América, Política

¿Obama o Romney?

“Si Obama gana esta elección, lo hará a pesar de la economía, y porque convenció a la mayoría de que Romney replicaría el desbarajuste de George W. Bush…”

Si Barack Obama gana las elecciones el martes que viene, es probable que sea gracias al huracán Sandy, que le dio, a la hora undécima, un salvavidas. Con un Mitt Romney obligado a desaparecer de las pantallas y reducido a pequeños esfuerzos humanitarios, y un Barack Obama que se agigantó durante varios días en las pantallas de televisión por el solo hecho de asumir sus responsabilidades de Estado ante la tragedia, lo que Sandy produjo es un vuelco en las percepciones. Obama llevaba semanas convertido en un retador empequeñecido y frustrado por la sensación de que el poder se le escapaba de las manos como un puñado de arena, y Romney no paraba de crecer en todos los sectores que decidirán estas elecciones: la base republicana, los independientes y las mujeres en general. Las encuestas nacionales daban el triunfo a Romney y las esperanzas de Obama estaban confinadas en Ohio, el estado “predictor” de las elecciones de los últimos tiempos, que podía darle la victoria en el colegio electoral, es decir, en el sistema indirecto que es el que determina al ganador. Aun así, ya había tres encuestas en Ohio que registraban un empate y una que daba un margen pequeño a Romney, lo que quiere decir que incluso esa esperanza empezaba a desvanecerse gradualmente para el presidente.

En cambio, si gana Romney, será porque esa dinámica que estaba en marcha antes de Sandy se mantuvo o por lo menos no fue revertida. No hay suficientes mediciones posteriores a Sandy para evaluar con seriedad el efecto que este huracán ha tenido y si el presidencialismo de Obama y el marginamiento de Romney, ambas cosas inevitables en una tragedia nacional, han provocado una inversión de las cosas. Lo que puedo hacer es explicar a los lectores, sin caer en la irresponsabilidad o la adivinanza, por qué, si no se ha dado este vuelco, creo que Romney tiene más posibilidades de ganar. Para ello me baso en la situación que imperaba hasta el instante en que Sandy irrumpió, feroz, en esta campaña. No aplico en mi análisis el “wishful thinking”. Si hubiese sido gringo, habría votado por Obama en 2008 para castigar a un Bush que provocó con su intervencionismo exterior y su gasto desenfrenado una parte importante del desbarajuste doméstico que padece el país; y tal vez votaría por Romney en esta elección para castigar a un Obama que no entendió que la persecución de sus objetivos predilectos, como la reforma sanitaria, postergaría la solución de lo que más importaba, que era la economía, sobre la cual ha cargado un mucho mayor déficit y una peor deuda de las que recibió.

Los expertos en demoscopia dicen que es probable que tardemos días en saber quién será el próximo presidente de la primera potencia. También dicen que todo quedará reducido a un estado, Ohio, el importante polo de referencia industrial del Medio Oeste que desde hace décadas es el hacedor de reyes, y que no puede descartarse que se repita lo sucedido en 2000, cuando el triunfador de los comicios, George W. Bush, no fue quien obtuvo más votos en el conjunto del país, sino el que consiguió más votos en el colegio electoral.

Pero no es esto lo que indica una lectura objetiva de las cosas. La razón tiene que ver con la consistencia del voto nacional de Romney en las encuestas hasta el día en que llegó Sandy y la consistente caída del respaldo del presidente en dos grupos muy importantes, las mujeres y los independientes, desde los debates. Es cierto que una lectura exclusivamente centrada en los estados clave, aquellos donde cualquiera puede ganar, permite mantener el optimismo a los partidarios de Barack Obama, que esperan ganar allí la elección que podrían perder en el voto nacional. Pero sólo una vez en los últimos 120 años hubo un ganador que triunfó en el colegio electoral sin hacerlo en el voto nacional: en 2000, cuando se enfrentaron Bush y Gore. En el siglo XIX hubo tres casos, pero lo remoto de aquello da poca fuerza a esos antecedentes. El único que realmente vale es el del año 2000 (se equivocan quienes hablan de 1960, el año de la elección de Kennedy: el joven senador también ganó el voto nacional por una pizca). Pero esa excepción es la que confirma la regla, porque la diferencia entre Gore y Bush en el voto nacional fue de apenas 0,4 por ciento. Hasta el huracán Sandy, las encuestas más importantes, como las de Gallup y Rasmussen, apuntaban a una ventaja de Romney en el voto nacional de entre dos y cinco puntos, y el promedio de todas las encuestas nacionales del país que realiza la web RealClearPolitics otorgaba al republicano un punto porcentual de ventaja. Las que daban empate basaban su muestreo en una cifra poco realista de votantes demócratas en un año en que es muy improbable que voten tantos demócratas como lo hicieron en 2008, cuando Obama era la gran esperanza. Ello quiere decir que para que Obama gane en los estados clave, aun perdiendo en el voto nacional, tendría que producirse una divergencia entre ambas cosas que no tiene precedentes históricos. El voto en los estados clave suele reflejar el voto nacional.

