Cuando un gobernante se empecina en desoír a su pueblo recorre el camino más recto para aislarse y perder fulminantemente su apoyo. El mismo Zapatero que presumió hasta la fatiga de sensibilidad e interés en las protestas contra la guerra de Irak es el que se muestra ahora inflexible, torpe y desorientado con el mensaje que le llega de la calle. Su reacción es indolente, pobre y absurda.
Santi Lucas
Los españoles han vuelto masivamente a la calle para rechazar cualquier negociación del Gobierno con la banda terrorista ETA. En una multitudinaria manifestación celebrada el pasado sábado en Madrid se ha escuchado con toda nitidez un auténtico clamor ciudadano que reclama atención y respeto para las víctimas del terrorismo y se opone a cualquier miramiento hacia sus verdugos. La contundencia de esta expresión popular debería producir de inmediato una corrección del rumbo y de las iniciativas del Ejecutivo frente a ETA, pero por desgracia no es así. Hasta en media docena de ocasiones en los últimos tiempos se han oído las voces serenas y firmes de millones de españoles que le decían a Rodríguez Zapatero que en su nombre no se cediera al chantaje de ETA, que no se quebrara la unidad de los demócratas ante el terror y que no se admita ninguna interlocución tramposa con los terroristas. La respuesta del Gobierno en todos los casos ha sido decepcionante.
Las encuestas de opinión detectan el alejamiento de Zapatero del sentir social mayoritario en este terreno. Cuando un gobernante se empecina en desoír a su pueblo recorre el camino más recto para aislarse y perder fulminantemente su apoyo. El mismo Zapatero que presumió hasta la fatiga de sensibilidad e interés en las protestas contra la guerra de Irak es el que se muestra ahora inflexible, torpe y desorientado con el mensaje que le llega de la calle. Su reacción es indolente, pobre y absurda. Lo más grave de esa actitud no es que pierda el poder tan pronto como haya unas elecciones generales sino que permita albergar a los terroristas alguna confianza en lograr sus objetivos. El desencanto de los ciudadanos se traducirá seguramente en las urnas cuando llegue el momento, pero la indiscutible percepción de cometer un error boreal respecto al fin del terrorismo en España es actual, demoledora y nociva en sí misma.
Cada día que pasa sin enmendar la dirección por parte del Gobierno es un día que alarga el sufrimiento y la amenaza colectivas. Escribió Quintiliano en sus “Declaraciones mayores” que nada apena mayormente los ánimos de las personas que las esperanzas frustradas. Zapatero lo logra una y otra vez.
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