América, Economía y Sociedad

Los cinco mitos más grandes sobre la desigualdad de ingresos

“La desigualdad es el reto que define nuestra era”, según el presidente Obama. Ciertamente es el tema del día para Paul Krugman, Joe Stiglitz y muchos otros comentaristas progresistas.

Pero ¿se ha dado Ud. cuenta de que prácticamente nadie más habla de ello? ¿Cuándo fue la última vez que oyó a un limpiabotas o a un taxista quejarse de la desigualdad? Para la mayoría de la gente, tener a un montón de personas ricas alrededor es bueno para su negocio. Pero aunque las personas corrientes de la calle no se estén quejando, ¿deberían hacerlo?

Por desgracia, gran parte de lo que se consideran comentarios serios son en realidad mitos. A continuación tiene cinco ejemplos.

Mito 1: Los ingresos de las familias promedio se han estancado durante los últimos 30 años.

  • Si le sumamos los pagos de transferencias públicas, esa cifra del 12.5% se convierte en un bastante más aceptable 15.2%.
  • Teniendo en cuenta los recortes fiscales a la clase media, la cifra del 15.2% se eleva al 20.2%.
  • Pero no todos los hogares son del mismo tamaño y éste se ha reducido con el paso de los años. Al ajustar los ingresos al tamaño de los hogares, ese 20.2% aumenta hasta el 29.3%.
  • Por último, si añadimos el valor del seguro médico proporcionado por el empleador, la cifra del 29.3% se eleva hasta el 36.7%.

De modo que ahí lo tiene: los verdaderos ingresos del hogar promedio aumentaron en realidad más de un tercio durante los últimos 30 años.

Esta conclusión concuerda con otros estudios. Un estudio de la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO) sobre los ingresos familiares durante el mismo periodo de tiempo halló un incremento de casi dos veces ese tamaño: la familia promedio experimentó un incremento del 62% en sus ingresos reales

Los economistas tienen una forma de medir la desigualdad que incluye a la totalidad de la población, no sólo a la familia promedio o al 1% con mayores ingresos. Por medio del coeficiente de Gini, que varía entre 0 (igualdad completa) y 1 (desigualdad completa). Un estudio halló que entre 1993 y 2009, el valor del coeficiente de Gini se redujo en realidad del 0.395 al 0.388, lo que significa que la desigualdad se ha reducido estos últimos años.

Mito 2: Las personas que ocupan los últimos peldaños de la escalera de los ingresos no están ahí por su propia culpa.

En un estudio para el Centro Nacional de Análisis Político, David Henerson halló que hay una gran diferencia entre las familias que pertenecen al 20% superior y las del 20% inferior e cuanto a la distribución de ingresos: las familias del porcentaje superior tienden a estar casadas y con ambos padres trabajando. Las familias del porcentaje inferior a menudo sólo cuentan con un adulto en el hogar y esa persona o trabaja a tiempo parcial o no trabaja en absoluto:

  • En 2006, nada menos que el 81.4% de las familias del quintil con mayores ingresos tenía dos o más miembros trabajando, y sólo el 2.2% no tenía a ninguno trabajando.
  • Por el contrario, sólo el 12.6% de las familias del quintil con menores ingresos tenía dos o más miembros trabajando, mientras que el 39.2% no tenía ninguno.

El número promedio de personas que obtienen ingresos en cada familia del grupo superior era de 2.16, casi tres veces más que el promedio de 0.76 de las familias del grupo inferior.

Henderson concluye que:

“… las familias promedio del grupo superior trabajan muchas más semanas que las del grupo inferior y, a finales de los 70, la ratio de 12 a 1 de ingresos totales se redujo a sólo 2 a 1 por cada semana de trabajo, según muestra un análisis”.

Tener hijos sin esposo tiende a hacer que se sea más pobre. No trabajar hace que se sea más pobre. Pero no hay nada de nuevo en eso. Se trata de verdades inmemoriales. Eran verdad hace 50 años, hace 100 años e incluso hace 1.000 años. El estilo de vida que uno escoja siempre ha tenido importancia.

Mito 3: Los programas de transferencias públicas, como el seguro por desempleo, son un remedio eficaz.

Las transferencias públicas pueden paliar el desasosiego de tener bajos ingresos y pocos recursos. Pero al mismo tiempo tienden a fomentar el que las personas sigan siendo dependientes, en lugar de lograr la autosuficiencia. Y la pérdida de beneficios a medida que aumentan los ingresos actúa como un “impuesto marginal” adicional sobre el trabajo.

