Política

Ronald Reagan, un presidente que ha hecho historia

Para Luis Miguez, la lección imperecedera que deja Reagan es que la firmeza en las convicciones puede mover montañas y derribar imperios.

FIRMAS
El primer Presidente de los Estados Unidos del que tengo memoria consciente es
Ronald Reagan. Durante esos años decisivos para la formación como persona que
van de los diez a los dieciocho, en mi caso, a él le correspondió ocupar la
presidencia de la primera nación de la tierra. Los recuerdos que tengo de Jimmy
Carter son más desvaídos y no digamos ya los que puedo conservar de Gerald
Ford.

No fue un presidente más. En rigor, es de esos pocos personajes de
los que se puede decir que han hecho historia. Con motivo de su reciente
fallecimiento, me gustaría hacer no tanto una semblanza de su figura como un
breve recordatorio del momento en el que gobernó y de lo que significó para la
escena internacional y doméstica.

Cuando ganó por primera vez las
elecciones en 1980, los Estados Unidos, todavía no recuperados de la humillación
que supuso la derrota en la Guerra de Vietnam, estaban en plena crisis de los
rehenes de Irán, otra grave humillación, infligida en este caso por el que iba a
ser el enemigo del futuro, el islamismo. En el plano interno, el segundo embate
de las crisis energéticas de los años setenta habían sumido al país en una grave
crisis económica.

El análisis que se hacía en Europa de la situación por
parte de las mismas corrientes y hasta de las mismas personas que hoy siguen
abanderando el antiamericanismo no podía ser más unánime ni más categórico: la
Guerra fría con la Unión Soviética había acabado en tablas, el modelo occidental
no podía triunfar y el mundo caminaba de modo inevitable a una convergencia
entre los dos sistemas, cuyo ejemplo más señero era el de la Yugoslavia de
Tito.

Esto no me lo estoy inventando, aunque al lector que no haya
alcanzado los treinta años le pueda resultar difícil de creer. Todavía mantengo
en mi retina la imagen de las manifestaciones y protestas contra el despliegue
de los misiles balísticos norteamericanos que defendían Europa frente a la
amenaza soviética y las continuas exigencias de los ecopacifistas, financiados
entonces por la Unión Soviética, de que se diese credibilidad a las ofertas de
paz y de desarme que aquélla lanzaba cada poco como mecanismo de
propaganda.

Como es conocido, bastó que la administración republicana de
Reagan apretase un poco las tuercas a los soviéticos con el proyecto de lo que
esos mismos ecopacifistas y sus compañeros de viaje europeos bautizaron como “la
guerra de las galaxias” para que quedase al descubierto el fraude de una
ideología y un sistema que había engañado con su propaganda a medio mundo. Así
cayó un modelo de gobierno y sociedad tiránico, brutal y corrompido, que asentó
el avance industrializador en la sangre y que fue incapaz de seguir adelante en
el camino del progreso científico y tecnológico en la era de los
ordenadores.

También en política interior la presidencia de Reagan fue
una época de profundos cambios que hoy todavía algunos denostan. Unos mecanismos
de intervención en la economía y en la sociedad, introducidos con el New Deal de
Roosevelt, y que en su momento cumplieron su papel, habían quedado obsoletos
tras el cambio de la escena económica internacional producido por las crisis
petrolíferas de los años setenta, y sólo servían para agravar la crisis de las
economías occidentales.

No cabe, pues, lamentar que las administraciones
republicanas de los años ochenta en los Estados Unidos, al igual que los
gobiernos conservadores de Margaret Thatcher en la Gran Bretaña, los desmontasen
y pusiesen en marcha un proceso liberalizador que ha acabado alcanzado a todo el
mundo. El reto en la actualidad es construir otros instrumentos de intervención
que, persiguiendo los mismos fines sociales, se adapten al nuevo contexto
económico.

La lección imperecedera que nos deja Ronald Reagan es que la
firmeza en las convicciones y la seguridad sobre lo que está bien pueden mover
montañas y derribar imperios, especialmente cuando se dispone de los medios
necesarios para imponerse. Toda una lección en estos tiempos de talantes y
componendas, en los que, además, el antiamericanismo más primitivo vuelve a
campar a sus anchas, como si se pudiese vivir eternamente fingiendo que se
ignora esta verdad: que desde el final de la Segunda Guerra Mundial el destino
de los Estados Unidos es el de todos los occidentales y que nuestra defensa
depende del sacrificio de sus soldados.

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