En Haití, donde en enero de 2010 pasó exactamente eso, Mons. Pierre André Dumas, obispo de Anse-a-Veau et Miragoane (en el sur del país), se encaminaba todos los días hacia una lejana población. Una emisora de radio había quedado en pie allí, y él la utilizaba para dirigirse a sus conciudadanos y convencerlos de que aquello no era un castigo divino. Vista la magnitud del seísmo, que no respetó la solidez del palacio presidencial ni de la imponente catedral, era necesario insistir, pues abundaban los agoreros que achacaban la tragedia a una suerte de ensañamiento con esa empobrecida tierra, pero que olvidaban que el industrializado Japón, lo mismo que las glamorosas urbes californianas, también padecen de rato en rato similares zarandeos tectónicos.
Hubo, no obstante, un reflejo de que era tiempo de volverse a Dios y una mayor disponibilidad al mensaje del evangelio. “En un primer momento fue así, pero a medida que el tiempo fue pasando, aquella forma de apertura fue desapareciendo”, admite Mons. Dumas, si bien, según explicaba a Zenit, la Iglesia, que había respondido prontamente a la emergencia por medio de Cáritas y de la colaboración de otras Iglesias latinoamericanas, ganó aún más prestigio entre la gente humilde, que poco podía esperar de un Estado débil y con escasa capacidad de respuesta material.
Ante la debilidad del Estado, la ayuda de la Iglesia ha sido crucial para los damnificados
Han transcurrido cinco años del siniestro y la maldición sigue sobrevolando a Haití, pero no enviada por el cielo, sino mantenida por la endeblez de sus instituciones y por el cumplimiento a medias de las promesas de ayuda que varios países y organizaciones, típico de un mundo que se echa encima un balde de agua helada para mostrar compromiso con una buena causa, y que al minuto —la toalla todavía en mano— olvida el asunto.
Nueve mil casas… entre un millón de afectados
Que en Puerto Príncipe se restaure y modernice una sala de cine afectada por el terremoto —la acristalada Cinéma Triomphe— no tendría que ser mala noticia. Pero lo es, y pésima, cuando se conoce que 85.000 haitianos siguen viviendo en condiciones inenarrables en tiendas de campaña. Diez mil millones de dólares “después”, continúan abiertos 123 campos para desplazados, sitios en los que, según Amnistía Internacional, un tercio de los residentes no tienen acceso a una letrina (hay 82 personas por cada instalación sanitaria).
Otro drama sufren unas 60.000 personas que, al no poder soportar las condiciones de los campamentos, se asentaron por su cuenta en la periferia norte de la capital, en chozas levantadas en terrenos que el gobierno prometió regularizar para ellas. Los gases lacrimógenos y los disparos al aire con que la policía las ha desalojado para lanzarlas a una mayor incertidumbre, dicen mucho de la mala memoria del presidente Michel Martelly.
El estallido de otras crisis humanitarias en el mundo está incidiendo en una disminución de las ayudas al país caribeño
No hay casas para todos. Tras el seísmo, los donantes internacionales se propusieron levantar viviendas para el millón y medio de damnificados, pero difícilmente estos puedan acomodarse en las apenas 9.000 que se han edificado. EE.UU. pretendía correr a cargo de 15.000, pero solo ha construido 2.600, por lo elevado de los costos, superiores a lo previsto. “Esperábamos que muchos más donantes se presentaran y se asociaran con nosotros para construir nuevas casas, nuevos asentamientos, pero esos fondos no se materializaron”, dijo a El País Elizabeth Hogan, funcionaria de la oficina para América Latina y el Caribe de la USAID.
El agotamiento de los donantes
Definitivamente, hay algunos palos en la rueda. Por ejemplo, según The Economist, las ayudas no están yendo directamente a las instituciones haitianas. Solo el 0,7% de los 2.000 millones de dólares presupuestados por la USAID ha ido a parar a instancias oficiales, mientras que el grueso está siendo entregado a las compañías encargadas de la reconstrucción. De resultas, el gobierno central —del que tampoco se cree que sea “medalla de oro” en honestidad y transparencia— no fortalece su capacidad de decisión y gestión, justo cuando se precisa que Haití deje atrás de una vez su visión de receptor pasivo de asistencia y que despegue del subdesarrollo crónico.
