Diego Saavedra Fajardo
La historia reciente del siglo pasado nos ha enseñado que cualquier estrategia de apaciguamiento está abocada al fracaso. Ante una amenaza querer contemporizar con los que sistemáticamente utilizan la fuerza para imponerse es un error grave cuyas consecuencias a nadie se le escapan.
En España, hay un cierto “pacifismo” que vende, no se sabe bien si es por nuestro pasado fraticida o por el aislamiento internacional que hemos vivido y que hace que caigamos en constantes contradicciones cuando hay que implicarse en problemas más allá de nuestras fronteras.
En los años ochenta, los españoles -en plena guerra fría- veían una amenaza mayor para la paz mundial a EEUU que a la URSS. Imagínense la información o la mentalidad que había en nuestro país. Alguno todavía pensará que esto era así, pero la caída del Muro de Berlín ya habrá abierto los ojos a los más desinformados que no a los que no quieren abrirlos.
Pues bien, todo ello viene a cuento de cómo la izquierda española utiliza demagógicamente un valor tan noble como la paz para, desfigurándolo, intentar convertirse en sus adalides y trasformar a los que se oponen a sus perversos planteamientos en amantes del conflicto y de la guerra.
En Irak, el “no a la guerra” les dio resultado con el apoyo criminal del terrorismo yihadista, que conocía la debilidad de las convicciones de los españoles en materias que no conciernan a nuestro pequeño patio de Monipodio. Hasta el punto de darse la paradoja de que los defensores de la no intervención militar se auparon al poder gracias a un acto brutal intencionado de guerra (esto es, con un fin preciso), con 192 víctimas. Las convicciones pacifistas aumentaron cuando -trágica y dramáticamente- nos incluyeron en el campo de batalla; de lo contrario, no hubieran tenido mucho más alcance. ¿Esto es una verdadera preocupación por la paz o porque no nos salpique el asunto? Pero esto fue hábilmente instrumentalizado por cierta izquierda en España y aplaudido por mucha gente.
No importa que Zapatero hubiera dicho en el Parlamento que le daba igual lo que decidiera la ONU al respecto -antes de la intervención-, o que sacara las tropas españolas habiendo una resolución de la misma organización y llamamientos dramáticos (por ejemplo, de Juan Pablo II) para permanecer allí. Es que el objetivo no era la paz, sino satisfacer lo que muchos sentían engañosamente como tal aunque se dejasen desvalidos a los propios iraquíes, que pedían la presencia internacional.
Ahora, de nuevo, se reedita el esquema. Al Gobierno le da igual la legislación vigente y también los posibles efectos de sus no medidas acciones. Lo que pretende es ganarse a los que fácilmente se dejan seducir por un falso señuelo de paz. ¿Quién no quiere y anhela la paz? Pues ya están acusando a los que se oponen a falsos cantos de sirena de “querer derribar el proceso de paz antes de que comience”.
La visión de Zapatero en un mitin en Cataluña con la parafernalia mediática a sus espaldas de militantes jóvenes de su partido sujetando carteles con la palabra “paz” es un insulto a la inteligencia. O sea, que si no se admiten los modos y maneras del PSOE en un proceso que, por la manera de plantearlo, jamás traerá la paz uno se convierte automáticamente en alguien enemigo de la misma. Este es el argumento infantil y simplón que nos pretenden colocar de nuevo. Ya se sabe que el matiz y el respeto a una mínima lógica no es virtud de los socialistas, aunque -por desgracia- consigan engañar a una inocente masa de españoles que oyen campanas pero no saben dónde.

















