Política

La cuestión turca

En su primer balance del viaje, el Papa ha hecho una valoración diplomática del mismo pero sin olvidar a la exigua comunidad católica turca que se encuentra a menudo con “situaciones que no son fáciles”. La Unión Europea debe abordar la cuestión turca con todas las cautelas y sus autoridades empezar a ganarse el corazón y la mente de los europeos con más eficacia que la demostrada hasta ahora.

Santi Lucas
Ha tenido que visitar Turquía Benedicto XVI para que la opinión pública española caiga en la cuenta de la vidriosa realidad de este país que tiene un pie dentro de la Unión Europea. La trascendencia del viaje del Papa ha sido muy superior a la que le otorgan los que miden estas cosas por el número de asistentes a una misa o por los simples gestos. Las protestas previas de la abrumadora mayoría musulmana y el desabrigo de la recepción política no son la mejor tarjeta de visita para un Estado moderno y homologado con las democracias europeas, que aspira a cumplir escrupulosamente los “Criterios de Copenhague” para su adhesión a la Unión. Hace algo más de un año, con motivo del acuerdo alcanzado in extremis por los 25 para salvar las negociaciones con Ankara, el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, aseguraba que “Turquía debe ganarse los corazones y los espíritus de los europeos porque ellos son los que finalmente decidirán sobre su adhesión”. El trato dispensado en esta ocasión a Benedicto XVI no ha ayudado nada a superar el mayoritario recelo popular europeo ante Turquía.

La Comisión Independiente para Turquía, creada en marzo de 2004, que estuvo presidida por el finlandés Martti Ahtisaari, y que tenía como objetivo “examinar los retos y las oportunidades más importantes vinculadas a la posible adhesión de Turquía a la Unión Europea” incluyó el factor musulmán en el capítulo de los “retos” para la adhesión, advirtiendo de la tensión entre islamistas radicales y secularistas, partidarios de un laicismo oficial, con una tendencia creciente en la sociedad y el gobierno turcos a favor de estos últimos. Las manifestaciones islamistas que precedieron a la visita del Sumo Pontífice, las amenazas de muerte proferidas por grupos extremistas y la fuga de muchas autoridades para no encontrarse con el “incómodo” personaje, dicen muy poco de los avances y las garantías que debiera ofrecer un pretendiente al hospitalario y democrático club europeo. Recordemos incluso que un libro (“El asesinato del Papa”) que vaticina la muerte de Benedicto XVI en Turquía como consecuencia de una conspiración es un éxito de ventas en ese país.

En su primer balance del viaje, el Papa ha hecho una valoración diplomática del mismo pero sin olvidar a la exigua comunidad católica turca que se encuentra a menudo con “situaciones que no son fáciles”. La Unión Europea debe abordar la cuestión turca con todas las cautelas y sus autoridades empezar a ganarse el corazón y la mente de los europeos con más eficacia que la demostrada hasta ahora.

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