“Las manifestaciones violentas de Pakistán y Afganistán no fueron una reacción súbita y precipitada a la frase de la revista semanal que acusa al personal norteamericano de profanar una copia del libro sagrado musulmán. Desde la caída de Tora Bora en diciembre del 2001, al-Qaeda y los restos de los Talibanes esperaban este momento: lo llaman “al awda”, que significa “el retorno”.”
Walid Phares
Con una oración, Newsweek disparó una serie de intifadas violentas en países tan
remotos como Pakistán, Afganistán, o más allá. Por lo menos así es como lo ve el
grueso de los medios, los funcionarios gubernamentales y la mayor parte del
público. La verdad es más compleja: los islamistas llevaban planeando estos
incidentes [desde] bastante antes de que la historia llegara a
imprimirse.
Es cierto, la noticia de Michael Isikoff y John Barry, que
intentaba destapar un nuevo escándalo, se convirtió en el detonante de violencia
en masa por todo el mundo, liderada por los islamistas. Pero los jihadistas
habían sido movilizados con vistas a una contraofensiva contra los “infieles”
[desde] hacía tiempo. Irónicamente, estos dos acontecimientos tienen algo en
común: ambos minan la credibilidad de los movimientos democráticos apoyados por
Estados Unidos en el mundo árabe.
Las manifestaciones violentas de
Pakistán y Afganistán no fueron una reacción súbita y precipitada a la frase de
la revista semanal que acusa al personal norteamericano de profanar una copia
del libro sagrado musulmán. Desde la caída de Tora Bora en diciembre del 2001,
al-Qaeda y los restos de los Talibanes esperaban este momento: lo llaman “al
awda”, que significa “el retorno”.
Pacientemente, los líderes de los
jihadistas, Thawahiri, el Muláh Umar y los diversos islamistas de Jamiet Islamí
o Hizbu Tahrir incluidos, llevaban trabajando en montar la principal
contraofensiva contra el gobierno democráticamente electo de Hamid Karzai en
Afganistán. Día tras día, desde Kabul a Kandahar, la sociedad afgana se alejaba
del dominio mental y político de los Talibanes. Y año tras año, más y más
líderes de al-Qaeda eran eliminados o arrestados, dos [de ellos] solamente
durante las últimas semanas.
El peligro más letal que afronta la
ideología jihadista es el éxito de la democracia en la región. Las mujeres
afganas votaron por millones; los 8,5 millones de votantes de Irak desafiaron a
los asesinos de Zarqawi; un millón de manifestantes retaron al ejército de Siria
en Beirut, y hace apenas unas semanas, las mujeres kuwaitíes forzaron al
parlamento a concederles el derecho de sufragio. Según los estándares
jihadistas, la guerra de ideas se está perdiendo. La noticia de Newsweek les dio
la posibilidad de contraatacar e intentar ganar terreno en su guerra de terror.
Al preparar su “retorno”, los salafíes comprendieron que las
manifestaciones son su mejor arma por el momento. Las decapitaciones y los
atentados suicida les hacían parecer tan perversos como son, incluso a los ojos
de la mayoría de los árabes y musulmanes. Vieron cómo expresiones populares de
Kabul a Beirut, desde Teherán a Bagdad, capturaban la imaginación de musulmanes
más y más jóvenes, pero también la atención de la opinión pública de Occidente.
A comienzos del invierno, Aymán al Thawahiri, el número 2 de al-Qaeda,
invitó a sus seguidores “a recuperar el país y reducir a Karzai a su palacio”.
Ese fue el orden de la misión: encontrar un modo de reconquistar la calle y,
desde ahí, el mundo árabe entero. En las páginas web de Al Ansar, en al Jazira o
en la al Manar TV de Hezboláh, se ha enarbolado una campaña propagandística
global desde el 2002 que se incrementó enormemente desde la caída de Saddam. En
los chats que visito, el lema dominante es: América ha declarado la guerra
contra el islam entero, como religión.
Los inteligentes clérigos jugaron
con los genes doctrinales de sus seguidores. Día sí y día también, desde Arabia
Saudí hasta Virginia, los jihadistas se prepararon pacientemente para el momento
de la explosión. En suma, el artículo de Newsweek no generó el “Big Bang”; lo
detonó. La explosión iba a llegar, pero tenía que suministrarse el motivo
aparente. Podría haber sido una violación, una muerte u otra profanación
occidental. Los periodistas “de investigación” de Newsweek proporcionaron este
fusible.
