Obama declaró hace una semana que estaba de acuerdo con la pena de muerte en determinados casos y que creía en el derecho a portar armas. McCain no va a dejar que le “roben” el voto de los conservadores y ha fichado a profesionales de la máxima confianza de Bush.
Frente a los gestos conservadores de Obama
Steve Schmidt ya participó en la campaña electoral de George W. Bush en 2004 y ahora va a ocuparse del día a día de su estrategia electoral. Schmidt es una persona muy próxima a Kart Rove, que fue el gran fontanero de la comunicación y las relaciones públicas del presidente estadounidense hasta que dejó la Casa Blanca el año pasado.
El nombramiento de Steve Schmidt se corresponde con la visita, hace diez días, de una serie de asesores de McCain que, junto con él, le aseguraron que podía perder las elecciones si continuaba gestionando su imagen como hasta ahora.
Nicolle Wallace es otra incorporación importante. Ella ha sido la directora de comunicación Bush durante las elecciones de 2004 y en la Casa Blanca. En estos momentos, se ha incorporado al equipo de McCain como su asesora personal de imagen.
Greg Jenkins, antiguo productor de televisión en la cadena Fox News y miembro del equipo del actual presidente de Estados Unidos, también ha sido contratado por el senador de Arizona para mejorar la organización de las apariciones.
Hace diez días
Hace diez días, Obama empezó su acercamiento a los votantes conservadores afirmando que estaba de acuerdo con que se impusiese la pena capital a los violadores de niños. Su posición sobre la muerte de los presos había sido contraria hasta el momento aunque nunca lo había manifestado con excesiva contundencia.
Por otro lado, el senador por Illinois aseguró que creía en la Segunda Enmienda, es decir que estaba a favor de que los estadounidenses pudieran portar armas. Esa fue su respuesta a la anulación, por parte del Tribunal Supremo, de una ley que intentaba restringir las armas en Washington.
Todo ello se interpretó como un acercamiento de Obama a los votantes conservadores moderados que pudiesen sentirse molestos con la gestión de Bush. Además, era una forma de refutar la debilidad de la que le acusan sus rivales a la hora de atajar los problemas de acuerdo a los valores mayoritarios en Estados Unidos.
La jugada de Obama tenía muchas posibilidades de éxito, porque mientras los votantes que podía perder en el lado demócrata eran relativamente pocos y en ningún caso votarían a McCain, el candidato republicano sabe que un acercamiento de ese tipo a las posturas demócratas le llevaría a perder un voto profundamente conservador y además muy representativo en las bases de su partido.
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