La larga y anodina gestión de José Miguel Insulza como Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), que está por culminar, ha conformado apenas un paréntesis muy mediocre en el diálogo regional.
Ocurre que el dirigente socialista chileno flotó siempre, voluntariamente, en un mar de falta de claridad. Resistiéndose particularmente a denunciar los excesos y las tropelías de todo tipo cometidas en los últimos años por los “bolivarianos”, llamándolos por su nombre como corresponde. Es cierto, el peso relativo de ese sector ideológico en la organización regional no era nada despreciable. La paralizaba. Y con alguna frecuencia, para ser reelecto en un alto cargo regional, hay que hacer “concesiones”. Lo que, sin embargo, es distinto a sacrificar, o esconder, o disimular la verdad.
Cuando su segundo mandato en la OEA está por terminar, el chileno Insulza se está acercando a la verdad y se está animando a hablar un poco más claro. Sólo un poco. Esta es la sensación que se tiene al leer sus recientes declaraciones en México, al tiempo de presentar allí un nuevo libro sobre la política exterior norteamericana entre 1981 y 1991.
Por varios y distintos motivos.
Primero, porque se animó a señalar -con justeza- que la liberación de los dirigentes opositores que hoy son presos políticos venezolanos ayudaría a los venezolanos a dialogar. Lo que es una forma -indirecta y disimulada- de decir que, si ello no sucede, presumiblemente no habrá diálogo en una sociedad herida que lo necesita, cada vez más imperiosamente.
Segundo, porque reconoció que Venezuela está ciertamente en medio de una profunda crisis. Lo que supone que alguien la sumergió en ella, a pesar de que muchos políticos postulan y creen que nada les acarrea responsabilidad alguna. Nunca.
Tercero, porque señaló que no hay diálogo sin que exista “disposición a escuchar”. Esto es, que cuando alguien se cree y actúa como dueño de la verdad y no escucha a quienes tienen opiniones diferentes, el diálogo naturalmente no existe. Porque sucede, además, que los más obstinados suelen ser los más equivocados.
Cuarto, por la realmente feliz afirmación de que una cosa es un diálogo y otra, muy diferente, el debate. En el primer caso, hay disposición sincera a hacer concesiones. En el segundo, no. Para nada. El segundo es el caso de Nicolás Maduro, por cierto.
Quinto, porque -más importante aún- sostuvo que en Venezuela hoy no hay diálogo y que, además, “no están dadas las condiciones para dialogar”. Lo que es verdad, Sr. Insulza. Desde hace rato. A lo que agregó, asumiendo finalmente una cuota de riesgo absolutamente inusual en él, que “probablemente la liberación de algunos dirigentes políticos que están presos ayudará a que se cree ese ambiente de diálogo”.
Aunque sin animarse a nombrar individualmente a Leopoldo López, por ejemplo. Ni a denunciar que su detención -que lleva ya un largo año- es no sólo infame, sino ilegal. Ni a referirse a las persecuciones e intimidaciones a María Corina Machado.
Sin decir, como la senadora mexicana Mariana Gómez del Campo, que no reclamar la liberación de esos presos es ser “cómplice de gravísimas violaciones a los derechos humanos”. Y sin señalar que Venezuela ya no es una democracia, sino una dictadura. Sin afirmar que Leopoldo López es, ciertamente, un preso político. Y sin pedir que cese el acoso a la valiente María Corina Machado. Sin reclamar el imperio de la Carta Democrática regional, como es su deber.
Una pena. Pero es cierto que éste, el Insulza que ya se va inexorablemente de la OEA a la que mantuvo en la chatura, es un poco más corajudo que el que, aferrado a larguísimos silencios lamentables, administró a la OEA durante los dos últimos mandatos. Por una década.
Curiosamente el diccionario nos enseña que “insulso” es lo insípido. Aquello que no tiene sabor. Quizás Insulza, que -pese a su edad- aún parece alimentar sueños políticos, ha comenzado a advertirlo. Era hora. Lo grave es que lo que aparentemente viene ahora es peor: activismo bolivariano en manos del actual Canciller Luis Almagro, del Uruguay. Un dinosaurio de izquierda.
Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
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