Pero incluso si se tiene en cuenta lo que sucede en los estados clave, las cosas parecían complicadas para Obama hasta la llegada de Sandy. Los más importantes y decisivos son Florida, Virginia, Ohio, Wisconsin, Michigan, Pensilvania, Nevada, Colorado, New Hampshire y Carolina del Norte. Rasmussen daba a Romney una ventaja de cinco puntos en esos estados, tomándolos a todos como una unidad. En las encuestas realizadas estado por estado va quedando claro que cada candidato ha logrado “apoderarse” de algunos. Obama no perderá en Nevada o Pensilvania -a menos que se dé un vuelco misterioso a favor de Romney- y sería sorprendente que Romney pierda en Florida y Carolina del Norte. Ohio vuelve a cobrar, pues, importancia. Pero quienes vaticinan el triunfo de Obama allí parecen estar basándose en encuestas que llevan algunos días de retraso. Las últimas (antes de Sandy) daban un empate exacto, excepto una, la de Rasmussen, que daba la victoria a Romney. Ya no podía decirse que el presidente fuera el favorito en Ohio o en los estados clave en su conjunto.

Ohio es un estado donde Obama tiene un respaldo significativo por el rescate de la industria automotriz de 85 mil millones de dólares que los republicanos y Romney cuestionaron en su momento. Sin embargo, cuando se pregunta a la gente a quién prefiere para el manejo de la economía, Romney aventaja al mandatario por 12 puntos. Sorprendentemente, también lo aventaja, aunque por menos, en temas de seguridad nacional (quizá por el mal manejo del atentado que costó la vida del embajador y tres americanos más en Bengasi, hace pocas semanas). Obama había dominado Ohio durante casi toda la campaña, pero el ímpetu, eso que llaman “momentum”, parecía llevarlo Romney antes del huracán. En el norte del estado, donde hay mayor incidencia industrial, ganará Obama. En el sur, donde hay más mezcla compleja de zonas rurales y suburbios, ganará Romney. Pero la lectura interna de los sondeos sugiere que Romney había neutralizado la ventaja de Obama entre los que dependen allí de la industria automotriz (una de cada ocho personas).

Digamos por un momento que, a pesar de ello, el presidente logra ganar los 18 votos electorales de Ohio. ¿No hay para Romney otra vía hacia la victoria? La hay, según las encuestas. Es cierto que esto contradiría la tradición según la cual ningún republicano ha ganado una elección sin Ohio. Pero esta vez se ha abierto una alternativa inesperada: Wisconsin. Allí también hay una base industrial que en principio debe favorecer a Obama, pero existe una diferencia. En Ohio la maquinaria de Obama, manejada por David Axelrod y David Plouffe, dedicó todo el verano a golpear al republicano con contundencia. En cambio, en Wisconsin, donde la ventaja que llevaba el presidente no auguraba peligro alguno para el reincidente, la publicidad negativa contra el republicano fue mucho menos sustancial. El resultado está a la vista: Wisconsin tardó menos que Ohio en reflejar el ascenso de Romney desde los debates. Las encuestas vienen dando allí un empate desde hace días y, al igual que en Ohio, la lectura pormenorizada permite detectar una ventaja del retador relativamente considerable entre las mujeres y los independientes. Si Romney gana los 10 votos electorales de Wisconsin y se impone a Obama en Colorado y en New Hampshire, donde hay encuestas que lo ponen ya por delante, no necesitaría ganar en Ohio.

