Política

La demacrada democracia rusa

La proliferación de asesinatos no esclarecidos y las crecientes voces de oposición castigan la legitimidad del Kremlin y de su jefe Putin.

Editorial
La reciente manifestación de disidentes del gobierno de Putin, en la célebre plaza Pushkin de Moscú, puso de manifiesto los cuestionamientos que el “modelo” político del Kremlin produce en el ámbito local pero especialmente en el internacional. Numerosas organizaciones civiles e independientes denunciaron una degradación de las garantías democráticas, trágicamente reflejadas en la desaparición de figuras disidentes como la periodista Ana Politkóvskaya y el subdirector del Banco Central ruso, Andrei Koslov.

La protesta tratada por Diario Exterior ayer fue irrisoria en términos de cantidades y de fuerzas de seguridad desplegadas. Los poco más de mil manifestantes fueron escrupulosamente custodiados por casi el doble de policías y agentes de seguridad que –férreamente armados- supervisaron el orden urbano.

Las reivindicaciones giraron en torno a una mayor apertura del régimen democrático y a mayores garantías de los derechos individuales. Los manifestantes recordaron especialmente el caso de la periodista Ana Politkóvskaya (premio Vázquez Montalbán de Periodismo Internacional en 2005, e informadora crítica de Putin), asesinada en octubre de este año.

Rusia registra unos de los índices más altos de desaparición de periodistas en el mundo, con 211 personas asesinadas en el último lustro. A ello debe sumarse la proliferación de “asesinatos selectivos” que alcanzaron notoriedad con la desaparición del banquero Koslov, que había denunciado fraudes y casos de corrupción en altas esferas de las finanzas rusas. Todos estos casos presentan dos constantes 1) sólo excepcionalmente el gobierno identifica a los responsables y 2) las víctimas están vinculadas a investigaciones que dañan la figura de Putin.

El Kremlin aparece además vinculado a la provisión de armamento a regímenes sancionados por la comunidad internacional, o a gobiernos populistas o de raíz totalitaria. El Congreso de los EEUU advirtió que muchos de los grupos fanáticos de Medio Oriente son pertrechados por la industria rusa, cuya producción armamentista sigue siendo alta. En un artículo publicado por Diario Exterior, Stephen Brown alude a los informes del Capitolio para confirmar la venta de armamento ruso a (entre otros) China, Irán, India y Venezuela. Además Brown menciona fuentes que confirman la utilización de este armamento por parte de grupos fundamentalistas islámicos.

A pesar de ello, el gobierno de Putin conserva un alto margen de popularidad y no parece afectado por las reclamaciones. La dura lucha contra el terrorismo checheno, el alza de la economía y la férrea conducción de los asuntos de Estado parecen convencer al electorado ruso, que medirá su popularidad en las presidenciales de marzo del 2008.

Otro hecho que estabiliza al Kremlin es su estratégica posición negociadora en la cuestión nuclear, inhibiendo a EEUU de producir mayores cuestionamientos. Las demandas oficiales del gobierno americano no dejan de ser retóricas en comparación con la gravedad que supone la proliferación de armamento de alto desarrollo en la inestable zona de Oriente Medio. Paradójicamente, EEUU depende del apoyo ruso para, entre otras cosas, terminar con la proliferación nuclear en Corea del Norte e Irán.

Los próximos meses serán esenciales para dilucidar el futuro político de Rusia. El advenimiento de tiempos electorales parece traer de todo menos moderación. En una primera aproximación la clave estaría entre una radicalización de las posturas del Kremlin (que reportan a Putin una cierta popularidad), o en un giro del gobierno hacia un más cuidadoso uso de las formas institucionales y las normas democráticas. Esto último, no obstante, de mucha menor probabilidad.

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