Economía y Sociedad, Europa

Morir cruzando

La tragedia del Mediterráneo nos recuerda lo imprevisible que son los efectos de las políticas intervencionistas

Encoge el alma tratar de concebir cómo centenares de africanos desesperados por alcanzar las costas italianas han perecido en el Mediterráneo en un pesquero procedente de Libia. La encoge todavía más pensar que este y otros accidentes son la consecuencia no intencional de la política de las democracias de Occidente, obligadas a elegir entre distintos males. La mayoría de los 1.100 africanos muertos en naufragios migratorios en el Mediterráneo este año viajaban desde Libia. No eran libios sino de distintas nacionalidades, pero sí eran hijos del colapso del orden público, la atomización del poder estatal y el reino de mafias en que se ha convertido ese país desde la muerte de Gaddafi a raíz de una intervención de la OTAN.


Por eso no hay una solución clara y Europa da tumbos explorando opciones. Hasta noviembre, Italia llevaba a cabo una política de interceptación hasta 30 millas náuticas mar afuera, pero ante el costo y las acusaciones de que esos rescates tenían un “efecto llamada” dieron marcha atrás. El reemplazo, la operación “Tritón” conducida por la fuerza europea de fronteras (Frontex) con la tercera parte del presupuesto que los italianos empleaban evidentemente ha fracasado.
 
Ahora Europa contempla todo tipo de posibilidades: intervenir militarmente en Libia para detener las operaciones de tráfico de inmigrantes; reforzar el patrullaje; repartir más equitativamente la acogida de refugiados (sólo Alemania y Suecia han acogido números significativos en el último año), y un largo etcétera.
 
La tragedia del Mediterráneo nos recuerda lo imprevisible que son los efectos de las políticas intervencionistas y lo contradictorios que pueden ser los objetivos que se buscan. El surgimiento del Estado islámico nació en parte de las corrientes desatadas por el derrocamiento de Saddam Hussein. El fortalecimiento de las milicias pro iraníes en Irak es consecuencia de esa consecuencia: Washington ha tenido que hacer la vista gorda porque teme que es que el autoproclamado califato de Al Bagdadi se extienda por la región.
 
Arabia Saudita ha dedicado las últimas semanas a bombardear Yemen, donde una milicia chiita derrocó el gobierno sunita. Al hacerlo, tenía la intención de evitar que desde allí se agitara el sentimiento hostil contra la famlia real de Riad por parte de los chiitas de la propia Arabia Saudita. Pero todo indica que los bombardeos han logrado también efectos secundarios peligrosos, como pasó en Libia, donde el colapso de la autoridad sin un reemplazo firme ha hecho surgir el caos.
 
Las guerra de Siria ha exportado más de tres millones de refugiados a Turquía, Jordania y Líbano, que a duras penas pueden acogerlos. Y así sucesivamente.
 
El objetivo de derrocar dictadores, de prevenir un fortalecimiento del enemigo en un país vecino o de evitar una amanaza desestabilizadora en una región rica en ellas es incompatible, por lo visto, con el de mantener los flujos migratorios en su cauce normal o preservar un equilibrio de poder.


Esto es algo que ningún funcionario con responsabilidades de Estado pude admitir; hacerlo lo dejaría expuesto ante sus electores. Por eso, ante la tragedia, exploran opciones fallidas: unas porque ya las aplicaron (la italiana) y fracasaron, otras porque empeoraron las cosas tratando de corregir las fracasadas (Tritón), otras porque repiten el origen del problema (intervenir en Libia para parar el tráfico de migrantes) y otras porque no son realistas (cerrar las fronteras). 

Publicado originalmente en La Tercera

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