Cristina Fernández de Kirchner, realmente como muchos hombres y mujeres en “nuestros tiempos”, padece claramente de un elevado -y poco atractivo- narcisismo.
Una de sus más evidentes expresiones es la que ella canaliza constantemente desde su cuenta en el llamado “Twitter”, fenómeno comunicacional al que la ahora nada popular presidenta argentina es ciertamente adicta.
El domingo 1 de septiembre pasado, con bastante poco que hacer, doña Cristina arremetió contra el “Twitter” disparando –aburrida, seguramente- cual nerviosa ametralladora, nada menos que más de cincuenta mensajes. Uno tras otro. Sin descanso. Para tratar así de inundar a todos con sus ideas y con sus “relatos”, siempre fantasiosos por demás. Pero presuntamente “infalibles”.
Seis de esos breves (pero siempre calientes) mensajes electrónicos de una obviamente nerviosa Doña Cristina, fueron dirigidos expresamente contra LAN, la eficiente empresa aérea chilena que vuela cabotaje en la Argentina, a la que los muchachos de “la Cámpora” (una suerte de violenta “barra brava” kirchnerista, liderada desde las sombras por el resbaladizo hijo de Cristina, Máximo, cuyos integrantes viven de altos sueldos estatales derivados de su habilidad para instalarse y anidar en puestos públicos, generalmente con muy altas remuneraciones) tratan de destruir, para poder suplantarla con vuelos de Aerolíneas Argentinas (empresa estatal que ahora controla férreamente una agrupación adicta a Cristina, esto es “La Cámpora”, que ha perdido, increíble y desvergonzadamente, más de dos millones de dólares diarios en la operación de la empresa aérea de bandera argentina).
Para no tener que competir, por cierto. Aerolíneas ambiciona volar protegida por un monopolio que disimule sus enormes errores de gestión pero con una empresa entonada generosamente con subsidios de todo tipo, que deben naturalmente ser pagados por todos los argentinos.
Allí Cristina (como es habitual) embistió contra los medios independientes y aludió al pasado vínculo comercial del presidente Sebastián Piñera con LAN, de cuyas acciones el presidente chileno se desprendiera -con absoluta trasparencia- en marzo de 2010. Con tono de denunciar “avivadas” o generar “sospechas”.
Chile, como cabía esperar, contestó serenamente, desde su Cancillería. Ordenadamente. Ocurre que no tiene un gobierno personalista, como la Argentina. La respuesta fue breve y precisa y se limitó a recordar que la venta de las acciones de LAN por parte del presidente Piñera se realizó, como correspondía, en un todo de conformidad con la ley chilena vigente al momento de asumir Piñera la presidencia de su país.
La respuesta del Canciller Alfredo Moreno tuvo ciertamente también una dosis de esperada pimienta. Como era inevitable. Por ello señaló que los funcionarios públicos chilenos deben cumplir las normas de trasparencia y declarar su patrimonio y todos sus intereses económicos. Como debe ser. Y recordó que Piñera vendió esas acciones “para evitar cualquier conflicto de intereses futuro”. Lo que ahora sucede con LAN en la Argentina demuestra cuan acertada -y hasta lógica- fue evidentemente la decisión de Piñera.
LAN, recordemos, vuela desde el Aeropuerto Metropolitano (aeropuerto cercano al centro de la ciudad, sobre el Río de la Plata, desde donde funciona la mayor parte del cabotaje argentino) con conexiones a 13 ciudades del interior argentino atendidas (con ejemplar eficiencia) por diez aviones matriculados en la Argentina. Lo hace con la calidad que siempre tiene, que es la que corresponde a una de las mejores empresas aéreas del mundo, que ciertamente (a diferencia de Aerolíneas Argentinas) no vive de subsidios, sino de una explotación comercial que es reconocida mundialmente por su eficiencia.
Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.
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