Baltasar Garzón es el juez que suspendió las operaciones de Batasuna por formar parte del entramado de ETA y el mismo que, tras su debut con Zapatero, ha rechazado imputar a Arnaldo Otegui (lider de la ilegalizada Batasuna) porque una democracia con libertad de expresión no puede criminalizar a individuos de la izquierda abertzale, digan lo que digan en rueda de prensa
José Miguel Alvarado
Me inspiro para escribir el titular de este comentario en otro: “Beyond the Chains of Illusion” (Más allá de las cadenas de la ilusión), con el que en 1941, Erick Fromm, figura mundial de la psiquiatría, presentó su autobiografía. A Fromm la civilización le debe una obra magistral, “Escape from Freedom” o ” El Miedo a la Libertad”, que en estos días cobra especial sentido. Gracias a ella se conoció que los aspectos psicológicos de un carácter autoritario -el sadismo y el masoquismo- actúan como fuerzas activas de las sociedades que eluden la libertad y autodegradan su naturaleza humana. Desde una perspectiva del psicoanalisis, un acto de sadismo sería la profanación de la tumba del joven Gregorio Ordoñez, asesinado por ETA; y un acto de masoquismo, cualquier negociación con la violencia o sus cómplices.
Fromm analizó los mecanismos psicológicos que llevaron a sociedades enteras a abrazar los fascismos y el nacionalsocialismo de Hitler. Estudió también un fenómeno muy contemporáneo: el automatismo de las democracias modernas, el relativismo y la indiferencia, factores que en democracia permiten avanzar a los detractores de la libertad, esa quinta columna que se instala silenciosamente en ella, contra ella.
Entonces, qué mejor para empezar a ser libre que fortalecer y cuidar la mente, que es como cuidar el espíritu, además del cuerpo, para huir del engaño y las cadenas y entender la abrumadora fenomenología social y política, central y periférica, de una España que, para que nos vamos a engañar, vive inmersa en un periodo electoral con serios conflictos abiertos, entre ellos, el territorial y el terrorista, que se resumen en uno sólo: la provocación permanente al Estado de Derecho por los violentos y sus compinches.
En esas me encontraba cuando por azar caí en la cuenta de que las teorías del psicoanálisis proporcionan elementos de juicio para la comprensión de unos problemas reales que quizá… empiezan a hacer mella, corroer y erosionar el carácter libre de un pueblo aturdido y perplejo por tantas novedades. Pues el carácter, decía Samuel Smiles, “es una propiedad. Es el más noble de todos los dones; es un derecho al aplauso general y al respeto del mundo”. Ese escritor suizo fue una especie de Daniel Goleman –La Inteligencia Emocional- en los años veinte del siglo pasado.
Pues bien, para recuperar el equilibrio hay quien va de diván en diván, que es lo que suelen tener los psiquiatras en las consultas. El psicoanalista escucha palabras de seres angustiados o extraviados y con ellas va recomponiendo los pedazos de una realidad fragmentada o desfigurada por una pequeña o gran alteración neurológica.
Hago un inciso para mencionar que algunos casos psiquiátricos llegan a ser sorprendentes. “El discurso del Presidente”, “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero” o el síndrome de Tourette son un buen ejemplo de lo que digo. Oliver Sacks los reunió en un clásico que lleva como título el segundo de ellos.
El síndrome Tourette es un trastorno neurológico hereditario. Consiste en movimientos involuntarios y repetidos de “tic” e incluso de palabras y frases enteras. Dicen los diccionarios de medicina psiquiátrica que las personas afectadas por esta dolencia pueden proferir groserías y hasta gritos, y a eso se le llama “coprolalia”; o repetir las palabras de los demás constantemente, y eso se define como “ecolalia”. No es que yo lo piense, Dios me libre, pero es difícil no encontrar, quizá… cierta analogía con esos defectos recurrentes que empiezan a arraigar en la vida política española sobre todo entre algunos líderes partidistas, empeñados en no ofrecer nada más allá.
Pero no sólo las personas, también las sociedades pueden estar perturbadas. Este hecho, tan real como la vida misma, debería ser una afirmación común, elevada al rango de categoría, pero ¡OH… paradoja de las paradojas!, sigue siendo políticamente incorrecto incluso pensar sobre ello. Sucede, sin embargo, cuando el individuo, como tal individuo, cuenta muy poco y se disuelve en los colectivos. Y, quien sabe, quizá sea también un monumental disparate. Pero no creo que importe, porque si un magistrado de la Audiencia Nacional, el Juez Baltasar Garzón, se desprende de su toga, aún circunstancialmente, y lo hace para hacer de entrevistador político, presumo que no habrá nada malo en que un modesto analista pueda suplantar por un rato a un médico psicoanalista para descifrar ese ” show” jurídico- político, por si quiere decir algo.
Ocurrió en la Casa de América, en Madrid, el miércoles 24 de enero, una fecha para recordar, pues constituye todo un hito por su simbología. En la Casa de América, un juez muy mediático, sometió a un interrogatorio, sin parangón, al mismísimo José Luís Rodríguez Zapatero, presidente de la Nación. Y, según dicen, sólo faltó una legión de querubines con laúdes y flores con música celestial de acompañamiento, para que Zapatero dijera por qué no puede volver al Pacto antiterrorista, que tan buenos resultados dio, con el principal partido de la oposición. Y no puede porque… “quizá… estemos en la fase final de ETA”. ¡Atiza!
Baltasar Garzón es el juez que suspendió las operaciones de Batasuna por formar parte del entramado de ETA y el mismo que, tras su debut con Zapatero, ha rechazado imputar a Arnaldo Otegui (lider de la ilegalizada Batasuna) porque una democracia con libertad de expresión no puede criminalizar a individuos de la izquierda abertzale, digan lo que digan en rueda de prensa.
Para la psiquiatría la perturbación y el ruido son lo mismo. Hay mucho ruido en la vida política. Ruidos que resuenan en la psiquis, retumban, aturden, perturban y hacen enrojecer de vergüenza, como el hecho de que el nacionalismo se lance a la calle para pedir que no se juzgue un supuesto delito de su lehendakari por reunirse y posar con la ilegalizada Batasuna de Otegui. Y por si faltaba algo o alguien en este confuso batiburrillo, Santiago Carrillo sale a la palestra de la Ser y dice que qué tiene de malo si Adolfo Suárez, el primer presidente de la democracia española, se reunió con él. . ¿Y aún no se sabe por qué el presidente Zapatero utilizó al juez Garzón y para qué; por qué uso una la locución adverbial, quizá, del latín “qui sapit” (quien sabe) para hablar de la fase final de ETA y para qué; por qué, cuando se cumple un mes del atentado de Barajas, dice que seguirá trabajando por el fin de la violencia y que lo hará en paz; y por qué y para qué, dónde, cómo y cuándo, usará su energía para que “la democracia derrote a la violencia?.
Quizá el tiempo, despeje esas dudas y si estamos o no en la fase final de ETA, esa que “quiza…” puede durar años. De momento, habrá que conformarse con analizar los mensajes latentes que introducen los adverbios de duda como hace la sintaxis, la psicología, la psiquiatría y la comunicación, porque lo que subyace, parafraseando a Fromm, es que más allá de la ilusión por la Paz, silbar en la oscuridad no trae la luz de la libertad, pero la engaña y la confunde.
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