Pier Ferdinando Casini, dirigente de la democristiana UDC y ex presidente de la Cámara de los Diputados, ha propuesto que sus señorías se sometan a controles periódicos de antidoping. Como sucede en el mundo del deporte de competición, unos exámenes serían fijos, al comienzo de los periodos de sesiones, y otros se realizarían sin avisar, en cualquier otro momento.
Santi Lucas
La democracia italiana ha brindado una de las nóminas de políticos más singulares del mundo moderno. El simple repaso mental a sus dirigentes más señeros alumbra una galería repleta de próceres inusitados, curiosos o chocantes (y también muchas honrosas excepciones a esta regla). Que alguien que ha sido siete veces presidente del Gobierno, como Gulio Andreotti, sea acusado (y después absuelto) del asesinato de un periodista o de connivencia con la mafia no parece algo muy normal ni cotidiano en esas esferas del poder.
Los italianos viven la política con una indudable pasión, en un permanente equilibrio inestable, con las sempiternas crisis a flor de piel, con las urnas siempre dispuestas y con una facilidad delirante para provocar el escándalo sin minar por ello las bases de su fortaleza como sexta potencia mundial. Se acaban de anotar otro tanto en el largo rosario de rarezas que jalonan con toda naturalidad su vida pública. Pier Ferdinando Casini, dirigente de la democristiana UDC y ex presidente de la Cámara de los Diputados, ha propuesto que sus señorías se sometan a controles periódicos de antidoping. Como sucede en el mundo del deporte de competición, unos exámenes serían fijos, al comienzo de los periodos de sesiones, y otros se realizarían sin avisar, en cualquier otro momento. Ni siquiera prevé esta iniciativa que haya sanciones para los que resulten positivos. Se conformarían con publicar los nombres y dejar sólo al drogadicto ante el implacable (o, no) chaparrón de la opinión pública.
El entusiasmo con el que se ha acogido la propuesta en la sede parlamentaria de Montecitorio ha sido más bien escaso, con lo que se ha extendido entre los italianos la lógica sospecha sobre los motivos de la resistencia de los diputados a demostrar que dan ejemplo a la ciudadanía y no son consumidores habituales de sustancias estupefacientes (con el riesgo de mezclar justos por pecadores), como más de uno cree. La desconfianza hacia la clase política italiana es muy notable y por eso los ciudadanos intuyen además que los controles acabarían siendo manipulados o los parlamentarios avisados del examen con antelación. Podría ser, incluso, con trampas y todo, una moderna y truculenta forma de combatir la integridad del adversario. Demasiadas grietas en el planteamiento inicial. Hay que madurar la idea, pero no cabe duda de que en medio de su aparente extravagancia puede llegar a despuntar la virtud.
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