Lo preponderante en el análisis, sin embargo, no está en esta matemática menuda. Está, más bien, en el posicionamiento que ha logrado el republicano en los sectores donde había más resistencia a él, gracias a que su rendimiento en los debates transmitió una imagen de moderación ideológica y talante dialogante que restó validez a la propaganda eficaz con que el presidente había acorralado hasta entonces a Romney (a lo que el propio Romney había contribuido corriéndose a la derecha durante las primarias, a pesar de que sus antecedentes lo situaban en el centro, sobre todo teniendo en cuenta su gestión como gobernador de Massachusetts, el estado más liberal del país junto con California y Nueva York).

Los demócratas obtienen siempre en comicios presidenciales la mayoría del voto femenino. No era de extrañar que Obama mantuviera hasta hace poco un gran respaldo entre las mujeres, que por cierto suman más votantes que los hombres. Pero Romney ha logrado acortar las distancias de un modo no muy distinto a como lo hizo Ronald Reagan en 1980, después del único debate que lo enfrentó a Jimmy Carter (en el cual también se dedicó a transmitir una imagen de moderación para contrarrestar la campaña de su adversario, que lo presentaba como excéntrico e irresponsable).

Hoy no puede decirse que las mujeres garanticen a Obama el triunfo que le garantizaron en 2008, por ejemplo. Es más: sólo hay dos grupos con los que el presidente puede contar casi sin hacer esfuerzo alguno: los menores de 30 años y las llamadas “minorías”, o sea, los afroamericanos y los hispanos. No son poca cosa en términos electorales, pero no bastan para ganar. La gran coalición que llevó a Obama al poder en 2008 tenía en el dominio del voto femenino su eje central.

El otro voto determinante que Obama necesita acaparar es el de los independientes. La encuesta de CBS publicada el miércoles otorga a Romney una ventaja de 21 puntos entre los independientes en Virginia y de entre cinco y seis puntos en Ohio y Florida.

Esto podría no ser grave para Obama si su base estuviese especialmente motivada, pues en Estados Unidos un factor importante es cuántos de los simpatizantes de cada partido salen a votar. Pero este año los sondeos registran mucho entusiasmo entre los votantes republicanos (comparable al que mostraron en 2010, cuando arrebataron la Cámara de Representantes a Obama) y cierto desánimo en los votantes demócratas. Lo corriente desde hace ya algunos años es que los inscritos del Partido Demócrata superen a los del Partido Republicano. Por primera vez, el número de quienes se declaran republicanos o se inclinan por ese partido supera en algunas encuestas al de quienes se identifican como demócratas, mientras que en otras, los segundos superan a los primeros por una diferencia mucho menor que en años anteriores.

Si Obama gana esta elección, lo hará a pesar de la economía, y porque convenció a la mayoría de que Romney replicaría el desbarajuste de George W. Bush, que entregó a su sucesor un gobierno con déficit fiscal, un alto nivel de deuda pública y una recesión traumática. Creo que Sandy, al restituir la estatura presidencial de Obama y opacar la que Romney había construido, habrá jugado un papel histórico al facilitar el trabajo del presidente en ese sentido. Si gana Romney, será precisamente porque logró neutralizar la campaña que lo quería colocar en la órbita de Bush y concentrar la mente de los votantes en una realidad gris: Obama ha multiplicado el déficit y la deuda (en este último caso, por casi seis billones de dólares, equivalentes a la suma de tres Brasiles), dos cosas que prometió no hacer; no ha logrado, en cuatro años, reactivar una economía que registra 23 millones de parados o subempleados, y ha visto el número de personas que dependen del gobierno para alimentarse ascender a 47 millones, una de cada siete. En los últimos meses, empresas emblemáticas como Ford, Dow Chemical, DuPont y ADM han anunciado despidos y la mitad de las empresas del índice S&P500 que han anunciado resultados trimestrales han registrado pérdidas. Un total de 158 mil personas fueron despedidas en lo que va del año.

¿Salvará Sandy a Obama o está el presidente jugando sus descuentos?

La tercera

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