América, Política

Venezuela ante las urnas de Maduro

Si la oposición gana con claridad en Caracas, Maracaibo y otras ciudades importantes, como Valencia, Barquisimeto y varias más, tendrá razones para sentirse muy satisfecha y renovar los bríos de la resistencia

El comentarista Antonio Sánchez García resumía así en El Nacional, hace pocos días, las citas periódicas que tiene el electorado de Venezuela con las urnas: “Se vota, mas no elige”. Es una excelente definición de lo que sucederá este domingo cuando buena parte de las 19 millones de personas aptas para votar acudan a hacerlo en los comicios municipales. Son las primeras elecciones desde que en abril Nicolás Maduro se impuso a Henrique Capriles, en lo que la oposición y parte de la comunidad internacional consideró un fraude.

Sobre el papel, los venezolanos deben elegir a 365 alcaldes y miles de concejales. En la vida real, no habrá una elección propiamente dicha, porque el sistema está sesgado para que, aun cuando obtenga más votos que el gobierno, la oposición no pueda hacerlos valer a cabalidad. ¿Cómo lo sabemos? Por la sencilla razón de que en las únicas dos ocasiones, bajo el chavismo, en que el conjunto de la oposición logró superar en número de votos al gobierno no sólo en sus estimaciones sino también en el recuento oficial, fue imposible impedir lo que se quería impedir u obtener lo que se pretendía. La primera vez fue en el referéndum constitucional de 2007, que Hugo Chávez perdió. De inmediato Chávez puso en marcha el mecanismo para hacer las enmiendas constitucionales como si no hubiese habido una consulta y en 2009 las refrendó en un nuevo referéndum, que se las arregló para ganar. La segunda vez fue en los comicios legislativos de 2010, cuando la oposición sumó 52 por ciento, pero obtuvo 40 por ciento menos de escaños que el oficialismo, de acuerdo con un sistema hecho para que no hubiese relación entre el resultado de las urnas y la repartición de asientos en el poder legislativo.

Ahora, la oposición, que utiliza las distintas vías pacíficas para sacar al chavismo del poder aun sabiendo que todo conspira contra ella, se prepara para una jornada más dictada por un sistema imposible. El propio Centro Carter, que ha avalado procesos sospechosos anteriormente, ha dicho, por boca de Jennifer McCoy, que el “ventajismo” del gobierno ensombrece los procesos electorales. Está usando, claro, un eufemismo. El uso de todos los recursos del Estado para hacer campaña, el clientelismo político, la imposición de cadenas televisivas a los medios privados para difundir la palabra del régimen, la persecución e intimidación contra los adversarios y un Consejo Nacional Electoral donde hay un solo rector de la oposición contra cuatro del gobierno inclinan la balanza con descaro.

Aun así, la oposición no tiene más remedio que perseverar en su estrategia pacífica, empleando todos los espacios posibles para avanzar. Henrique Capriles, por tanto, tiene razón cuando describe así la importancia de los comicios de este domingo: “No sólo se trata de elegir alcaldes o concejales, esto va mucho más allá. Se trata de elegir entre Maduro y su crisis”. Lo que el líder de la oposición está diciendo es que todos los comicios, por poco importantes que parezcan, han quedado reducidos a esto: una ocasión más de seguir desgastando al régimen y mantener la moral de la población no chavista lo más alta posible en las terribles circunstancias vigentes. De otro modo, el gobierno habrá logrado, nos quiere decir implícitamente, apagar la llama de la resistencia democrática y logrado el propósito que no ha conseguido, a pesar de todo, en sus casi 15 años: instalar una segunda Cuba.

La popularidad de Maduro es baja en comparación con la de Chávez y ya la del difunto comandante venía de bajada, como lo probó su reelección de octubre del año pasado, cuando el oficialismo cayó 11 puntos con respecto a la anterior cita con las urnas. Precisamente por eso se ha visto en las últimas semanas un despliegue de desesperación por parte de Maduro que ha incluido una Ley Habilitante para gobernar por decreto, una militarización de los precios y la economía llamada “guerra económica”, una hostilización mayor de la acostumbrada contra los adversarios y, recientemente, el uso de la llamada Fuerza Armada Nacional Bolivariana para aterrorizar a la población. ¿El pretexto? Un apagón, el martes de esta semana, que afectó al centro y la parte occidental de Venezuela, cuya causa fue la descapitalizada y ruinosa empresa estatal y no, como dijo el ministro de Energía Eléctrica, el teniente Jessse Chacón, un “sabotaje” opositor. Hace tres meses se había producido otro apagón y el gobierno había prometido resolver el problema ipso facto.

¿Cómo medir, entonces, el resultado de este domingo? Cabe esperar que en las zonas rurales, donde el aparato chavista tiene a la población en condición muy dependiente, el gobierno se atribuya una victoria importante. También es probable que, dada la distribución nacional de los municipios y la cantidad de localidades relativamente pequeñas donde el gobierno ejerce un poder omnímodo, Maduro tenga de qué agarrarse para proclamar su triunfo. Pero hay que prestar atención a las ciudades más pobladas, donde, a pesar de que todo le juega en contra, hay una ira ciudadana contra el gobierno que hace más difícil la manipulación y la intimidación. Si la oposición gana con claridad en Caracas, Maracaibo y otras ciudades importantes, como Valencia, Barquisimeto y varias más, tendrá razones para sentirse muy satisfecha y renovar los bríos de la resistencia.

