América, Política

¿Quienes conforman las largas caravanas de migrantes que procuran ingresar, por el sur, a los EEUU?

El perfil…, ha sido cuidadosamente estudiado por el salvadoreño Wilson Sandoval.


En general, la gente supone que las penosas caravanas de migrantes que, desde el sur, presionan por tratar de ingresar -legal o ilegalmente- al inmenso territorio norteamericano están compuestas esencialmente por hombres y mujeres mejicanos. Lo que, sin embargo, no es así. Se trata, más bien, de ciudadanos centroamericanos a los que recientemente se han sumado miles de cubanos y ciudadanos de otras islas del Mar Caribe.

El perfil nacional de las columnas mencionadas, a las que el presidente norteamericano mira permanentemente con enorme recelo, ha sido cuidadosamente estudiado por el salvadoreño Wilson Sandoval, luego de haber trabajado durante siete años en la región. Según él, el migrante referido tiene un promedio de entre 18 y 45 años de edad, es esencialmente originario de las zonas urbanas, y escapa específicamente de la falta de oportunidades laborales en su propio medio, así como de la pobreza y de la violencia.

La mayor parte de los migrantes actuales proviene de El Salvador, Honduras y Guatemala. El presidente Donald Trump tiene una verdadera obsesión personal con este tema. Y ha conferido un año de plazo al gobierno mexicano para frenar la continua corriente migratoria. De lo contrario, amenaza constantemente con “cerrar la frontera”. Lo que no luce factible.

En El Salvador, la pobreza incluye al 32% de su población. En Guatemala, por su parte, la pobreza parecería ser aún más extendida, desde que afecta a más de la mitad de la población.

Las fronteras entre los distintos países de Centroamérica son particularmente porosas. Existe un “Convenio Centroamericano de Libre Movilidad” que facilita el tránsito. Como los pasaportes son relativamente caros, la mayoría (el 81%) de los migrantes se desplaza por tierra, en camiones o autobuses, con documentación precaria. Un 14% de ellos, en cambio, combina en sus desplazamientos a los vuelos comerciales con los viajes por tierra. Un pequeño 5%, por su parte, lo hace exclusivamente en avión.

Muchos, en su camino, de ser necesario sobornan a los funcionarios de migraciones. Con pequeñas sumas por lo general, que son del orden de los 100 dólares norteamericanos.

La violencia acecha siempre a todos en el camino. Especialmente a las mujeres, que corren el riesgo cierto de ser violadas por bandas de delincuentes o desalmados que se organizan en forma de peligrosos carteles.

Más de la quinta parte de los migrantes a los que nos referimos provienen de la agricultura. Otro quinto sale, en cambio, del sector de la construcción. Un 12%, de las actividades comerciales. Un 11%, del sector de la administración pública. Finalmente, hay un 7% que, en cambio, proviene del ámbito de la educación.

En el pasado, los migrantes eran fundamentalmente varones, y las mujeres conformaban apenas el 18% de las columnas. Hoy las cosas han cambiado y las caravanas se conforman con grupos de personas que –más organizados- se resguardan entre sí e incluyen a familias enteras que transitan con sus niños, adolescentes y con sus parientes mayores. Y hay todo un esquema operativo, edificado por el crimen organizado.

Como hemos dicho al comienzo de esta nota, la nacionalidad prevaleciente entre quienes conforman las tristes caravanas de migrantes no es ciertamente la mexicana. Para nada. Más de dos tercios de los migrantes son hondureños (72%). Una cuarta parte (25%) son salvadoreños y apenas un 3% de quienes conforman las columnas son guatemaltecos. Los une la desesperación compartida y la ilusión de poder alcanzar un mejor nivel de vida para sí mismos y para sus familiares. La aludida ilusión alimenta la esperanza que, sumada a lo tristemente vivido por ellos en el pasado, los impulsa a no detenerse ante los obstáculos.

Una columna de inmigrantes hondureños que pretende entrar, en masa, a los EEUU ha llegado a la frontera de México con los EEUU. Y acampa en sus inmediaciones. Para ello, sus más de 4.500 integrantes han recorrido sacrificadamentemás de 4.000 peligrosos kilómetros.A pie, impulsados por la ilusión de una vida más digna. Conforman un problema humanitario de grandes proporciones.

La escena es humanamente conmovedora, desde que entre sus integrantes hay ancianos, así como mujeres que se desplazanconsus niños en brazos. Todos comparten un mismo sueño: aquel que se nutre con la imaginada posibilidad de futuro mejor. Aquel que los impulsara a desafiar insistentemente los obstáculos de todo tipo que, en su lento derrotero, muchos debieron enfrentar.

Un buen número de ellos está acampado en Tijuana, ciudad mexicana de mediana envergadura emplazada en la frontera con los EEUU. Frente a ellos, del otro lado de la alambrada, aparece una impresionante fuerza militar compuesta por unos 9.000 hombres, que se entrena para, en su caso, impedirles -por la fuerza- el ingreso ilegal a los EEUU a través del puente “El Chaparral”, que los separa de California.

Saben bien que el presidente Donald Trump ha anticipado públicamente su voluntad eventual de cerrar herméticamente la frontera y de recurrir a usar la fuerza si las cosas, de pronto, se desmadran. Pero no abandonan su pretensión. No tienen marcha atrás.

La posibilidad cierta de violencia y disturbios flota en el aire. Los trámites para solicitar y obtener visas de asilo en los EEUU son lentos y no se compadecen con posibles pacientes esperas multitudinarias.

La ansiedad inunda entonces a todos los actores, mientras el desenlace de la tensa situación actual se acerca inevitablemente, fogoneado por la presión que ejerce el propio presidente Donald Trump que,intemperante, acaba de cortar la ayuda humanitaria que recibían tres de los países centroamericanos antes nombrados, indignado por su presunta“falta de cooperación” en tratar de controlar los desesperados flujos migratorios que apuntan y se desplazan hacia el norte.

Quizás la respuesta a la desesperación del presidente norteamericano no pase tanto por tratar de controlar los flujos de caminantes sino, más bien, por generar oportunidades auténticas de trabajo en sus respectivos lugares de origen, que eviten que la alternativa de abandonar el medio en el que nacieron pueda –para muchos- no sólo ser la más atractiva, sino la única.
 
(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.
 

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