América, Política

Obama versus Obama

El ex secretario estadounidense de Defensa y ex jefe de la CIA, Leon Panetta, es la tercera figura de máximo nivel de la Administración Obama que cuestiona la política exterior de su antiguo jefe en un libro. Antes lo habían hecho Robert Gates y Hillary Clinton.


 Otro ex funcionario significativo, Christopher Hill, embajador en Irak en 2009 y 2010, ha contribuido con sus propias memorias a agitar el debate sobre las decisiones que tomó la Administración Obama en el Medio Oriente.

No es la primera vez que funcionarios de primer nivel toman distancia de la Casa Blanca a la que sirvieron, pero no es nada frecuente que haya tantos y que cuestionen el fondo de su política exterior. La reacción desconcertada e insegura de la Casa Blanca da una idea de lo difícil que es para Obama enfrentar estas disidencias cuando todavía no ha dejado el gobierno.
Aunque son muchos los aspectos de la política exterior que estos ex jerarcas observan con ojo crítico, la gran cuestión es el surgimiento y consolidación del Estado Islámico y la responsabilidad que cabe o no a Estados Unidos en ello.
 
Hasta ahora el paradigma en la etapa contemporánea de los libros de memorias críticos del gobierno propio por parte de ex funcionarios de muy alto nivel era el de Robert McNamara, el hombre que lideró el Pentágono durante la guerra de Vietnam y sirvió tanto a Kennedy como a Johnson. Pero hay una diferencia sustancial con los textos de los ex colaboradores de Obama: McNamara no dirigió el grueso de los dardos contra su ex jefe sino contra sí mismo. Admitió que él y los demás abordaron el reto de Vietnam “con escasos conocimientos, poca experiencia y asumiendo cosas simplistas”, y que empezó a dudar del éxito de la misión mucho antes de que resultara un fracaso. Por lo demás, esperó 30 años antes de publicar su libro. Otros presidentes sí tuvieron que soportar críticas de sus ex colaboradores, pero no de figuras tan emblemáticas ni de tantas al mismo tiempo sobre asuntos tan determinantes.
 
En su libro Worthy Fights, Leon Panetta, probablemente quien más daño acabará haciendo al legado de Obama, señala errores que a su juicio facilitaron el desarrollo del Estado Islámico en Siria e Irak. El asunto es especialmente delicado porque, junto con el desafío de Vladimir Putin a Occidente, el surgimiento de esta organización terrorista será probablemente el principal asunto de debate relacionado con la política exterior estadounidense durante los próximos años.
 
Que un desprendimiento de Al Qaeda pudiera constituirse en una fuerza tan poderosa y pasar a controlar grandes espacios en Irak y Siria casi década y media después de iniciada la ofensiva contra el terror es algo que los críticos de Obama le achacarán para eterna memoria. También es cierto que, como ya empieza a ocurrir, sus defensores culparán a George Bush y verán en la decisión de invadir Irak el pecado original: para ellos, esa intervención abrió una caja de Pandora de la que fueron salieron atroces sorpresas y una vez más el intervencionismo norteamericano produjo efectos contraproducentes, como los había provocado en Afganistán la política de armar a los “mujaidines” contra los soviéticos (lo que, en términos generales, se conoce en el debate norteamericano de política exterior como blowback).
 
Hace poco, Obama decía que “la gente siente que el mundo gira como un trompo y nadie lo controla”. Es una frase muy elocuente sobre las limitaciones que tiene hoy en día cualquier presidente estadounidense y expresa el escepticismo que desde un inicio ha dejado traslucir el actual presidente sobre la conveniencia de que Estados Unidos siga asumiendo responsabilidades internacionales tan vastas como antes. Su visión pasa porque otros países asuman mayores responsabilidades. Pero una cosa es que esto lo diga un presidente que ya dejó el cargo o un académico que analiza el liderazgo -el estilo, la filosofía- de un mandatario y otra muy distinta es que lo diga la persona que está tomando decisiones bajo la presión de quienes, dentro y fuera de su Administración, creen que no ejerce su papel de líder del mundo libre.
 
La frase de Obama alimenta la percepción que distintos actores han incrustrado en la retina del país. El último es, precisamente, Leon Panetta al reforzar la noción de que la Casa Blanca vive horas de impotencia y, como dirían en España, de que le crecen los enanos a un Estados Unidos que no ejerce de primera potencia. El asunto de fondo, por supuesto -aun más primordial que el surgimiento del Estado Islámico-, es cuánto debe intervenir Estados Unidos en el mundo. En la medida en que conviven en Obama el académico de Harvard que lo piensa y analiza todo, y el político que debe actuar, es un debate que se da en la propia Presidencia a diario. Dos almas conviven en el primer mandatario de un modo incómodo que tiene desconcertados a muchos seguidores y que desde hace un tiempo es materia de escarnio por parte de sus detractores.
Panetta dice tres cosas importantes y, como todo en política exterior, debatibles. Primero, que fue un error no dejar una presencia de tropas “residual” en Irak tras la retirada en 2011, como se ha negociado después en Afganistán (esta crítica es reforzada por el libro de Christopher Hill, que sostiene lo mismo). Segundo, que fue “un golpe para la credibilidad de Estados Unidos” advertir a Assad, el dictador sirio, que Washington atacaría si usaba armas químicas y no hacerlo cuando esto se comprobó que las había empleado. Tercero, que fue una decisión equivocada no armar a los rebeldes moderados en Siria (algo que también Hillary Clinton sostuvo en su libro Hard Choices).
 