Particularmente interesante es la situación en Caracas, donde hace cuatro años se impuso Antonio Ledezma, que ahora busca la reelección como alcalde metropolitano. El gobierno castigó entonces su triunfo quitándole muchas competencias y presupuesto: se los pasó a un jefe regional, a quien se nombró a dedo en un cargo inventado. Además del alcalde metropolitano, que es una suerte de coordinador de los alcaldes de los municipios de Caracas, hay cinco alcaldías que están allí en juego, de las cuales sólo una, Libertador, está en manos del gobierno. La oposición debería mantener esta ventaja. Si lo hace, la noche del domingo será dulce.

Una ventaja tiene la oposición sobre Maduro en medio de tantas desventajas: el tiempo. Su estrategia, por tanto, no consiste en fijarse el mañana como objetivo, sino el pasado mañana. Sabe que la economía está entrando en proceso de delicuescencia y que Maduro no es Chávez. Por tanto, la clave está en no morir, es decir, en seguir en pie mientras dure lo que dure el debilitamiento del régimen, hasta ese momento decisivo en el que la masividad del descontento hará imposible la perpetuidad a la que aspira el chavismo. Los comicios de mañana, me atrevo a sugerir, deben ser analizados bajo esta luz. La oposición habrá obtenido un gran triunfo si las urnas de Maduro le dan al menos la ventaja de seguir viva con una fuerza parecida a la que tiene ahora. Cualquier cosa por encima de eso será la gloria.

Lo de la economía no es un decir. Además de las imágenes que han dado la vuelta al mundo contándonos el desabastecimiento, la inflación, los saqueos de lo poco que hay y la militarización de las tiendas, hay otros síntomas importantes. Uno de ellos es la caída pronunciada de los subsidios, dádivas y ayudas de distinta índole que da Venezuela a sus aliados. Como ha afirmado en un excelente análisis el Miami Herald esta semana, lo que Venezuela otorga a través de Petrocaribe a varios países de la región ha caído a la tercera parte de lo que era en 2012 (1.700 millones de dólares ahora). Guatemala ha abandonado ese mecanismo de subvención petrolera porque ya no le regalan nada: ahora pretenden cobrárselo caro. Otro síntoma de lo que está pasando: Venezuela pretende pagar lo que importa de países como Brasil y Colombia con bonos de PDVSA, el gigante petrolero, lo que ha suscitado el reclamo de los interlocutores comerciales de ese país.

No es para menos: el Banco Central de Venezuela ha perdido casi el 30 por ciento de sus reservas este año, lo que quiere decir que el petróleo ya no está en condiciones de sostener ese modelo delirante. La tasa de cambio real es 10 veces mayor a la oficial, como lo comprueba la gente a diario en la calle, y la inflación, que bordea el 60 por ciento, puede derivar en una hiperinflación en cualquier momento. Un problema de mediano plazo para ese país será la creciente disminución de Estados Unidos con respecto a sus abastecedores internacionales de petróleo, uno de los cuales es Venezuela. Gracias a los hidrocarburos de fuentes no convencionales, especialmente el esquisto, Estados Unidos ha aumentado la producción en más de 50 por ciento en el último lustro y ha disminuido sus importaciones un 40 por ciento. Las exportaciones a China e India compensan, en este momento, en parte a Venezuela por lo ocurrido en Estados Unidos. Pero es improbable que a mediano plazo una cosa baste para compensar la otra, especialmente porque China e India también están buscando alternativas.

Por ahora, los distintos componentes del régimen se mantienen relativamente unidos, conscientes de que si se entregan a la lucha fratricida todo se desmoronará. De allí que Diosdado Cabello, el militar que controla la Asamblea Nacional, no pierda ocasión de hacer alarde de lealtad al chavismo presidido por Maduro. Pero a medida que el descalabro económico aumente y ya no sea posible acusar al “imperialismo” y los “traidores” de la oposición de la escasez, el aumento de precios, los apagones y los demás síntomas de la crisis, todo indica que las rivalidades se empezarán a notar más. Ha ocurrido así en todas partes donde hubo regímenes de esta naturaleza. Ese es otro de los factores que hace pensar a la oposición que el tiempo juega a su favor con tal -y es un “con tal” clave- de que mantengan la presión.

La oposición ha pasado, ella también, por períodos tensos. Tras la proclamación de Maduro como Presidente, hubo quienes reprocharon a Capriles el no haber mantenido las movilizaciones callejeras contra el fraude. Es posible que haya sido, en efecto, un error bajar esa presión tan pronto como lo hizo, aunque su argumento -que no quería exponer a la población a la violencia del gobierno- es atendible. Transcurridos los meses, va quedando claro, en cualquier caso, que la unidad opositora ha sido y sigue siendo indispensable para la estrategia de seguir viva mientras el gobierno va muriendo poquito a poquito. Aunque en estos comicios hay candidatos opositores que compiten entre sí en muchos lugares y por tanto que se presentan con distintas agrupaciones, la unidad sigue siendo defendida por los líderes de la resistencia democrática en medio de la campaña electoral. Esto quiere decir que ya han superado la alta tensión que supuso la diferencia de pareceres sobre el mejor camino para hacer frente a Maduro.

En cierta forma, todos los latinoamericanos vamos a las urnas junto con los venezolanos este domingo. Lo que allí sucede y deja de suceder nos obliga moralmente. Algo del destino de la región se juega allí. Lo sabemos porque casi todos nosotros hemos sido también, alguna vez, dictaduras bajo las cuales reclamábamos con desesperación un poco más de solidaridad.

Artículo publicado el 8 de diciembre en La Tercera

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