que estaba muerto desde hacía mucho tiempo cuando su vástago se presentó a las elecciones.
Lo mejor que podía ocurrirle a PPK era este psicodrama que, a diferencia del inventor de esta metodología grupal para curar trastornos, no augura por ahora sanación alguna. Es un proceso que tiene lugar al margen de él pero del cual ha sido -allí están los más de 20 puntos que ha ganado después de la primera vuelta casi sin mover un dedo- un meteórico beneficiario. Gracias a ese proceso, los votantes que dieron a la izquierda liderada por Verónika Mendoza casi la quinta parte de los votos válidos en la primera vuelta se inclinan por su candidatura en el balotaje, a pesar de que ella y otros dirigentes de la siniestra consideran a PPK el “fujimorismo económico”.
También para PPK es esta una oportunidad interesante. Es cierto que, si gana, llegará al poder con votos prestados. Pero no es menos cierto que nadie es dueño de sus votos y por tanto que también sus rivales de la primera vuelta deben sus porcentajes a votos prestados. Lo cual significa que PPK puede ir construyendo una base social para su eventual gobierno si sabe relacionarse con esos votos prestados mejor que los otros prestatarios, sus futuros opositores. A menos, claro, que Keiko Fujimori, mediante una campaña de demolición de PPK o del pasado hecho presente, dé un vuelco traumático a esta segunda vuelta.
// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR
// EN PORTADA
// LO MÁS LEÍDO
// MÁS DEL AUTOR/A