La próxima semana Hillary Clinton visitará Israel y Cisjordania. La agenda de trabajo que le espera es ingente, en proporción a la magnitud del reto que supone la región. En su último año de gobierno, George W. Bush se implicó de lleno en el Proceso Annápolis, fueron, sobre todo, factores externos a aquél lo que imposibilitaron que finalmente prosperase.
El Comentario
Como históricamente ha sucedido, Oriente Medio se convierte en un gran desafío para la política exterior norteamericana. Obama en su gira del pasado verano lo avisó y sentó las bases. La ex Primera Dama, ahora Secretaria de Estado, tendrá encuentros bilaterales con los grandes protagonistas de la vida política israelí, desde Peres a Netanyahu pasando por Livni y Olmert.
Que Israel y Cisjordania sea el segundo destino internacional de Hillary Clinton denota, cuando menos en la práctica, el interés de la administración demócrata por implicarse en Oriente Medio. Sólo el tiempo dirá si se trata de un escenario con prioridad en exclusiva o compartirá recursos y energías con otros como Afganistán o Irak, y si en el empeño de por solucionar el conflicto se hace forma unilateral o dando peso a otros actores internacionales como la Unión Europea o los Estados árabes.
No perdamos de vista el contexto interno israelí ante la visita de política norteamericana. Netanyahu estará en plenas conversaciones conducentes a formar gobierno. La orientación que tome el ejecutivo de Tel Aviv será crucial de cara a las conversaciones con los palestinos.
Las primeras conclusiones que extraemos en función del reciente periplo por Asia Pacífico y el previsto por Oriente Medio, es que las relaciones internacionales económicas y de seguridad mantienen la prioridad para Casa Blanca y que el binomio Gates-Clinton parece que tendrá un role estelar. Obama, de momento, está más implicado en temas de política interior.
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