Economía y Sociedad, Política

La fiebre del superávit corriente

Mientras la FED baja los tipos en EEUU ante el temor de que la economía entre en recesión, expertos y organismos internacionales mundiales aconsejan una política de rigor en el gasto público, el dirigente Zapatero, desoyendo a su viceministro económico y al propio gobernador, ha decidido jugar con el milagro español

José Miguel Alvarado

Al actual Gobierno de España parece importarle un comino aplicar el sentido de la prudencia para prevenir los males que previsiblemente aquejarán a la economía española por la situación mundial de inestabilidad e incertidumbre.


 


Su titular, Rodríguez Zapatero, está decidido a ganar las elecciones con los 18.000 millones de euros que tiene en Caja, que es como decir con el dinero de todos, ese que el gobernador del Banco de España ha pedido que no se administre con alegría. 


 


Mientras la FED baja los tipos en EEUU ante el temor de que la economía entre en recesión, expertos y organismos internacionales mundiales aconsejan una política de rigor en el gasto público, el dirigente Zapatero, desoyendo a su viceministro económico y al propio gobernador, ha decidido jugar con el milagro español presentando unos Presupuestos Generales del Estado que prevén un aumento del gasto público del 6,5 por ciento.


 


Medidas sociales en metálico, como 2.500 euros por bebé nacido, la posibilidad de tener una dentadura perfecta por la seguridad social y una ayuda de 210 euros y desgravación fiscal para el alquiler de vivienda joven; así como un aumento considerable de los compromisos financieros del Estado con las autonomías regidas por los socios nacionalistas del ejecutivo. 


 


Parece razonable pensar que entre eso y la compra del voto político no hay mucha diferencia, no porque no pueda hacerlo el gobierno, que puede, sino porque en esta coyuntura de zozobra no se visualiza, ni de cerca, ni de lejos,  la coherencia de su política económica. De poco sirve que se desgañite afirmando que no pasa nada. La falta de claridad y rigor presupuestario genera desconfianza. 


 


Al margen de que se puede anticipar la relativa efectividad que tendrán dichas micro-medidas, la del alquiler traerá con seguridad un aumento de los precios, el Presidente tiene tan irreflexiva e infantil manera de regir los destinos del país que no hay quien le entienda, salvo, al parecer, el presidente del Banco Santander. 


 


Pase porque después de más de tres años los ciudadanos ibéricos estén acostumbrados a un personalismo salvaje  (a los hechos de las negociaciones con ETA me remito); pero qué miedo da pensar que  ,  Rodríguez Zapatero se haya pasado de listo y no pueda corregir el rumbo cuando la evidencia caiga por su peso.


 


Tan optimista e ilusionista gobernante sólo puede estar pensando una cosa: qué disfruta de un balón de oxigeno, el tiempo; pero “tempus fugit”… que se lo digan , ¿o no?, a los Estados Unidos de América. Los síntomas de la recesión económica no son los de la gripe que asoma una tarde de repente y se va en ocho días, sino más los de un tumor maligno. Conviene cogerlos a tiempo. Por aquí, al parecer, se pasa y luego, pasa lo que pasa: qué lo arreglen otros.


 


Sorprende, por tanto, y no para bien, la alegría con la que Rodríguez Zapatero y sus nuevos ministros afrontan la elaboración de unos  presupuestos que generan dudas, ya que en lógica presupuestaria solvente, todo lo que sale, por algún sitio ha de entrar. La pregunta es: ¿por dónde, si es que entra? 


 


Mucho me temo que la capacidad pedagógica del gobierno se esfuma tan deprisa como aumentan la preocupación en algunos sectores productivos inquietos por saber qué capacidad real de gasto y ahorro van a tener las familias dentro de unos meses y qué va a pasar con los precios.


 


Basta mirar de reojo. Mientras  nuestros países vecinos se preparan, el ejecutivo derrocha la ventaja que tiene. Cuestión de carácter. Pero por ahí fuera hay muchos ojos puestos en la fiebre del superavit corriente del Presidente Zapatero y por aquí dentro entre la ciudadanía, crece la desconfianza por la marcha de la economía,  según las encuestas. Con el dinero no se juega. Ni se hace guerra de guerrillas electoralista. 

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