Europa, Política

La jugarreta de Tsipras

Muchas veces, en los últimos cinco años, la idea de un referéndum para resolver la relación entre Grecia y Europa ha planeado sobre el cogote de los ciudadanos griegos.

 El socialista Papandreu lo propuso en 2011 y le costó la cabeza. Berlín se lo sugirió luego a Atenas en privado en 2012 y la revelación dio al traste con la iniciativa. Ahora, a la tercera va la vencida: el gobierno radical de Syriza encabezado por Alexis Tsipras lo ha convocado para el domingo para decidir si Atenas acepta o no las medidas de austeridad exigidas por Europa y el FMI para retomar el rescate de casi 250 mil millones de euros iniciado hace cinco años.

La lucha electoral se ha definido rápidamente: el gobierno griego apoya el “no”. Con ese respaldo popular, alega, forzará a Europa, que no puede darse el lujo de dejar a Grecia a su suerte, a revisar las condiciones de austeridad exigidas. Europa -y sectores de la oposición interna- aseguran que el “sí” es la única forma de seguir en la eurozona porque un resultado negativo implicaría el fin del salvataje financiero y un obligado regreso al dracma, moneda que abandonaron hace catorce años en favor del signo monetario común.

Si triunfa el “sí” y Tsipras es derrotado apenas meses después de haber asumido el gobierno, no se ve cómo podría seguir al mando. La convocatoria de nuevas elecciones sería inevitable, entre otras cosas porque se le partiría la coalición en caso de pretender imponer al país medidas de austeridad similares a aquellas contra las cuales hace hoy campaña en la consulta. Las perdería, sin duda. Si triunfa el “no”, parece improbable que Europa, que ha empeñado su palabra en esta campaña para convencer a los griegos de que rechazar las medidas de austeridad vinculadas al rescate equivale a salir del euro, vaya a dar marcha atrás. Por tanto, el camino estaría allanado para lo que debió ocurrir hace mucho rato: el retorno a la realidad.

¿Y cual es la realidad? Sencillamente, que no hay estómago en Grecia para digerir los sacrificios exigidos para seguir en la eurozona. Los ciudadanos quieren -abrumadoramente- permanecer en Europa y -mucho menos abrumadoramente- seguir en el euro. Ambas cosas ya no son necesariamente compatibles : el precio de seguir en la Unión Europea probablemente sea dejar el euro. Porque -y aquí está la clave- un porcentaje alto de ciudadanos se opone a unas medidas que no ve como solución sino como agravamiento de lo sucedido en estos años.

Hablamos de que la economía se ha encogido nada menos que un 25% desde 2010 y el desempleo sigue superando el 26% (con una economía sumergida que a duras penas, en el caso griego, compensa esta jibarización).

La salida de Grecia del euro debió producirse mucho antes. Europa ya habría pagado el precio y superado la crisis de credibilidad en lo que respecta a este asunto particular, y Grecia ya habría hecho el tránsito traumático a una moneda que reflejase más adecuadamente su verdadera situación.

Ahora se habla con alarma de las consecuencias de que Grecia deje el euro si triunfa el “no”. Sin duda que, a pesar del porcentaje minúsculo que representa Grecia en relación con la economía europea en su conjunto -la más grande del mundo, con sus más de 18 billones de dólares-, ello tendrá costos no desdeñables. Pero el costo de seguir cuadrando el círculo es mucho mayor.

Por tanto, quizá la jugarreta maquiavélica de Tsipras resulte una buena cosa para todos.

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