Política

Anormalidad categórica

Sin embargo, José Luís Rodríguez Zapatero se ha apeado de esa aleccionadora, democrática y valiosa corriente de actuación de los poderes públicos y discurre con celeridad, y parece que mayor comodidad también, por la senda procelosa de la excentricidad y las rarezas.

Santi Lucas
El ex presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, formuló un célebre deseo en la época de la transición política española que consistía en “elevar a la categoría de normal, lo que a nivel de calle es absolutamente normal”. Treinta años después, la primera decisión del Consejo de Ministros del Perú, que preside Jorge del Castillo, ha sido que las comitivas oficiales se detengan ante los semáforos en rojo como hacen el resto de los peruanos. Está claro que la “normalización” de la vida pública y la identificación y permeabilidad entre la autoridad y los ciudadanos va lenta y va por barrios.

Sin embargo, José Luís Rodríguez Zapatero se ha apeado de esa aleccionadora, democrática y valiosa corriente de actuación de los poderes públicos y discurre con celeridad, y parece que mayor comodidad también, por la senda procelosa de la excentricidad y las rarezas. La lista de las preocupaciones más importantes, que los españoles expresan periódica y machaconamente en todas las encuestas de opinión, se aborda por parte de este Gobierno en un sentido inverso al de su trascendencia. Continuamente, se lanzan a la sociedad debates públicos accesorios y secundarios sobre materias que no tienen una demanda ciudadana significativa, que sólo distraen, entretienen y dividen, y que no reportan otra consecuencia apreciable que la de airear unas polémicas estériles e inconvenientes para todos.

Un amigo me pregunta si la afición de Zapatero al desvarío es pasajero o, por el contrario, definitorio de una forma de actuar, guiada por la improvisación y las contingencias. Como mi amigo es muy inteligente y la duda es retórica se contesta enseguida a sí mismo y concluye que, efectivamente, Zapatero es un gobernante al albur. Es tal la originalidad y la discordancia del planteamiento entre la España real y la España oficial en este tiempo que si un observador foráneo analizara con alguna perspectiva la situación de nuestro país llegaría a una conclusión disparatada y profundamente equívoca de lo que nos interesa y más nos conviene. El tiempo dedicado a las reformas territoriales, a la inclinación sexual de los ciudadanos, a desenterrar enfrentamientos civiles, a sembrar cizañas o a dividir a la sociedad está demostrado que es inversamente proporcional al interés de los españoles por seguir ese rumbo. Algo debe hacerse, más allá de lamentar el absurdo y la imprudencia de este Gobierno, para que la anormalidad en nuestro país deje de ser categórica.

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