“Comete suicidio un pueblo el día en que fía su subsistencia a un solo fruto”
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Sábado, 10 de octubre 2026

“Comete suicidio un pueblo el día en que fía su subsistencia a un solo fruto”
“Venezuela está peor que Cuba”, lamentaba días atrás una parlamentaria de la oposición venezolana en Washington. Y los cubanos, que estamos hechos a la opinable idea de que, salvo Haití, no hay país americano en situación más calamitosa que el nuestro, estamos por darle la razón.
La situación económica venezolana ha venido a parecerse a la que atravesó Cuba en la década de los 90, en lo más duro del llamado “período especial”. Las largas colas para conseguir productos de primera necesidad, los cortes de electricidad y las dificultades con el suministro de agua, despiertan en la memoria del cubano imágenes de las que, parafraseando a Cervantes, “no quisiéramos acordarnos”.
Ambos países, además, han debido sus crisis en gran medida a la excesiva dependencia de un producto exportable: el azúcar de caña en el caso cubano; el petróleo, en el venezolano, por lo que cada uno a su tiempo, ha vivido su particular marcha del desierto. Un gran pensador cubano, José Martí, de cuyas frases estaban salpicados los discursos de Chávez, lo había advertido en 1883: “Comete suicidio un pueblo el día en que fía su subsistencia a un solo fruto”. Una verdad que en Caracas se saltaron, a lo que se ve.
Los dramas de ambos países difieren, no obstante, en ciertos matices. Como la seguridad pública. Al tormento de las dificultades materiales en los hogares, los venezolanos tienen que sumar el flagelo de la delincuencia, que solo en 2015 se cobró 28.000 vidas. Los asaltos, los tiroteos, secuestros y asesinatos parecen ser una realidad con la que “hay que acostumbrarse a vivir”. O quizás, a morir. Algo que no ha sucedido en Cuba, cuya tasa de criminalidad es la segunda más baja del continente.
Otro, que sí favorece a los venezolanos, es una mayor certidumbre sobre el futuro, de la que carecíamos los cubanos en los 90. Caracas aún mantiene, a pesar de que el presidente Nicolás Maduro suspira por lo contrario, un sistema político con ciertos mecanismos democráticos, y ahí está, para demostrarlo, la mayoría parlamentaria de la opositora Mesa de la Unidad Democrática, algo impensable en Cuba “antaño y hogaño”. Además, en el horizonte aparece un posible referéndum revocatorio del mandato de Maduro, con lo que la esperanza de un cambio y de una mejoría de las condiciones de vida anima a la gente.
¿Principal preocupación? Lograr que ese cambio sea pacífico.
La situación extrema que vive el país suscita desde el ejecutivo reacciones contradictorias. Por una parte, Caracas reparte culpas fuera de las fronteras nacionales; por otra, niega que en realidad la situación sea tan crítica.
Primeramente, si Venezuela está mal, la culpa la tiene la “conspiración internacional” para bajar los precios del crudo, la “injerencia de la Casa Blanca”, el “colonialismo de Madrid”, y hasta el fenómeno meteorológico de El Niño.
Este evento climatológico ha venido a ser el pretexto perfecto para los constantes cortes de luz: al no llover, la principal hidroeléctrica del país no puede generar a toda capacidad. Punto. Solo que El Niño no es responsable de la falta de mantenimiento de las centrales termoeléctricas, razón por la que ahora un país asentado sobre un mar de petróleo tiene dificultades para encender sus bombillas.
Segunda variante: el río de optimismo en el que nadan los líderes chavistas, que no moja a la gente de a pie. Como ejemplo, las aseveraciones de la canciller Delcy Rodríguez ante la OEA, el pasado 6 de mayo: “Venezuela ha importado alimentos para alimentar a tres países del tamaño del nuestro (…). Más de 300 medios vendían que Venezuela no tenía que comer y que los supermercados estaban vacíos. Solo los medios alternativos lograron desmentir esta infamia y mostraron las imágenes de los anaqueles llenos“.
Para la izquierda crítica con la deriva del país, la realidad difiere bastante de esta versión. El 1 de mayo, un grupo de corte bolivariano, Marea Socialista, advertía en un editorial que la decisión gubernamental de repartir alimentos casa por casa es “un síntoma claro de escasez extrema”, a lo que se añade la grave escasez de fármacos. “Es evidente, para el que quiera ver, que estamos a punto de cruzar el umbral que lleva a la emergencia humanitaria”.
