Los números no sorprenden a quienes siguen la economía del país. Argentina ha crecido en los últimos años a un ritmo del 8 al 9 por ciento, y bajo una relativa estabilidad de la moneda, siempre irregular en la economía doméstica. Esta sensación de crecimiento con estabilidad ha proporcionado a Kirchner un “colchón” electoral que lo transporta a una probable reelección.
Editorial
Las preferencias de los argentinos por el presidente Néstor Kirchner parecen estar firmes, según un sondeo encargado por el propio gobierno, que atribuye al presidente una aprobación del 75%, en imagen positiva, y un 54% en intención de voto. Esto acentuado por la distancia que conserva con respecto a sus oponentes más directos, Mauricio Macri (líder de PRO, con un 12% de intención) y el ex ministro de economía, Roberto Lavagna, con un escaso 10%.
Los números no sorprenden a quienes siguen la economía del país. Argentina ha crecido en los últimos años a un ritmo del 8 al 9 por ciento, y bajo una relativa estabilidad de la moneda, siempre irregular en la economía doméstica. Esta sensación de crecimiento con estabilidad ha proporcionado a Kirchner un “colchón” electoral que lo transporta a una probable reelección.
Kirchner sigue, de esta forma, los pasos de su colega brasileño, Lula da Silva quien, a decir de los electores cariocas, tiene una intención de voto del 48% que, en caso de segunda vuelta se transformaría en un 51% y le aseguraría otro mandato. Las causas de la popularidad de Lula, no obstante, son distintas a las de Kirchner. La gestión de Lula ha demostrado sobriedad en el manejo económico que, sin llegar a los picos alcanzados por Argentina, ha dado estabilidad al mercado y hecho confiar a los inversores extranjeros. Lula ha combinado con aparente éxito un discurso social arraigado en su personalidad, con un cierto pragmatismo a la hora de gestionar la economía. Kirchner, en cambio, ha sabido explotar (a nivel interno) los altos precios internacionales de productos excedentes en Argentina: la soja, la carne y las regalías provenientes de petróleo.
El desafío que tendrán ambos presidentes es no obstante, grande. La ciudadanía de estos países ya no otorgan cheques en blanco a ningún dirigente que no convalide sus dichos en una gestión prudente. Tanto Lula como Kirchner han demostrado falencias en la conducción de sus gobiernos que harían peligrar la aparente popularidad de que disfrutan: en el caso argentino, el gobierno ha retardado la implementación de medidas de fondo en la economía nacional, cuyos efectos pueden sentirse ni bien cambie el panorama externo. En el caso de Lula, las graves denuncias de corrupción que “tocaron” a sus más cercanos aliados y que pusieron en riesgo la estabilidad de todo el gobierno. Esto agravado por el recrudecimiento del crimen organizado y la persistente y gigantesca brecha social que caracteriza al país.
Habrá que ver, entonces, la capacidad que ambos líderes demuestran para transformar el aval electoral en beneficios concretos para sus países. En plataformas que, de manera más clara o decidida acerquen a esas sociedades al primer mundo tan deseado. Y despejen dudas sobre la inclinación que ambos gobiernos pueden tomar, en un contexto regional plagado de retórica populista.
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