Política

Olores Urbanos

“…mientras el debate político consiste en tirarse los trastos a la cabeza a cuenta de lo que sea y algunas políticas de seguridad se muestran ineficaces, los ciudadanos empiezan a sentirse olvidados y a protegerse por su cuenta…”

José Miguel Alvarado

El olfato es el sentido con mayor poder de memoria. Lo dice en el diario ABC el creador de un nuevo concepto: el perfume empresarial corporativo. Cómo de eso debe entender, lo doy por bueno. Pero la memoria, ese mal amigo que falla cuando se necesita, debe ejercitarse para estar en forma. La memoria es preventiva. El sentido del olfato, también.


 


La civilización contemporánea tiene su propio olor marginal. Con la globalización, las nuevas tecnologías se han revelado muy eficaces para casi todo. Por ejemplo, para dar alas a la violencia urbana, como ha ocurrido este fin de semana en Alcorcón, un  pueblo de la periferia de Madrid. Y a la violencia callejera de los cachorros de ETA se suma ahora la   respuesta a la de los llamados grupos latinos. Esto lleva camino de convertirse en un  polvorín…


 


Me dice una amiga, que vive muy de cerca las consecuencias de la violencia urbana,  que lo de Alcorcón no es xenofobia.  “Los españoles nos consideramos hermanos de los emigrantes latinos”. ¿Y entonces qué es?, pregunto. “Defensa propia”, afirma sin titubear.  Me cuesta creerlo, contesto.  “Es que en tu barrio no lo padeces a diario”. ¿Qué es lo que no padezco?  “No sufres el miedo a la violencia de ciertos grupos de latinos, no sabes lo que es vivir con eso”.


 


Así me lo dice y yo lo cuento,  aunque lo hago con cierta vergüenza porque, se mire por dónde se mire,  se trata  de un ajuste de cuentas organizado y se lo digo: “ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego”, decía Ghandi. “¡Tienes razón –asiente- pero es que no hay derecho! ¿Cómo acabamos con eso?”.          


 


¡Si yo lo supiera!…


 


Se que el fenómeno de esos grupos urbanos violentos, como los Latin Kings,  no es nuevo. Antes se ha vivido en EE.UU, algunos países europeos e Iberoamérica. De ellos se sabe que controlan mediante la violencia los territorios urbanos en los que se instalan. Y que llevan armas. Palizas, asesinatos, violaciones, de eso se trata la guerra urbana.  “Y atacan por la espalda”, dice mi amiga.   


 


O sea, que mientras el debate político consiste en tirarse los trastos a la cabeza a cuenta de lo que sea y algunas políticas de seguridad se muestran ineficaces,   los ciudadanos empiezan a sentirse olvidados y a protegerse por su cuenta. Mal precedente.


 


Sí no se pone remedio, la mezcla de los olores de la violencia –terrorista, callejera o de cualquier otro tipo- puede resultar asfixiante en España.     

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