Luis Miguez explica cómo la política exterior de Zapatero puede llevar a España al oscuro rincón en que estaba en el ámbito internacional antes del Gobierno de Aznar.
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Sábado, 07 de marzo 2026
Luis Miguez explica cómo la política exterior de Zapatero puede llevar a España al oscuro rincón en que estaba en el ámbito internacional antes del Gobierno de Aznar.
TIERRA Y MAR
Haciendo honor de la peor manera posible (es decir, de modo precipitado y
pactando con los chiítas alzados en armas) a su compromiso de retirar nuestras
tropas de Iraq, el nuevo Presidente del Gobierno Rodríguez Zapatero ha puesto en
marcha la demolición de la política exterior española construida en el segundo
mandato de José María Aznar.
El siguiente paso va a ser la visita a
Marruecos, en la que es de prever que se abandone la postura de firmeza en la
defensa de nuestra seguridad y de nuestros intereses geoestratégicos que había
adoptado el Gobierno del PP después de la invasión del Islote Perejil. A
continuación llegará la rectificación de la posición española ante el nuevo
Tratado de la Unión Europea y la rendición a los intereses
franco-alemanes.
La cuestión es si esta vuelta al oscuro rincón de la
Historia o, mejor dicho, al agujero de no existencia en el que se hallaba sumida
la política exterior española y del que estábamos empezando a salir es
sostenible a medio plazo. La respuesta es evidente: si España sigue existiendo,
no.
La denigración por parte del nuevo Ministro de Asuntos exteriores
Moratinos de la política exterior emprendida en el segundo mandato de José María
Aznar, tachándola de política imperial, es un claro síntoma de incapacidad y de
ineptitud, si no de algo peor. España es hoy la octava potencia económica del
mundo y su peso cultural e histórico es equiparable al de cualquiera de las
grandes naciones europeas. Contar con una política exterior propia que defienda
nuestros intereses en el mundo no es un delirio imperialista ni un lujo, sino
una necesidad y la proyección lógica de la pujanza del país fuera de sus
fronteras.
Si hasta hace poco carecíamos de política exterior, se debe
exclusivamente a los complejos que todavía arrastrábamos por nuestra tardía
incorporación al modelo político del Occidente desarrollado. Pero tras
veinticinco años de democracia, ese último obstáculo no tiene razón de
ser.
Hoy lo único que puede justificar la vuelta atrás que patrocina
Rodríguez Zapatero es la convicción de que la existencia de España como nación
tiene los días contados. Ciertamente, sin nación no hay intereses nacionales que
defender ni en el exterior, ni en parte alguna. Por eso no hay más que dos
posibilidades: o España en efecto se rompe, en cuyo caso no habrá nunca más
política exterior española, o sobrevive, con lo que inevitablemente tendrá que
contar con una política exterior propia.
En este contexto, la presidencia
de Rodríguez Zapatero se presenta como un periodo de impasse, en espera de que
se resuelva la gran cuestión de si el proyecto nacional español va a seguir o no
adelante. Lamentablemente, la paralización durante al menos cuatro años de los
esfuerzos del anterior Gobierno por desarrollar una política exterior española
nos hará perder muchas oportunidades y tendrá algunas consecuencias
irremediables.
No todo está perdido, sin embargo. Para el momento en el
que en España vuelva a haber un Gobierno que crea en el futuro del país tiene
que preservarse la conciencia de lo que debe ser una política exterior española.
No hablo de las línea concretas que han marcado la política exterior del último
Gobierno del PP, sino de las orientaciones de fondo, que son la defensa y
promoción de los intereses españoles en el mundo por los medios más eficaces en
cada momento.
La reconstrucción futura de una política exterior española
no podrá ser un simple “decíamos ayer” como el que está llevando a cabo
Rodríguez Zapatero. Eso es no entender la esencia de la política exterior, es
decir, su perpetua variabilidad en función del cambiante contexto internacional,
con una única estrella permanente: el interés nacional como bien supremo.
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