Desde hace ya dos meses los candidatos a Presidente de España se encuentran en campaña electoral. El clima político es controvertido y las diferencias entre las preferencias de los votantes son mínimas. Rajoy y Zapatero deberán esforzarse más que nunca para convencer a los españoles.
Santi Lucas
Dentro de dos meses se celebrarán las elecciones generales en España. A esta distancia temporal de las urnas, inmensa para algunos y mínima para otros, la foto del resultado más probable refleja un equilibrio de fuerzas que impide a los principales contendientes, Zapatero y Rajoy, cantar victoria por anticipado y a los analistas políticos anunciar con alguna precisión el desenlace electoral. Esta proporción de afanes, que la mayoría de las encuestas de opinión publicadas asumen, concede a la cita de marzo un interés y una expectación extraordinarios.
Si Rodríguez Zapatero no remonta el creciente pesimismo ciudadano y la desconfianza social que la marcha de la economía está extendiendo con fuerza, se puede convertir en el primer Presidente, desde la transición democrática española, que pierda unas elecciones generales tras el primer mandato. La economía y el maltrecho bolsillo de los ciudadanos cobran un protagonismo indudable en esta ocasión, aunque durante la Legislatura han predominado otros asuntos de interés.
Hay que recordar, además, que la herencia que Zapatero recibió en 2004 permitía una holgada gestión de las cuentas públicas y que tampoco ha carecido desde entonces de una estabilidad parlamentaria para sus planes, como consecuencia de sus alianzas con los nacionalismos y grupos más radicales del Congreso de los Diputados. Finanzas saneadas y sólido apoyo político institucional no han bastado para arraigar entre los españoles la tranquila continuidad del proyecto político socialista. Los graves errores de la negociación con la banda terrorista ETA, la destrucción de la cohesión territorial, la ausencia de una idea clara de la Nación, el abandono de los grandes consensos de Estado y los últimos embates económicos sobre los precios, el paro o la inflación han pesado más en el balance final del Ejecutivo y han colocado a Zapatero en la tesitura crítica de recibir una eventual derrota el próximo 9 de marzo.
La principal tarea de Zapatero es ahora múltiple: rebajar la sensación generalizada de crisis económica, aparcar en el debate los temas polémicos o conflictivos para la opinión pública, moderar la intención sobre sus futuros apoyos políticos y movilizar a los sectores de la izquierda que pudieran abstenerse en las elecciones.
Por su parte, el líder de la oposición, al que todos los sondeos daban como vencedor absoluto antes del atentado del 11-M, tiene por delante en este mismo tiempo el reto de fortalecer su alternativa con un discurso que abone la oportunidad y conveniencia del cambio y que refresque la pasada eficacia y rigor de los gobiernos presididos por Aznar en las mismas materias (economía, terrorismo, vertebración territorial…) en las que flaquea Zapatero. Vamos a asistir a una campaña electoral apasionante y reñida como pocas.
Santi Lucas
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