Messieur Isikoff y Barry, probablemente en una cruzada política
en casa, escribieron precipitadamente: “fuentes dicen a NEWSWEEK: los
interrogadores, en un intento por confundir a los sospechosos, tiraron por el
váter un Corán”. Tan sencillo como eso y en un estilo más propio de los medios
populares árabes que de la prensa occidental, la “historia” llegó a los
rotativos. Basando sus acusaciones en una fuente que no fueron capaces de
identificar, proporcionaron una descripción gráfica del acto. Dado que al menos
uno de los autores, Michael Isikoff, se describe a sí mismo como “experto en
terrorismo”, debería haber sabido que describir tirar por el váter un Corán es
el equivalente a disparar napalm contra un almacén trufado de
dinamita.
Más perturbador es el patrón tras el corto artículo. Isikoff ha
mostrado una tendencia deliberada al escrito de activismo más que al periodismo
objetivo. Allá por octubre, Isikoff apuntó a una coalición de grupos americanos
de Oriente Medio que apoyaban la guerra de Washington en favor de la democracia.
Tras una serie de entrevistas con los miembros de esa coalición, les acusaba en
un artículo (el 29 de octubre) de “ser lobby de Libia”. Sin embargo, no informó
a sus lectores de que entre los miembros de la coalición se encontraban
disidentes libios que pedían un cambio de régimen en Trípoli.
Al igual
que en el escándalo de esta semana, en principio Isikoff quería minar las
políticas de la administración Bush. Terminó mintiendo, negando cualquier error
a sus lectores, y provocando el caos. La absurda acusación “libia” pudo haber
causado algunas tensiones de menor importancia entre los americanos de Oriente
Medio, pero su acusación “coránica” costó vidas y sufrimiento humano, 16 muertos
y más de 100 heridos.
Un elemento que se pasó por alto en toda la
cobertura de los incidentes de inspiración jihadista es la completa hipocresía
de los manifestantes. Sus preocupaciones por el libro sagrado musulmán no se
manifestaron cuando quemaban mezquitas hasta los cimientos en Pakistán durante
los últimos meses. Ni iniciaron manifestaciones después de destruir mezquitas en
Irak durante todo el año.
Ciertamente había cientos de coranes hechos
cenizas. (Que los propietarios de estas mezquitas fueran chi´íes no les
preocupó). Un par de décadas atrás, las brutales brigadas de Hafez Assad
aplastaron las mezquitas de la ciudad de Hama. Miles de coranes fueron
destruidos (junto con 20.000 sunníes). Pero el mundo islámico y árabe no levantó
una ceja. La indignación selectiva por los coranes destruidos no es teológica,
sino política.
Sólo cuando los islamistas quieren emprender una jihad
por su libro sagrado, las infracciones comienzan a suponer alguna diferencia
para ellos. Cuando las milicias árabes hacen redadas en aldeas musulmanas negras
en Darfur y las destruyen junto con sus libros sagrados, eso es aceptable, ¿pero
una frase en un artículo publicado en la revista norteamericana merece una
guerra santa entera?. ¿A quién estamos tomando el pelo?.
Lo que quieren
los jihadistas es movilizar a sus servidores con argumentos “religiosos”. Ven el
desfile de principios democráticos, secularismo y modernidad, y quieren
detenerlo. Están utilizando sus últimas armas: el fundamentalismo dogmático.
Quieren contraatacar a la fuerza que está difuminando el dominio que han tenido
sobre sus seguidores desde tiempos inmemoriales. Por toda la región, los
académicos salafíes afirman, (a los que se ha unido recientemente Hassan
Fadlalah, de Hezboláh), “Esto no versa sobre un incidente particular, va de que
América emprende una guerra contra el islam como religión”. Este es el plan
entero.
Las sociedades civiles del mundo árabe no están engañadas;
entendieron la amenaza que suponían las manifestaciones islamistas.
Desafortunadamente, mientras los verdaderos demócratas de la región repelen el
impacto de sus propios trogloditas, Newsweek extendió una invitación especial a
la jihad global, y proporcionó a los islamistas la chispa que necesitaban para
su malévola contraofensiva.
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