Oriente Próximo, Política

Palestina: La parálisis del miedo

“Felices tiempos” aquellos cuando en el hoy atribulado Oriente Medio solo existía un problema.

 Si se echa la vista atrás, concordaremos en que en poco más de medio siglo siempre hubo en la región dictadores tolerados y pueblos bajo su bota, pero “el problema” por antonomasia era uno: el conflicto entre Israel y los palestinos.

Ya no más. Barack Obama, en su reciente discurso en la ONU, ni siquiera lo mencionó, y ello siendo EE.UU. uno de los jueces-parte de este litigio, pues si Yasser Arafat daba la diestra a Yitzhak Rabin, o si Ehud Olmert se la estrechaba a Mahmud Abbas, siempre tenían detrás al inquilino de turno del Despacho Oval. Pero ahora no. El tema del momento es el atolladero sirio, si bien el conflicto que entretiene allí a las tropas de Al Assad, a los rebeldes, al Estado Islámico y a los aviones de combate rusos, tiene su parte de explicación histórica en el diferendo árabe-israelí.

Un periodista del diario israelí Haarets reparaba días atrás en el silencioso desplazamiento de ese tema del foco de interés mundial, y advertía que era exactamente lo que el gobierno de Benjamín Netanyahu había pretendido por mucho tiempo: que el mundo se olvidara del asunto. Pero mientras ha hecho lo imposible para que todos presten atención al peligro que representaría un Irán con armas nucleares, no ha mostrado interés en seguir negociando con los palestinos, quienes necesitan de una vez un Estado con continuidad territorial, con estructuras sólidas. Y mientras no lo tengan, la paz lo tendrá muy difícil.

Fuego de odio en Jerusalén

Es poco creíble que Israel puede tener paz sin mover un dedo en su propio vecindario, o al precio de mantener ad aeternum una red de checkpoints en los territorios de Cisjordania para controlar a cada palestino que desea ir de una ciudad a otra, lo cual les hace la vida imposible; o de negarles el derecho de tener un puerto propio o un aeropuerto (la pista del que ya habían construido en Gaza con ayuda española, fue destrozada por las excavadoras israelíes en 2002); o de impedirles a veces recoger sus cosechas, etc.

Lo trágico es que, como Israel no se mueve, ahora hay “movida”: la de los enfrentamientos en Jerusalén. Un acuerdo tácito entre judíos y árabes establece que, para no provocar incidentes, se evitará la presencia israelí en el área de las mezquitas levantadas donde otrora estuvo emplazado el Templo judío. Incluso los judíos ortodoxos se abstienen, por voluntad propia, de acceder al sitio, para no poner el pie y profanar por error el lugar donde estaría alguna vez el “sancta sanctorum”. Pero en 2000, el entonces líder del Likud, Ariel Sharon, apareció provocativamente allí, lo que dio pie a la segunda Intifada y a un recrudecimiento del conflicto. Ahora han sido algunos diputados los que han entrado, algún ministro entre ellos, y las consecuencias van conociéndose: cuatro israelíes y cinco palestinos han muerto como fruto de la violencia; el gobierno de Netanyahu ha prohibido que los palestinos transiten por la Ciudad Vieja (en Jerusalén oriental), a menos que sean residentes allí; estos lanzan piedras contra la policía hebrea, y el primer ministro autoriza a los agentes el uso de munición letal, pide que se aceleren las demoliciones de las casas de los que han atentado contra israelíes y que se efectúen más detenciones administrativas, sin juicio ni tiempo de detención definido (ambas prácticas han sido condenadas por la ley internacional), y así va el fuego tomando fuerza.

“Sin miedo, se puede hacer la paz”

El pacifista y exparlamentario israelí Uri Avneri, quien combatió en las primeras guerras contra los árabes, hablaba sobre el miedo en un reciente artículo. El miedo paraliza, e Israel está paralizado. Netanyahu, que meses atrás validó su puesto al frente del país, es para Avneri un mediocre primer ministro, pero un magistral instigador de miedo. “Quítale la bomba iraní, ¿y qué queda?”, afirma, como muestra de que la estrategia ha sido mantener el mantra de que el mundo árabe y musulmán en general quiere hacer desaparecer a Israel.

