Política

Pan vs. circos

Sarah Honig

Entre las aplastante y desafortunadamente sub-difundidas noticias de los últimos días se encontraba la información de que en la víspera de la macho-manía futbolística de la World Cup, centenares de camiones entraban en Gaza cargados de… ¡aparatos de televisión! Ostensiblemente la cooperación idílica entre israelíes y palestinos.


 


Comerciantes árabes encargaron los receptores a importadores judíos y transportaron los enormes cargamentos a Gaza a través del Cruce de Karni.


 


Esto pone otro tanto a favor de la antigua prescripción romana de “pan y circos” para contentar a las masas. Ordinariamente habríamos presumido que el componente alimentario sería lo primario. Pero el entretenimiento es adquirido a modo de recompensa en un momento en el que se lava el cerebro al mundo para creer que los de Gaza languidecen penosamente por las migajas.


 


En la práctica, los representantes del compasivo bon ton compiten entre ellos con descripciones cada vez más dramáticas de desastre. Es un concurso entre comparar la miseria de Gaza con la opresión del apartheid, el guetto de Varsovia, o incluso Auschwitz.


 


La fiebre de las televisiones y el fútbol desafían las caracterizaciones cataclísmicas, lo que podría explicar porqué la escala de prioridades de Gaza aparece ausente del discurso público chic. Lo mismo se refiere al rechazo de los habitantes de Gaza a aceptar 50 millones de NIS en medicinas procedentes de Israel, en el mismo preciso momento en el que los propagandistas palestinos encabezan grupos de televisión procedentes de todos los canales internacionales en gira arregladas por hospitales para grabar pacientes moribundos, cuya condición siempre es culpa de un patógeno – Israel. Grandes fuentes de audiencia, especialmente después de advertir a los televidentes de “grabación altamente sensible“.


 


¿De modo que por qué no aliviar el mal trago? ¿Los orgullosos habitantes de Gaza evitan recibir suministros vitales del enemigo sin corazón? No. Simplemente no quieren el género. Exigen efectivo. El dinero es válido. Lo obtienes para medicinas, pero lo desperdicias en aparatos de televisión o bombas, misiles, munición u objetos esenciales similares para la vida de los plebeyos.


 


OTRA NOTICIA que no logró atraer de manera destacada la atención mínima ni en los medios locales ni los globales es el hecho de que en los meses desde la denominada desconexión, a Gaza entraron más armas que en todos los años entre la Guerra de los Seis Días de 1967 y la retirada de Israel en el 2005. Nadie – desde el profeta del “Nuevo Oriente Medio” Shimón Peres hasta los ilustrados europeos que lloran, lamentan y subrayan sus espejismos – juzga apropiado cuestionar los preparativos palestinos para implementar el asesinato en masa a pesar de los lamentos simultáneos por la catastrófica privación.


 


En la práctica, las “herramientas útiles” de Hamas califican la “debacle humanitaria” como justificación para acumular armamento y dispositivos militares. Según la teoría de moda, la pobreza alimenta la enfermedad, que a su vez alimenta la violencia, el odio, y otras plagas comprensibles y perdonables.


 


Idea en el fondo: dales dinero y la paz se extenderá por todas partes. Interesante, pero falso en todas partes del latifundio árabe.


 


La Autoridad Palestina, por ejemplo, es la beneficiaria de la beneficencia incomparable a ultramar. En el pasado reciente recibió 4,5 veces más dinero per cápita que la Europa de posguerra bajo el Plan Marshall. Todos esos fondos por el retrete de la AP no hicieron nada. Todos los donantes tienen que admitir que su equivocado desapego se traduce en mayor indigencia en Gaza, lo que a su vez genera más acuerdos para más contribuciones aún, a ser empleadas en las víctimas de la criminal construcción del imperio judío.


 


LA TRAGEDIA es que la filantropía inevitablemente sólo empeorará las cosas.


 


Las sociedades árabes no son radicales porque sean pobres. Son pobres porque son radicales. Siria, bastante próspero una vez según el criterio árabe, retrocedió a causa de un régimen radical que ha agotado sus recursos y su potencial.


 


¿Dónde, se pregunta una, está la industria árabe de la creatividad tecnológica? ¿Puede alguien señalar una importante innovación científica procedente del mundo árabe en los tres últimos siglos?


 


El factor fundamental es el creciente vacío entre el mundo según los árabes piensan que tiene que ser y el que es. En un mundo justo, creen los árabes, ellos tienen que predominar y mantener el control. La disparidad entre la realidad y las presunciones de supremacía produce frustración, rabia y teorías conspiratorias. Lo que no pueda lograrse gradualmente, se intenta lograr por la fuerza.


 


Los amargados árabes continúan estando subdesarrollados y atascados en el desierto a pesar de la incalculable riqueza petrolera. Su fortuna se desperdicia en armamento y lujos. Se emplea en mantener en el poder a los futuros poderes.


 


No existe clase media independiente, no existe opinión tolerante plural, no existe prensa libre, no existe judicatura independiente – no hay infraestructura para democracia en los estados árabes ricos en petróleo y en aquellos que no lo son. En ambos, la élite con educación termina siendo empleada del gobierno. Ninguna revolución verdadera puede materializarse de las filas del nutrido servicio civil. Hasta la fecha, los golpes de estado militares árabes sólo crearon más burocracias dependientes, en lugar de burguesía.


 


En la tradicional Arabia Saudí, el 95% de los varones locales son empleados del sector público. En Egipto lo son 5,5 millones, y el gobierno necesita generar medio millón de puestos anualmente para mantener la estabilidad. El dinero entrante, ya sea del petróleo o de la ayuda exterior, simplemente ayuda a preservar el escuálido status quo.


Sufragar la cuenta de los empleados de la AP – además de financiar los ataques indiscriminados contra judíos – respalda a los mismos jefes militares que se resisten al cambio social, revolucionaria retórica al margen. Bajo un aspecto u otro, están en la misma milicia que aterroriza y adoctrina a sus súbditos en este país durante medio siglo.


 


Sea lo que sea lo que pasó o pase a una clase media palestina, siempre se puede acotar con fronteras inviolables. De ahí que el autoproclamado moderado Mahmoud Abbás de fe de ser “más inflexible en el derecho de retorno incluso que Arafat”. En el mejor de los casos habla de suspender el terror, no de perseguirlo – algo que sus homólogos no hicieron desde los años veinte.


 


Generación tras generación, los palestinos presuntamente iluminados se rinden a los elementos más fundamentalistas en lugar de quebrar las mentiras creadas para expresa y cínicamente atar a su propio pueblo.


 


En consecuencia, las mentiras siguen viviendo también en las democracias decentes. Aquí y en el extranjero, diversas personas con prejuicios contra judíos, anti- y post-sionistas y/o sorprendidos benefactores rechazan romper la mentira de que la caridad va a comprar pan y medicinas, en lugar de armas y circos.

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