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Zimbabwe, ¿Hacia la dictadura definitiva?

A 48 horas de que se celebre la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Zimbabwe, salvo intervención de última hora de la Comunidad Internacional, todo hace presagiar que la democracia será una utopía en el país africano.

Editorial
El proceso electoral iniciado en marzo se ha prolongado durante tres meses, periodo de tiempo que ha servido para que su dictador, el octogenario Robert Mugabe, haya movido cuantos resortes han sido precisos para acabar como candidato único.

Estamos en el siglo XXI y prácticas como la persecución, encarcelamiento o asesinato de la oposición política deberían formar parte de la historia…sin embargo, en el citado país africano constituyen el leit motiv que guía el proceder gubernamental.

En efecto, la sucesión de los hechos acontecidos desde la celebración de la primera vuelta electoral, así lo corrobora: recuento lento y demora en la comunicación de los resultados, amenazas y coacciones al partido y simpatizantes rivales, es decir, desgaste tanto físico como psicológico, que da como conclusión final que la alternativa democrática y por el cambio, abandone su candidatura.

¿Se trata de una retirada sin más? No debería serlo. Esa actitud obedece a una estrategia en la que el actor principal tiene que ser ahora la Comunidad Internacional, aplazando que no prohibiendo, la celebración de las elecciones hasta que se den las efectivas garantías de limpieza e higiene democrático. Nos hallamos ante un reto sin duda complicado, pero que hay que afrontar y que exige, en primer lugar, no contemporizar con Mugabe y mucho menos con sus argumentos.

En este sentido, el relativismo practicado durante los meses de abril y mayo nos ha dejado la situación que ahora vivimos. En aquel momento, salvo las voces discrepantes de Estados Unidos y Gran Bretaña, el resto de organizaciones internacionales y países practicaron una suerte apaciguamiento y política de wait and see, que tiene sus precedentes más tristes en la actitud de Chamberlain hacia Hitler. Esa estrategia, no sólo no dio los resultados buscados sino que envalentonó a Mugabe quien retó, menospreció e insultó a sus detractores exteriores, en especial al Primer Ministro británico Gordon Brown.

Por todo ello, ahora nos encontramos con un contexto diametralmente distinto al deseado: un dictador que compite como candidato único, que practica el victimismo como mensaje hacia sus ciudadanos y que plantea las elecciones en forma de Zimbabwe vs imperialismo, retórica obsoleta pero efectiva cuando los argumentos políticos no tienen cabida en el discurso.

En definitiva, la incertidumbre rodea al país africano. El triunfo de Mugabe no sólo será pernicioso para la democracia y los aspectos más sobresalientes de ésta como la defensa y promoción de los derechos humanos. Tampoco debemos perder de vista que el nepotismo y el clientelismo estarán asegurados para unos pocos, mientras que el resto deberá sufrir sus consecuencias en forma de pobreza, persecución o incluso asesinato.

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