Salir corriendo de Irak, como hizo España cuando el PSOE ganó las elecciones, para ir más deprisa y con mayores riesgos aún al Líbano, a Afganistán, al Congo, a Kosovo o Etiopía no parece un gran ejemplo de coherencia
Santi Lucas
Dicen que los españoles somos proclives a sortear y burlarnos de los problemas antes que inquietarnos seriamente por ellos y resolverlos. Tal vez por eso el aislamiento internacional que vive España en los últimos tiempos se toma a broma por el Gobierno, aunque el asunto no tiene ninguna gracia ni reporta un solo beneficio a nuestros intereses generales.
Cuando la Administración norteamericana, por ejemplo, ha demostrado sobradamente desde hace dos años su completa indiferencia y desdén hacia Rodríguez Zapatero y a su peregrino concepto del orden mundial, en nuestro país se ha terminado por asentar una versión oficial guasona e irresponsable del desencuentro, algo así como “si Estados Unidos no quiere saber nada de nosotros, ellos se lo pierden”. Con esta arrogancia fatua vamos por la vida y así nos luce la cabellera.
A falta de un papel protagonista, enderezado y juicioso en las relaciones exteriores, sin recibir algún reconocimiento internacional de peso ni ser un interlocutor interesante para las grandes potencias y los principales centros de decisión, nuestro Gobierno deambula en este delicado terreno de la política internacional entre la originalidad y los disparates, dando tumbos.
Salir corriendo de Irak, como hizo España cuando el PSOE ganó las elecciones, para ir más deprisa y con mayores riesgos aún al Líbano, a Afganistán, al Congo, a Kosovo o Etiopía no parece un gran ejemplo de coherencia. Tampoco lo es que el ex presidente socialista Felipe González se mimetice con Mahmud Ahmadineyad para apoyar en directo el programa nuclear iraní coincidiendo con el momento más crítico de las relaciones de Irán con Occidente y el agotamiento del ultimátum dado por la comunidad internacional.
Una política de inmigración unilateral y descabellada como la española produce, naturalmente, la gélida reacción de los socios comunitarios cuando se pretende cerrar una espita que está a punto de explotar.
Ni siquiera el extravagante y absurdo trato con el neopopulismo iberoamericano, que es el único reducto geográfico en el que campamos a nuestras anchas, ha producido el menor provecho para España. Por eso, a estas alturas de descrédito internacional, hasta un personaje de la talla de Evo Morales se permite ponernos en jaque.
Nuestra opinión no cuenta, el parecer español es neutro ante los grandes desafíos internacionales y en los foros más importantes de debate. Para que reparen en nosotros debemos enviar soldados a todas partes y contribuir más que nadie en las conferencias de donantes, como ha sucedido recientemente en la celebrada en Estocolmo.
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