Estas tres falencias, piensa Panetta, ayudaron al Estado Islámico a convertirse en la fuerza peligrosísima que es hoy. Además, según ha dicho Panetta en entrevistas, una vez que fue necesario actuar Obama debió mantener una mayor ambigüedad sobre el posible envío de tropas de tierra para complementar los bombardeos contra las posiciones de esta organización terrorista en Irak y Siria en lugar de descartar dicha opción de plano.
 
La versión de Panetta confirma el forcejeo intenso entre la Casa Blanca, de un lado, y, del otro, el Pentágono y Foggy Bottom en torno a Siria e Irak. La disputa de fondo tenía que ver con la intuición conservadora de Obama en lo que hace al intervencionismo exterior y la inercia de las instituciones relacionadas con la Seguridad Nacional -los diplomáticos y los militares-, que apunta en sentido contrario. Panetta se justifica con el argumento de que “si Estados Unidos no lidera, nadie lo hace”. Hill también da a entender lo mismo, aunque en su caso culpa a la propia Hillary Clinton como secretaria de Estado de Obama de haber observado desde lejos el desarrollo de los acontecimientos en Irak. Por ejemplo, el ex embajador deja flotando la idea de que la falta de interés por parte de Washington explica parcialmente la facilidad con la que Nuri al Maliki, el sectario e imprudente líder chiita, se hizo con un segundo mandato en Irak. Ese segundo mandato exacerbó las divisiones étnicas y políticas,  facilitando el crecimiento del Estado Islámico.
 
Obama ganó las elecciones denunciando los excesos de la política exterior y es hoy víctima política del exceso de prudencia (con una excepción: el uso de drones para atacar terroristas, muy cuestionada desde diversos sectores, incluyendo su partido). Una contradicción que ha signado buena parte de su Presidencia. Pero la acusación de no ser un líder que lidera, que ya le hacían sus adversarios, se la hacen hoy sus ex colaboradores de máximo nivel. Atado de manos por seguir en el poder, Obama no puede debatir con ellos, limitándose a enviar a su jefe de prensa a hacer equilibrio de alto peligro sobre el vacío. Mientras tanto, hay pocos elementos para contrarrestar la percepción que se está generalizando. Al presidente le queda la esperanza de que los bombardeos acaben haciendo retroceder al Estado Islámico y disminuyan su envergadura. Pero esa perspectiva, a juzgar por el avance de la organización, que prácticamente ha tomado la localidad de Kobane a pesar de los bombardeos estadounidenses, es optimista en exceso. Y lo más desconcertante es que Obama también es escéptico.
 
¿A dónde conduce esto? Lo estamos viendo: a una Presidencia obligada a ejercer una política exterior en la que no tiene puesto el corazón ni la mente. Quizá en eso tenía razón Robert Gates, el ex secretario de Defensa de Obama, que en su libro de memorias también cargó contra el mandatario al decir que el presidente “no creía en su propia estrategia” (la afirmación se refería a la guerra en Afganistán: Obama aumentó la dotación de tropas en unos 30 mil soldados antes de iniciar la retirada escalonada pero sólo porque el Pentágono lo presionó para ello). La política exterior de Obama, hoy intervencionista por la presión para controlar “ese trompo que nadie controla”, choca con sus emociones e intuiciones. Una ironía no menor es que, en el espectro político estadounidense, esto lo pone más cerca de los libertarios del Partido Republicano que rechazan cualquier intervención en el extranjero que del propio “establishment” demócrata, a pesar de que este último es por lo general percibido desde la derecha como demasiado pasivo frente a los enemigos exteriores del país.
 
Una prueba de la contradicción profunda que anida en Obama -entre el intelectual y el líder- es lo que pasa ahora en Irak y Siria. Obama intuía que no bastarían los bombardeos para acabar o detener al Estado Islámico; por ello dudó tanto en comprarse el pleito.

La noticia de que los fanáticos están a punto de tomar Kobane, la estratégica localidad fronteriza en Siria que le daría a este grupo un puesto de control desde el cual manejar un vasto territorio del nordeste sirio, confirma lo que Obama temía: la necesidad de usar tropas de tierra para completar la tarea. Y, como también sabía Obama, sólo Estados Unidos está en condiciones de proveerlas. Ninguno de los países árabes que están secundando el bombardeo aéreo, como Arabia Saudita o Qatar (dos países donde se originó parte de la financiación del Estado Islámico), ni los países europeos que respaldan la intervención querrán meterse en ese lío.
 

Las memorias más interesantes serán, indudablemente, las del propio Obama porque en el presidente hay una lucha tenaz entre el intelectual de Harvard que mira el mundo desde un sentido de las proporciones acerca de lo que se puede y no se puede hacer para controlar el trompo y un líder empujado a ser quien no es en una época que pide definiciones.

Publicado en La Tercera

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