En tal sentido, y dado que los conceptos de “abundancia” y “cola” están en las antípodas, no se sabe de dónde brotan las alegres cifras de alimentos de la canciller; como tampoco por qué se ha ordenado al ejército participar en la distribución de víveres y medicinas, una tarea más propia de otros ministerios. A menos que los saqueos se estén volviendo la norma.
Con este panorama, habría que averiguar de dónde saca bríos el presidente Maduro para retar a Mariano Rajoy a un debate público para comparar la “tragedia humanitaria” que este habría presuntamente provocado en España y los “logros de la revolución bolivariana”.
Las escaseces, sin embargo, son el problema menor, como se ha dicho. La tensión interna en Venezuela discurre por caminos parecidos a los que ha transitado Cuba. Si allí se ha tildado tradicionalmente a los disidentes de “gusanos” y “mercenarios al servicio del imperio” –unos calificativos que, de tanto uso, se han vuelto objeto de chanza criolla–, en Venezuela los adversarios de Maduro se han visto convertidos en “escuálidos” y “traidores a la patria”.
Esta total anulación del que piensa diferente ha derivado en una polarización que imposibilita el diálogo. No se conversa con quien pretende la “destrucción de la patria” –es mejor “meterle plomo”–. Por ello, una de las posibles válvulas de escape a la crisis actual, el referéndum revocatorio del mandato de Maduro, topa con la reticencia del chavismo a respetar las propias reglas que en su momento hizo aprobar por mayoría.
La figura del revocatorio está recogida en el artículo 72 de la Carta Magna. La oposición ha recolectado millón y medio de firmas (más del 10% del padrón electoral) como “manifestación de voluntad” hacia la consulta. En un momento posterior se debe efectuar la recogida, esta vez para la convocatoria, de otras 3,9 millones (el 20%). Después, solo quedaría ir a las urnas, donde los votos a favor de revocar el mandato deben superar los obtenidos en la elección de 2013 (7.587.579).
Si todo el proceso tiene lugar antes del 10 de enero de 2017 –a tres años de la toma de posesión–, con el resultado deseado por la MUD, corresponde al jefe del Parlamento (el opositor Henry Ramos) asumir la presidencia por un mes, y al CNE convocar elecciones generales. Si es después de esa fecha, otro tomará la batuta: el vicepresidente de Maduro, Aristóbulo Istúriz, igualmente chavista, y permanecerá hasta el 10 de enero de 2019, con lo que, en clave de bolero, “el cuartico estará igualito”.
Es justo eso lo que las dilaciones del CNE estarían favoreciendo, pues desde el inicio del proceso hasta el momento del revocatorio puede haber un laaargo plazo constitucional de 228 días. Y es precisamente lo que la oposición desea evitar.
En lo de poner palos a la rueda del referéndum, el oficialismo habla por varias bocas. Mientras el vicepresidente Istúriz asegura que no habrá consulta porque los opositores “lo hicieron tarde y mal, y cometieron fraude”–, el expresidente del Parlamento, Diosdado Cabello, lanza una amenaza a quienes se atrevan a firmar: “Nosotros estamos en el derecho de saber quiénes son, nombres y apellidos, y dónde están esas personas”.
La dirigencia chavista, así, ve las urnas como un mal y no como el aliciente para que las masas, entre tanta penuria, puedan al menos expresarse. Maduro prefiere dar la palabra al “camarada máuser”, y no se le ocurre mejor distracción –y gasto– que ordenar unas maniobras militares el 23 de mayo, para mostrar músculo y disuadir a hipotéticos agresores externos.
Hasta donde se sabe, sin embargo, no hay noticia de ejercicios bélicos de la marina o de la aviación de EE.UU. en el Caribe, ni de un despliegue inusual de tropas. Ahora mismo, donde vuelan y navegan los cazas y destructores del US Army es en el cerebro del discípulo de Chávez, mientras la mente de los ciudadanos está ocupada en qué llevar a la mesa y en cómo aprovechar las pocas horas de electricidad.
Así mismo estábamos los cubanos 20 años atrás, solo que más calladitos y resignados. Que es decir menos peligrosos.
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