Pero hay más: las ayudas se agotan. El brote de crisis humanitarias en diversas partes del mundo, y la no multiplicación de los donantes, acusan una “fatiga” de estos en Haití Uno de los más visibles, Venezuela, que al menos ha garantizado un suministro de combustibles a precios preferenciales (el 84% de la deuda haitiana es con Petrocaribe), se está quedando sin cash debido a la renqueante cotización del crudo a nivel mundial.
Para potenciar la inversión foránea, el país debe superar su pésima imagen de paraíso de la corrupción
Con estos truenos, y con la insatisfacción de la gente por tantas necesidades acumuladas, ahora agravadas por el seísmo, se reportan preocupantes brotes de inestabilidad en las calles, que han abocado al presidente Martelly a formar un nuevo gabinete con la inclusión de miembros de la oposición. Como el derrocamiento violento de los gobiernos es casi tradición en Haití, parece que el mandatario ha preferido curarse en salud.
¿Inversiones? Cuando se genere confianza
Hay que cambiar los esquemas en Haití El torpe espectáculo de su presidente cantando a dúo con Julio Iglesias o bailando un ritmo caribeño sobre un escenario, no es exactamente un signo de identificación con las penurias de su país, condenado a ocupar los últimos puestos en las estadísticas sobre desarrollo y nivel de vida en el área latinoamericana y caribeña.
Habría algunos buenos datos que celebrar, pero sin demasiados aspavientos. La enviada del Banco Mundial al país, Mary Barton-Dock, en su alocución navideña, felicitó a los haitianos por la disminución de sus cifras de pobreza extrema, que pasaron del 31% en 2000 al 24% en 2012. También han decrecido los índices de homicidio, mientras que se ha incrementado del 78 al 90% el de chicos que cursan estudios primarios.
No obstante, la creación de riqueza es la gran asignatura pendiente. Un PIB per cápita de 820 dólares anuales —según datos del BM— sería la mejor razón para que Martelly soltara el micrófono y no saliera de su despacho en años. Hay una urgente necesidad de inversión externa, y esta no llegará a menos que el país mejore su imagen, en particular en temas de corrupción, a lo que no contribuye el hecho de que Transparencia Internacional lo ubicó en 2013 en el puesto 163 a nivel global y en el último en el área latinoamericana y caribeña.
Esperando por la diáspora
Tal vez los primeros que podrían desembarcar con recursos e ideas son los haitianos de la diáspora. Solo en EE.UU. suman medio millón de inmigrantes y 300.000 nativos de ese origen, asentados principalmente en Florida, Massachusetts, Nueva York y Nueva Jersey. Desde allí, y para respiro de la economía de su tierra natal, giraron remesas por valor de 1.600 millones de dólares en 2012, envíos que constituyen casi un quinto de los ingresos de su país.
En EE.UU., los haitianos han forjado grupos como la Haitian-American Leadership Organization, creada para animar a los profesionales de origen haitiano a emplear sus destrezas en el desarrollo de su comunidad y de su país de origen, o la National Organization for the Advancement of Haitians, concebida para proveer asistencia médica y humanitaria, así como entrenamiento a los profesionales que trabajan para levantar una infraestructura sanitaria eficaz en Haití
Pero para avanzar de lo anecdótico a lo sistemático es preciso cambiar de mentalidad y conducta, renovar las instituciones, suscitar la confianza de los inversores.
Pasar de regalar el escaso “pescado” disponible a entregarles a todos una caña, y consolidar los mecanismos legales para que los políticos se abstengan de llevarse la pesca a casa.
Que en los malos gobiernos de dos siglos está la explicación de tanto desastre, y no en el enfado divino con tanta gente preterida.