Santi Lucas
En el caso de Rodríguez Zapatero se cumple la letra de la popular canción a rajatabla. Han transcurrido algo más de dos años desde que llegó al gobierno de España y de sus compromisos formales, asumidos con toda solemnidad al comienzo del mandato, podría decirse aquello de “si te he visto, no me acuerdo”. Colocar a España en el corazón de Europa, hacer del Parlamento el eje central de la política nacional o no ceder al chantaje de la banda terrorista ETA resuenan hoy como unas promesas inalcanzables, mórbidas y remotas.
Doy por hecho que la sorpresa que Zapatero se llevó cuando venció en las elecciones generales del 14 de marzo de 2004, unas elecciones teñidas con los sanguinarios efectos del trágico 11-M y con las bellaquerías socialistas de los días sucesivos, paralice sus miembros y le impida asumir un programa electoral que se había escrito para ser derrotado en las urnas (como pronosticaban todas las encuestas) y no para ser aplicado en la realidad. Es menos justificable, sin embargo, que el catálogo de tareas y responsabilidades ofrecido ceremoniosamente en el debate de investidura por el candidato a presidir el gobierno sea ya un papel mojado, y la tinta con la que se escribieron las obligaciones adquiridas entonces se haya vuelto invisible.
El último Debate sobre el estado de la Nación, celebrado recientemente, ha confirmado que el presidente del Gobierno sigue tomando distancia con su pasado inmediato y rehuye como un desmemoriado compulsivo cualquier atisbo de coherencia. Zapatero se distancia de los españoles a marchas forzadas. Olvida Zapatero de dónde venimos los españoles y los avatares y caminos recorridos juntos desde el año 1978 en que aprobamos la Constitución que nos sirve de guía democrática. Olvida incluso que el presidente del Gobierno debe demostrar que no lo es sólo por efecto de una casualidad dramática. Tal vez sea esto, precisamente, lo que más le interese olvidar.