En 1948 y en 1967, con seguridad que sí. Pero las circunstancias han cambiado en general, aunque hasta hace muy poco el Irán de Mahmud Ahmadineyad estuviera coqueteando con la idea y tampoco se les haya olvidado a los grupos Hamas y Hizbolá. El Estado hebreo, una auténtica potencia militar, tiene relaciones diplomáticas con Jordania y con Egipto, y pudiera haberlas tenido quizás con el resto de los países árabes si a principios de la pasada década hubiera aceptado un plan saudí para una normalización con todos a cambio de retirarse a las fronteras de 1967, según un ya añejo mandato de la ONU.

El problema es que devolver territorios –en este caso Jerusalén oriental y toda Cisjordania– no está en la cabeza de nadie en el gabinete israelí, pero aun si brotara espontáneamente en Netanyahu la voluntad de hacerlo, sería una tarea ímproba. ¿Cómo reasentar a 580.000 colonos judíos, que gozan de exenciones fiscales y ayudas sociales por vivir donde han vivido hasta ahora? ¿Qué hacer con armas que el Estado ha entregado a miles de ellos? ¿Las devolverán, o las apuntarán contra el que intente expulsarlos de la que por tanto tiempo han creído “su” tierra? El dilema que se ha creado Israel es muy serio: si no se retira, malo; si se retiras, también.

Para dilatar el asunto sirve, pues, el miedo, pero no para resolverlo. Volvamos al veterano Avneri: “Los pueblos sin miedo pueden hacer la paz y alcanzar un compromiso con el enemigo de ayer, que incluya la coexistencia e incluso la amistad. Es más o menos lo que pasó en Europa tras muchos siglos de continuas guerras”.

Los desafíos de una potencia ocupante

Como las autoridades israelíes han parecido estar cómodas en la engañosa calma de estos años, los palestinos han decidido avanzar por su cuenta y buscar los debidos reconocimientos internacionales para su Estado. Días atrás, en la sede de la ONU en Nueva York se izó su bandera, y el presidente Mahmud Abbas le dejó caer a Tel Aviv que en cualquier momento la Autoridad Palestina (AP) podría retirarse para que Israel asumiera “sus obligaciones de potencia ocupante; el statu quo ya no puede continuar”.

En la población palestina crece la aprobación de la lucha armada como vía para salir del estancamiento actual

Según el Reglamento de La Haya, de 1907, la potencia ocupante debe encargarse de mantener el orden en el territorio ocupado (art. 43) y proteger y defender tanto los bienes públicos como los privados (arts. 55 y 56). El statu quo al que se refiere Abbas, en cambio, establece que la AP, erigida en 1994 tras los Acuerdos de Oslo, es la que se encarga de esos temas, y la que ha servido como mecanismo de coordinación con Israel para mantener la estabilidad y la seguridad en Cisjordania (a excepción, claro, de las colonias judías allí y de los controles militares en la periferia de los poblados árabes).

Ahora bien, si el hartazgo palestino deriva en que Israel asuma las obligaciones en materia de seguridad que le corresponden como potencia ocupante, ¿estará en disposición de volver a enviar a sus soldados a patrullar las calles de Ramala, Tulkarem, Nablus y otras (hasta hoy controladas por la policía palestina), con la consabida animadversión de la población local?

La extensión en el tiempo de la ocupación militar y la falta de esperanza en un futuro más llevadero, no han sido el mejor incentivo para mantener la fe en la vía del diálogo, de ahí que en un reciente sondeo citado por El País, un 42% de los palestinos vea la lucha armada como la única salida, frente al 36% que dijo lo mismo tres meses atrás. ¿y es a ese terreno cada vez más radicalizado al que Israel querrá enviar a sus jóvenes reclutas? ¿Hasta cuándo: hasta que las ruinas de una AP sin verdadera autoridad ni recursos deseen rearticularse? ¿Para seguir en las mismas?

En efecto: hoy las preocupaciones de las grandes potencias son otras, y Netanyahu puede alegrarse de ese respiro. Pero “el problema” sigue intacto y listo para continuar dando titulares fatídicos.

Este artículo está en Aceprensa.

// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR

// EN PORTADA

// LO MÁS LEÍDO

// MÁS DEL AUTOR/A

Menú