Montilla baja a la candente arena electoral catalana y en ese terreno de exposición y contraste públicos cree que no puede permitirse el desgaste de confesar abiertamente sus debilidades y carencias. Ante los electores catalanes, Montilla se quiere mostrar infalible, eficaz, sobrehumano.
Santi Lucas
El nuevo ministro de Industria, Joan Clos, se ha despedido de la alcaldía de Barcelona pidiendo perdón a sus vecinos por los errores cometidos, o mejor dicho “que hubiera podido cometer”, al frente del gobierno municipal. Su antecesor, José Montilla, no ha hecho lo mismo con los españoles que han sufrido su polémica y nefasta gestión ministerial.
La diferencia la marca su propio destino político. Como a los ministros no se les vota parece que no tienen inconveniente en mostrarse algo más sinceros y reconocer que antes han cometido fallos, sin embargo, los candidatos consideran un signo de debilidad y flaqueza, incompatibles con las urnas, admitir que se equivocan alguna vez o de vez en cuando. Este esquema de reacciones distintas se comprueba frecuentemente en el mundo de la política donde prima aquella respuesta manida de “soy el menos indicado para señalar mis defectos”. En las dictaduras, naturalmente, sólo existe la perfección del gobernante.
El gesto de Joan Clos tiene, no obstante, una virtualidad limitada. En muy poco tiempo comprobaremos la natural complacencia en el ejercicio de su cargo. Las críticas y censuras inevitables pasarán de inmediato a ser infundadas, gratuitas, arbitrarias e injustas y el fugaz y generoso asomo de aceptar los desaciertos volverá a arrinconarse hasta otra ocasión.
Montilla baja a la candente arena electoral catalana y en ese terreno de exposición y contraste públicos cree que no puede permitirse el desgaste de confesar abiertamente sus debilidades y carencias. Ante los electores catalanes, Montilla se quiere mostrar infalible, eficaz, sobrehumano. Pero no siempre los poderosos logran adquirir un barniz duradero de calidad y excelencia en su imagen. La sociología política enseña que los patanes también eligen algunas veces a patanes como ellos aunque la educación democrática discrimina en el montón, con un grado de acierto creciente, a los menos malos que acreditan con honradez y transparencia su valía.
El mayor error del aspirante Montilla es suponer que empieza de cero, que su renovado altruismo no se empañará con los antecedentes, que todo lo hizo bien en el pasado y supone merecer del pueblo fiel por ello una generosa reválida. Aunque él no nos lo diga sabemos que las alforjas políticas de Montilla portan un lastre demasiado pesado para engatusarnos fácilmente.
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