Escuchar a un europeo criticar la ayuda al desarrollo no sorprende pero si lo hace un joven africano…
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Jueves, 16 de julio 2026

Escuchar a un europeo criticar la ayuda al desarrollo no sorprende pero si lo hace un joven africano…
Escuchar a un inglés o a un latinoamericano acerca del fracaso de la ayuda no sorprende a nadie pero si el interlocutor es un joven africano, sin resentimientos ni con ganas de echar culpas a los países capitalistas por las penurias que pasó de pequeño, la cuestión se pone interesante.
En una entrevista en el semanario alemán Der Spiegel, el joven economista keniata, James Shikwati, rechaza la ayuda al Tercer Mundo. “Por el amor de Dios, detenedla”, pide señalando que las misma “han perjudicado nuestro continente durante los últimos 40 años. Si las naciones occidentales realmente quieren ayudar a los africos, deberían terminar con esas horribles ayudas. Los países que más ayudas han recibido son también los que están en una situación más lamentable. A pesar de los miles de millones que se han arrojado sobre África, el continente permanece en la pobreza”.
La paradoja reside, según Shikwati, en que las enormes burocracias son financiadas a través del dinero en ayudas para el desarrollo, con lo que se promueve la corrupción y la autocomplaciencia, a los africanos se les enseña a ser mendigos, no a ser independientes. Además, la ayuda de los países desarrollados debilita todos los mercados locales y socava el espíritu empresarial que tan desesperadamente necesitamos. “Es tan absurdo como suena: la ayuda al desarrollo es una de las razones que explican los problemas de África. Si Occidente cancelara las transferencias, los africanos de a pie ni siquiera se darían cuenta. Sólo los funcionarios y burócratas lo lamentarían. De ahí que sean ellos mismos quienes sostengan que el mundo dejaría de girar sin la ayuda a África”, afirma Shikwati..
El entrevistador intenta ponerlo nervioso diciéndole que su país, Kenia, necisita esa ayuda como el beber, a lo que Shikwati responde: “Sí, pero tienen que ser los propios keniatas quienes ayuden a esa gente. Cuando hay una sequía en una región de Kenya, nuestros políticos corruptos deliberadamente claman por más ayuda. Esta petición llega al Programa de Alimentos de la ONU -una agencia repleta de apparatchicks que se encuentran en la absurda situación de, por un lado, dedicarse a luchar contra el hambre mientras que, por otro, confrontarían el desempleo allí donde el hambre fuera finalmente eliminado- Naturalmente ellos aceptarán tramitar esta petición de ampliar la ayuda. Incluso suele ser frecuente que pidan más dinero del que los gobiernos originariamente solicitaron. Entonces remiten esta petición a la sede central y, poco después, miles de toneladas de cereales son remitidas a África”.
Esos cereales provienen de mercados protegidos y subsidiados. Shikwati cuenta el destino injusto de esas mercancías enviadas en forma de “ayuda”: “Una porción de los cereales va directamente a las manos de políticos sin escrúpulos que luego lo entregan a sus clientes políticos para impulsar su próxima campaña electoral. Otra porción del envío va a parar al mercado negro donde el mercado se vende a precios extremadamente bajos. Los granjeros locales tienen que dejar de usar sus azadas; nadie puede competir con el Programa de Alimentos de la ONU. Y precisamente porque los granjeros se hunden ante esta presión, Kenya no tendrá reservas para confrontar una futurible hambruna el año próximo. Es un ciclo simple pero fatal”.
¿Será África capaz de solucionar todos estos problemas por sí sola? Shikwati es optimista: “Por supuesto, responde. El hambre no debería ser un problema para la gran mayoría de países subsaharianos. Es más, hay una gran cantidad de recursos naturales: petróleo, oro, diamantes. África siempre ha sido representada como el continente del sufrimiento, pero la mayor parte de las cifras exageran la realidad. En las naciones ricas, prevalece la idea de que África se hundiría sin la ayuda al desarrollo. Pero créame, África existió antes de que los europeos la descubrieran. Y tampoco lo hacíamos tan mal”.
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