El economista de la Universidad de Chicago Casey Mulligan es la principal autoridad en programas de asistencia social y en cómo afectan al empleo. En el blog de Economía del New York Times, comentó:

“Como resultado de más de una docena de cambios significativos en las normas de los programas de subsidios, la persona cabeza de familia o cónyuge no anciano del hogar promedio de clase media vio cómo su tipo impositivo marginal pasó de alrededor del 40% a finales de 2010 al 48% sólo dos años más tarde. Los tipos impositivos marginales bajaron a finales de 2010 y 2011 a medida que expiraban las disposiciones de la Ley de Reinversión y Recuperación Americana, pero aún siguen siendo elevados, al menos del 44%… Algunos hogares vieron incluso cómo sus tipos impositivos marginales saltaban por encima del 100%, lo que significa que tendrían más ingresos disponibles trabajando menos… los incentivos para trabajar se redujeron alrededor del 20% para los cabezas de familia solteros… en el caso de las personas con preparación media, aunque se redujeron en torno al 12% entre los cabezas de familia casados y cónyuges… con el mismo nivel de preparación”.

En términos generales, Mulligan estima que hasta la mitad del desempleo que hemos estado sufriendo se debe a la generosidad de los cupones para alimentos, la compensación por desempleo y otros beneficios económicos.

Mito 4: Elevar el salario mínimo es un remedio eficaz.

Una de las pocas ideas sobre normativa que tiene el presidente Obama para abordar la desigualdad es subir el salario mínimo. El presidente piensa que eso sacará a la gente de la pobreza. Paul Krugman dice lo mismo. La diferencia es que Krugman es un economista que seguramente debe conocer que la literatura económica demuestra que subir el salario mínimo no hace casi nada por sacar a la gente de la pobreza.

Richard Burkhauser y el economista de la Universidad Estatal de San Diego Joseph J. Sabia examinaron 28 estados que aumentaron sus salarios mínimos entre 2003 y 2007. Su estudio, publicado en el Southwestern Economic Journal, no halló “ninguna prueba de que los incrementos del salario mínimo… rebajaran los índices de pobreza estatales”. En parte el motivo es porque muy pocas de las personas que ganan el salario mínimo son en realidad pobres. La mayoría son jóvenes que viven en hogares con ingresos medios. Por ejemplo, estos economistas estiman que si se incrementase el salario mínimo federal hasta los $9.50 a la hora:

  • Sólo el 11.3% de los trabajadores que se beneficiarían de ese aumento pertenecerían a hogares definidos oficialmente como pobres.
  • Nada menos que el 63.2% de los trabajadores que se beneficiarían son los segundos o incluso los terceros por nivel de ingresos de unos hogares con ingresos equivalentes a dos veces o más el umbral de pobreza.
  • Un 42.35% de los trabajadores que se beneficiarían son los segundos o incluso los terceros por nivel de ingresos de unos hogares con ingresos equivalentes a tres veces o más el umbral de pobreza.

Mito 5: Los ingresos son la mejor medida del bienestar.

¿Por qué se habla de los ingresos? Porque la suposición implícita es que los ingresos limitan nuestra capacidad de disfrutar de la vida. Pero resulta que eso no es cierto. Un estudio halló que el consumo por parte de quienes se encuentran en el 25% más bajo en cuanto a la distribución de ingresos era de casi dos veces sus ingresos monetarios. Es más, la desigualdad en el consumo es mucho menor que la desigualdad de ingresos.

Un estudio de la Oficina de Estadísticas Laborales (BLS) halló que:

“… en 2001, el coeficiente de Gini respecto al consumo era de sólo 0.280 (casi un 30% menos que el del coeficiente para los ingresos integrales y alrededor del 40% menos que el coeficiente para los ingresos monetarios), lo que indica que la desigualdad con respecto a esta medida tan significativa del estándar de vida es relativamente pequeña. Es más, según la BLS, durante los quince años que van de 1986 a 2001, la desigualdad en el consumo bajó ligeramente; de un coeficiente de 0.283 a uno de 0.280”.

Conclusión: la próxima vez que oiga a alguien quejarse de la desigualdad, asegúrese de que no está repitiendo alguno de estos cinco mitos.


Este artículo está en Libertad.org

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