Todo ha sucedido muy rápido. No había señales definitivas de que Grecia y Rusia, la extrema izquierda y la extrema derecha, se entenderían si ganaba Syriza las elecciones.
Es cierto que desde que Syriza obtuvo una representación importante en las elecciones de mayo al Parlamento Europeo esa bancada había mantenido una postura crítica contra algunos aspectos de la política exterior de Europa hacia Moscú. Un vocero de Syriza incluso habló de
“bulimia neocolonial”.
Pero, dada la necesidad que tiene Atenas de negociar un acuerdo con Europa para no tener que abandonar el euro, se pensaba que Tsipras no llevaría las cosas tan lejos.
Sin embargo, el primer embajador al que Tsipras recibió en Atenas fue el ruso y de inmediato su gobierno advirtió a los otros miembros de la Unión Europea que se opondría a la adopción de nuevas sanciones. Lo hizo cuando se estaba gestando un amplio consenso en Europa con respecto a la necesidad de apretar más a un Putin que ha vuelto por sus fueros intensificando la rebelión separatista en Ucrania. El resultado ha sido rotundo: Europa no ha podido añadir nuevas sanciones a las ya vigentes.
Allí no queda todo. Mientras Yanus Varoufakis, el ministro de Finanzas de Tsipras, iniciaba su gira para forzar a Europa a aceptar una refinanciación de la deuda del rescate griego, Atenas hacía saber que Rusia podría levantar el veto a las exportaciones griegas de alimentos, parte del paquete de represalias tomadas en su momento por Moscú en respuesta a las sanciones.
La amenaza griega de entendimiento con Putin surtió efecto: desde aquel día los líderes occidentales, de Obama a Hollande, han pedido flexibilizar los términos del rescate griego. Justo lo que el gobierno alemán, con respaldo de sus socios, había dicho que no sucedería.
A estas alturas no está claro si lo que Europa teme más es la salida de Grecia del euro en caso de no ceder ante las exigencias griegas -es decir el aspecto financiero- o echar a Atenas en brazos de Putin (la dimensión política).
Se confirma que Putin no es sólo un autócrata temerario, sino un estratega político sofisticado. Lo que ha hecho es de una audacia escalofriante: ganar un aliado en el corazón de la Unión Europea y de la eurozona. Resucita así el sueño de la URSS que Estados Unidos logró frustrar a finales de los años 40 cuando impidió que Atenas cayera en su órbita. Hasta ahora Putin había ganado amigos europeos en el extremismo de derecha y fuera del ámbito de los gobiernos; de allí la conexión con el Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia. Pero con Tsipras gana algo más valioso: un aliado gubernamental que para colmo viene de la extrema izquierda.
Se entiende mejor ahora por qué Putin, cuyo país está padeciendo las consecuencias de las sanciones en medio de una crisis económica de gran alcance, se atrevió en las últimas semanas a agitar la rebelión del este de Ucrania. Sabía que podía usar a Tsipras para neutralizar a la Unión Europea al mismo tiempo que, a través de Marine Le Pen, que encabeza las encuestas con 30% tras los atentados de París, presionaba al gobierno francés. El ruso se las trae.