No hay día sin un nuevo síntoma del desplome no ya de la inversión, que se esfumó hace rato, sino del consumo, que era la base de ese modelo. Han cerrado 700 restaurantes y los planes de ahorro para la compra de automóviles cayeron 20% en el primer semestre.
Acaban de ser convocadas las elecciones presidenciales que tendrán lugar en Argentina en 2015. Da vértigo pensar el estado en que llegará ese país a la justa. La economía argentina se está encogiendo a una tasa cercana al 2% al año, si se toma en cuenta la verdad y no la información oficial. No hay día sin un nuevo síntoma del desplome no ya de la inversión, que se esfumó hace rato, sino del consumo, que era la base de ese modelo. Han cerrado 700 restaurantes y los planes de ahorro para la compra de automóviles cayeron 20% en el primer semestre.
Lo más grave: la Presidenta Kirchner ha decidido volverse revolucionaria. Cree que es la forma de preservar su capital político y endosárselo a alguien que en 2015 pueda derrotar a una oposición dividida o crearle un escenario ingobernable a quien venga si pretende investigarla. Como parte de esta huida hacia adelante, ha enviado un proyecto de ley terrorífico, que, bajo el pretexto de proteger al consumidor, colocará en manos del Estado la decisión final acerca de los precios, márgenes, volúmenes y canales distributivos de las empresas. Además, ha decidido llevar hasta las últimas consecuencias la guerra contra los “buitres”, con quienes estuvo dispuesta a negociar hasta el 30 de julio, fecha límite para el “default” parcial, antes de su viraje radical. Ahora Jorge Capitanich, que pasaba por el hombre de la moderación como jefe del gabinete, compite con Axel Kicillof, el gurú populista de la mandataria, en facilitar la nueva estrategia. El “relato” se ha venezolanizado.
No se diga nada de todo lo que esto entraña en política exterior. Por lo pronto, Buenos Aires ha revivido viejos sueños nucleares y espaciales mediante pactos con Rusia y China, que han despertado temor en Uruguay y Paraguay. Estos gobiernos han empleado la diplomacia discreta para pedir explicaciones.
Nada apunta a un cambio de mentalidad. Como dijo Jonathan Swift, “no se puede convencer a alguien de abandonar por la razón aquello que ha asumido por una vía que no es la razón”.
¿Quién será el álter ego de Kirchner en la campaña? Ninguno de los dos peronistas con fuerza popular le gustan. Uno, Daniel Scioli, gobernador de la provincia de Buenos Aires, es demasiado díscolo y ambicioso, y ha sido siempre visto con desconfianza por La Cámpora, la facción peronista predilecta de la Casa Rosada. El otro, Sergio Massa, de orígenes liberales, es enemigo del modelo a estas alturas y derrotó a la lista oficialista en las elecciones legislativas de 2013. Quedan Capitanich y Kicillof, ambos huérfanos de pueblo, o gobernadores como el lealísimo Sergio Urribarri, de Entre Ríos, que todavía no ha probado tener liderazgo nacional.
La oposición, en cambio, ha hecho avances notables. Mauricio Macri, el alcalde de Buenos Aires, ha subido como la espuma: empieza a despejarse la maldición capitalina que hacía de él alguien con insuficiente predicamento nacional. Elisa Carrió, una de las líderes del frente UNEN, ha generado polémica en esa alianza de centroizquierda -que abarca desde socialistas hasta el radicalismo- tras insinuar que podría pactar con el alcalde capitalino. Massa, que ha perdido vigor en las encuestas desde su triunfo en las legislativas, tampoco descarta un diálogo (que Macri ve con recelo porque no cree que haya roto con el régimen cien por ciento).
Después de las elecciones brasileñas de octubre, no habrá en América Latina ningún hito político tan importante -salvo imprevistos mayúsculos- para el futuro de la región como los comicios argentinos. Mucha atención, porque estamos todos en juego.
Publicado en La Tercera
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