Política

Tolerancia cero

Santi Lucas
La agresión global que Occidente está sufriendo estos días por parte del radicalismo islamista, con la excusa de la publicación hace cuatro meses en un diario danés de una viñeta que alude a Mahoma, es la expresión desenmascarada de una amenaza permanente que se caracteriza por practicar la tolerancia cero y la violencia frente a los que no comulgan con su fanatismo religioso. Es un ataque general y tiránico que no admite ninguna equidistancia, ni tampoco mirar hacia otro lado.

Contra lo que aparenta la situación actual, no se ha declarado un conflicto parejo entre la libertad de expresión, que es una conquista esencial de nuestra civilización y el respeto a las creencias religiosas bajo el que se quiere justificar la indignación por una caricatura. No se puede equiparar siquiera una cosa y otra. En este sentido, la posición del presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, que ha defendido la libertad de expresión como un principio fundamental y ha expresado su solidaridad con los que la ejercen, es la más adecuada para delimitar justamente los contornos de la crisis. Si la democracia se ve obligada a agachar la cabeza, a disculparse por sus virtualidades, que sólo pueden limitar las leyes y nunca los sentimientos religiosos, a plegarse por el efecto de la presión y de la barbarie, el retroceso para la causa de la libertad puede alcanzar proporciones catastróficas.

El islamismo radical plantea el sometimiento del mundo libre a un orden intransigente y feroz, a una dictadura espantosa que repugna a la inteligencia, a una causa irracional como las que ya conocemos en los puntos del planeta donde ha podido demostrar sus intenciones. La Unión Europea debería reaccionar con firmeza en este caso, sin fisuras ni matices como los que ya se han apuntado con iniciativas desafortunadas como la del presidente del Gobierno español, de manera leal con una sociedad libre y democrática como es Dinamarca y de forma indubitada con la defensa del ejercicio de un derecho irrenunciable como es el de expresarse libremente.

El objetivo de Occidente no puede ser el de evitar a cualquier precio que se enfaden los musulmanes por un chiste, ni aplacar con paños calientes su ira descabellada. La misión principal es que el radicalismo musulmán no avance en la destrucción de los derechos humanos, no coaccione a las sociedades libres, ni nos imponga un equilibrio de valores que es sencillamente inaceptable.

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