Política

Telerrealidad política

…hay quien hurga descaradamente en los instintos más bajos y sulfata hasta la nausea ese vicio nacional que Ortega, el filósofo madrileño, republicano y regeneracionista, el de La rebelión de las masas, constató como la envidia, tanto o más peligrosa que ese sectarismo ideológico que en la España de nuestros días aún distingue a la población por ser de izquierdas o derechas.

José Miguel Alvarado
Por San Valentín, el suave clima de la primavera anticipada no se corresponde con la gélida estación política del año en curso, pero invita a callejear por las calles de España y a respirar aires más cálidos que los desprendidos por la angostura del lenguaje del mitin que, día tras día, repican las televisiones y los todopoderosos e influyentes multimedios (esos que nos acogen). El tratamiento justo de la propaganda política constituye para la humanidad un problema de igual o mayor relevancia que el calentamiento del clima. Pero que caliente el sol en este invierno preelectoralista es una suerte y un regalo, esencial, me parece, para estimular el juicio y los sentidos cuando adormecidos y perezosos hibernan más de la cuenta.

Con el buen tiempo, el intelecto se agita, se despierta, se agudiza e incluso se enfada y se molesta –poco o mucho, según el carácter- por esas maneras extremas del buen rollo de la progresía socialista que despreocupada predica desde el púlpito con la misma dialéctica de la lucha de clases (a Dios gracias difuminada por la dinamizada renta per cápita que se disfruta en España) y con una demagogia equidistante con la caverna colectivista que distinguió a los regímenes comunistas, que cayeron con el muro berlinés. Berlín resurge de sus cenizas, inteligente, cosmopolita, mientras por estos apasionados frentes mediterráneos, los pedagogos políticos derraman “Ácido sulfúrico”, a lo Amelie Nothomb, que es el último grito, construyendo sin querer, o queriendo no se sabe, una asfixiante sátira urbana, a la par que esperpéntica, para una ciudadanía indiferente y harta, que se aleja desencantada de la política, según dicen las encuestas.

Estamos en el siglo XXI y no se nota en el lenguaje del mitin, salvo porque ahora las soflamas abrasan y aturden incluso a las concurrencias más interesadas. Pese a ello, la tele realidad política se impone, de modo que para arañar un puñado de votos, nada desdeñable, como el voto del público emigrante y del público joven, y para mantener el resto, hay quien hurga descaradamente en los instintos más bajos y sulfata hasta la nausea ese vicio nacional que Ortega, el filósofo madrileño, republicano y regeneracionista, el de La rebelión de las masas, constató como la envidia, tanto o más peligrosa que ese sectarismo ideológico que en la España de nuestros días aún distingue a la población por ser de izquierdas o derechas.

No quería referirme a la masa, a ese “tonto vitalicio”, según Ortega, cuyo comportamiento irracional depende y mucho de las referencias que siembran los líderes. No. Quiero referirme a la razón del compromiso, que es otra cosa; al compromiso que en el desarrollo educacional de la cortesía y el protocolo democrático de los pueblos asumen quienes deciden ponerse a su servicio. De qué vale, me pregunto, tanta educación democrática de libro si los primeros que la olvidan son los que la reivindican, por su afán cortoplacista. Demostrar coherencia en las formas democráticas es hacer pedagogía social, termino que, por cierto, acuñó también Ortega. Y es lo mismo que predicar con el ejemplo. “La belleza que atrae raramente coincide con la que enamora” (Ortega y Gasset) .

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